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Sociedad
Los ángeles de Castro
Trabajadores sociales: ¿Se pretende acabar con la corrupción fomentando un ejército de corruptos?
Eva González, Ciudad de La Habana
martes 24 de enero de 2006

A primera vista, pudiera parecer redundante el tema de los trabajadores sociales, esa última novedad como fuerza de choque del gobierno cubano; sin embargo, la realidad cotidiana demuestra de manera alarmante que esta variante de la represión va tomando visos insospechados. Tampoco dude nadie de que se trata de un cuerpo represivo.
Lo que en un principio parecía un ingenuo intento por detener, controlar y revertir los altos niveles de corrupción de la sociedad cubana, ha continuado manifestándose paralelamente como una expresión tácita de los caprichos del poder, ejercidos a pura voluntad y sin el más absoluto respeto por los derechos ciudadanos.
Un ejemplo reciente es la experiencia de un conocido cineasta cubano en una gasolinera de la capital: una “desafortunada” frase de su esposa contra los nuevos “ángeles de Castro”, los condujo a ambos a una estación policial, donde estuvieron detenidos durante horas y fueron multados por “desacato a la autoridad”.
El caso demuestra que nadie está a salvo cuando esta nueva versión de los “camisas pardas” se considera ofendida por la ciudadanía común y corriente. Constituye además una advertencia que estos muchachos, entrenados por el régimen de la misma manera que el fascismo alemán entrenó determinada raza de perros para controlar a las masas imperfectas, están —para el gobierno— por encima del bien y del mal.
Estamos asistiendo, por así decirlo, al nacimiento de una nueva casta cuya palabra es ley: ellos son “autoridad” y cualquier cuestionamiento de la ciudadanía a este propósito es considerado “desacato”.
La nueva clase
Si la intención declarada del régimen es la lucha contra la corrupción, resulta clara la intención adicional de contar con una fuerza que siembre una suerte de terror entre la población: cualquier cubano puede ahora ser acusado de corrupto o de enemigo de la revolución, en tanto los trabajadores sociales están más allá de cualquier crítica, son inmunes, lo que los convierte en paradigma de la perfección para la moral revolucionaria.
Una nueva clase llamada a preservar un régimen caduco, para lo cual se le crean privilegios y se le mantiene aislada (albergues especialmente condicionados para ellos, servicio de transporte, actividades recreativas y culturales, etcétera). No obstante, se siembra entre ellos una especie de conciencia competitiva: en un reciente discurso, el Comandante en Jefe reafirmó que estos jóvenes merecen todas estas prebendas y más adelante acotó que incluso se asignarán computadoras “a los más destacados”.
Hasta qué límites están dispuestas las autoridades a llevar esta situación, es algo que está por verse, toda vez que los privilegios y el prestigio de que gozan los elegidos de turno, no tienen antecedentes en cuanto a lo rampante y público de sus manifestaciones.
Tal fue la impresión que recibí cuando, en los primeros días del mes de enero, leí un anuncio manuscrito sobre una sencilla hoja de papel en el mural de la consulta No. 1 del Cuerpo de Guardia del Policlínico habanero Van Troi, sito en la Avenida Carlos III, esquina a Hospital.

Allí se puede leer que todo trabajador social que llegue a solicitar atención médica, será atendido por el jefe de la Guardia y recibirá gratuitamente los medicamentos indicados en la farmacia principal del municipio. Como si todo esto fuera poco, en caso de requerir servicios hospitalarios, se llamará al Centro de Servicios de Ambulancias, encargado de trasladar al “angelito” en cuestión al hospital que tiene asignado para su atención personalizada.
Téngase en cuenta que cualquier ciudadano común que asiste a estas consultas, es atendido generalmente por algún estudiante latinoamericano o de cualquier otro país de los que gozan de la muy difundida solidaridad cubana, muchos de los cuales tímidamente se limitan a recetar lo que el paciente les sugiere.
Debido a la conocida escasez de médicos en la Isla, puesto que los que no están en el extranjero (otra cara de la “solidaridad”), están en su mayoría en otros hospitales de Cuba, pero también atendiendo a extranjeros (una tercera variante “solidaria”), ser atendido actualmente en el Cuerpo de Guardia de un policlínico por un médico que sea al menos cubano, se ha convertido en una aspiración no siempre realizable para la población. Por supuesto, deberemos pagar los medicamentos que se nos indiquen, si tenemos la dicha de que se encuentren en existencia en la farmacia.
En cuanto al tema de las ambulancias, baste decir que hace pocos días un anciano vecino, aquejado de cáncer de pulmón, debió esperar cerca de dos horas en un quicio de los bajos del edificio a que llegara el susodicho vehículo, que finalmente lo condujo al hospital donde fue internado.
Árbitros de la economía y la moral
Al margen de todos los cuestionamientos e inconformidades que puede despertar este tratamiento diferenciado, resulta absurdo pretender acabar con la corrupción fomentando el surgimiento de un ejército de corruptos.
Porque lo que sí está claro es que en un país largamente aquejado por carencias de todo tipo, constituye una inmoralidad sin cuento —además de una declarada intención de corromper desde el poder— seleccionar todo un grupo de jóvenes, en su mayoría hasta hace poco desvinculados de los estudios y del trabajo, de cualquier actividad político-ideológica y en modo alguno comprometidos con la revolución, y asignarles relojes, zapatillas y otras prendas de marcas reconocidas.
Además de, fuera del acceso de cualquier otro joven de la población que malvive o sobrevive de su trabajo (ni qué decir de los que son estudiantes), otorgarles el poder de árbitros de la economía y de la moral social y, encima, asignarles una atención diferente de la que recibe el resto de la población, en rubros que hasta ahora han sido el machón propagandístico de la “igualdad revolucionaria”, como son la salud y la educación.
La historia de la humanidad calificó de criminal un tipo de labor similar, desarrollada por Adolfo Hitler, quien creó las tristemente célebres juventudes nazis.
Fuera del análisis de lo que supone, de inmediato, una fuerza juvenil (otrora llamados lumpens) con tamaños poderes, debe considerarse el daño moral y social que constituye a mediano y a largo plazo para las nuevas generaciones que se están formando, si se compara con aquellos jóvenes que en su momento optaron por el sacrificio que supone el estudio.
Es decir, los que decidieron continuar sus estudios cuando estos —hoy trabajadores sociales, baluarte del decoro y la pureza— vagaban por las calles o perdían el tiempo dedicados en muchos casos a actividades ilícitas, ven disminuidos (o en el mejor de los casos, equiparados con ellos) sus derechos de superación, sin contar con las ventajas económicas de las que gozan desde ahora los nuevos ungidos de Castro.

No es un buen ejemplo que un vago o un desertor de sus estudios sea estimulado de la noche a la mañana con ventajas inimaginables, sobre aquellos otros que recibieron una adecuada formación en sus hogares y el apoyo y sacrificio de sus familias para mantenerse en las aulas o en humildes puestos de trabajo.
Más de uno de estos jóvenes se pregunta a diario qué sentido tuvo mantener una actitud positiva ante el estudio, sacrificarse, participar en todas las etapas de la Escuela al Campo y en cuantas marchas y mítines se le ocurriera al régimen, soportar las malas condiciones de vida de los becarios y culminar finalmente sus estudios después de un sinnúmero de penalidades, para ahora descubrir que hubiese sido más fácil y provechoso abandonar la escuela. Al menos, es el mensaje que reciben.
Privilegios inconstitucionales
No se trata de negar que la enorme masa de jóvenes que abandonan los estudios, desestimulados por las duras condiciones materiales y sociales, las privaciones en el hogar y muchísimos otros factores, no merecieran y merezcan siempre nuevas oportunidades de enrumbar sus vidas, seguir los estudios y obtener empleos que les permitan el desarrollo de una vida plena y digna. Todo lo contrario.
Lo que sí no tiene ninguna justificación es que el gobierno manipule ahora las circunstancias de la vida de esos jóvenes, causantes de esa situación de negación social —circunstancias de las que ese mismo gobierno fue un agente muy activo y responsable—, y los utilice otorgándoles poderes casi divinos para enfrentarlos al pueblo del cual emergen. Es una maniobra sencillamente hipócrita.
Hoy, el nuevo ejército de Castro —quizás su último experimento— se erige como una amenaza creciente a las ya casi inexistentes libertades individuales en Cuba. He aquí que un grupo de sujetos puede entrar en los hogares, sustituir bombillas, censar los equipos electrodomésticos (a saber a costa de cuántos sacrificios familiares), comprobar cuánta energía eléctrica se consume, recorrer las casa, y hasta evaluar la capacidad moral de los habitantes. Pero, ¿puede realmente o simplemente se lo permitimos?
Es un hecho absolutamente inconstitucional que la mera palabra de un sujeto (en este caso un trabajador social), determine que un ciudadano sea detenido, encerrado y hasta castigado con el pago de elevadas multas.
Sin embargo, tan inmorales son los castigos como las actitudes de quienes acatan en silencio. Cierto que el pueblo cubano está inconforme, cierto que padece y sufre, que cada vez son más sombrías sus expectativas, pero también es tiempo de que enfrente cívicamente su responsabilidad.

URL:
http://www.cubaencuentro.com/es/encuentro_en_la_red/cuba/articulos/los_angeles_de_castro


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