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Economía
Crucificados por cuenta propia

La carpintería, uno de los oficios más castigados por el castrismo.

Luis Felipe Rojas, Holguín

martes 18 de septiembre de 2007 6:00:00

Como al resto de sus semejantes en el oficio, a los carpinteros les ha
caído la plaga de la inspección estatal, los ojos de la vigilancia
casera y otras enfermedades de carácter doméstico que retrasan el ímpetu
del trabajo por cuenta propia.

Escasean las maderas tradicionales, a saber, caoba, cedro, baría…, que
tras años de tala indiscriminada han sido sustituidas por árboles y
arbustos cuyo uso para mobiliario resultaba impensable en otra época,
como la guinga, el tamarindo, el marabú y hasta el mango.

El principal obstáculo de cualquier carpintero es que no está autorizado
para talar ninguno de estos árboles maderables para uso comercial, su
materia prima principal, que tampoco el Estado expende ni en moneda
nacional ni en divisas. Ahora, en caso de incumplir con esta normativa,
los particulares son generalmente los más afectados, pues deben pagar a
los inspectores multas de 2.500 pesos (el monto atribuido a las empresas
estatales) en lugar de los 250 establecidos. De ahí que muchos se
pregunten cómo salir de la ratonera.

La madera, fruto prohibido

"Los que más vienen a buscar servicio de carpintería son los recién
casados. En su desespero se ve lo maltrecha de su situación", dice
Vladimir, un joven que pasa de los 30 años y ejerce el oficio desde que
era adolescente. La carpintería le viene del patio de su casa, donde sus
abuelos instalaron un taller antes de 1959. "No venden camas ni armarios
ni ningún mueble, por lo que los pocos que logran hacerse de un espacio
habitable están en la obligación de comprar muebles clandestinamente".

"Lo más grave es que sólo los que tienen un alto poder adquisitivo se
acercan a las tiendas en divisas, que expenden nada más piezas
fabricadas en hierro, y sintéticas, de bajísima calidad", concluye.

En realidad, ¿quiénes son los propietarios de la madera?, ¿a qué
cantidad tienen derecho en un año?, ¿cómo resuelven los mismos
carpinteros extraer sus dividendos en especie?

"Los propietarios que habitan las zonas bajas o medianamente boscosas
sólo tienen derecho a solicitar (bajo compra de sellos oficiales) una
única guía de corte de madera al año, de alrededor de 250 pies, lo que
se traduce en un juego de seis piezas para la sala y cuatro para el
comedor; pero para ello deben tener la aprobación de tasar la madera por
parte de un ingeniero forestal", explica Vladimir.

En ese mismo momento comienza la trampa del que se pone lentes calovares
para no ver la realidad. Es un Estado vigilante que sólo ve lo que le
conviene y castiga con severidad o mansedumbre, según se revuelvan las
aguas.

Lo difícil o peligroso es hacerse con la madera, que la mayoría de los
carpinteros consiguen siempre clandestinamente. Pero más engorroso es
trasladar los muebles una vez acabados, pues no cuentan con ningún tipo
de documentación oficial que les permita exhibirlos a la luz pública.

El acto de amueblar el más común de los hogares se torna una odisea para
el más simple de los mortales, lo cual forma parte del manual del
cuentapropista en Cuba. Ninguno de estos pequeños "empresarios" tiene
derecho a contratar ayudantes y, para más inri, su licencia de trabajo
los avala como reparadores y no para ejercer de fabricantes.

Ladrón que roba a ladrón

Pablo, uno de los más conocidos y viejos carpinteros de Holguín, siente
que la mayoría de las medidas restrictivas van contra su oficio: "Tú
tienes que trabajar en línea. Te explico: la gente compra más balances
(sillones) que butacones, y casi nadie, excepto los que quieren darse un
lujo, compran balancines (comadritas) u otro tipo de asientos. Yo mismo
no puedo arriesgarme a proponerme modelos antiguos o combinaciones
novedosas. De lo contrario, corro el riesgo de quedarme con el producto
o convertir la casa en un almacén".

En este bregar, sólo pueden reparar los muebles a los propietarios de
maderas que posean la documentación en regla. Y al concluir el trabajo,
los carpinteros están en la obligación de devolver el sobrante, algo
inaudito para el más o menos sensato de los funcionarios.

"Una de las maneras de sortear la trampa, la ley o cuanto decreto se
imponga, puede ser poner los balances en el portal de las viviendas,
como al descuido, o hacer como si los estuvieras pulimentando", añade
Pablo, quien aclara que no está revelando secreto alguno. Es "un secreto
a voces. Todos vienen a comprar: funcionarios, militares, comerciantes,
trabajadores del turismo… Todos se hacen de sus muebles y los llevan a
casa", afirma.

Reparar muebles no ofrece beneficio alguno a quien debe pagar un precio
bastante caro por la madera. Por ello resulta frecuente llegar a
cualquier casa y ver el sofá o las mesitas en mal estado. Para esta
operación comercial existen pocas redes de contrabando o intermediarios,
pues es tan alta la demanda que se hacen listas larguísimas de clientes.

Las trabas para que no se efectúe la compraventa van desde la
presentación in situ de los inspectores forestales, funcionarios del
gobierno, policías, oficiales del Departamento Técnico de
Investigaciones (DTI), delegados del Poder Popular u otros, hasta el
seguimiento que se da a los muebles desde el taller de carpintería a su
destino final. Incluso, puede ocurrir que meses después visiten el lugar
y pedir la documentación de la madera, orden de fabricación y hasta el
permiso de traslado.

La ley y la trampa

Los otros diques de contención a tan antiguo oficio son las guardias
perennes que hacen los inspectores forestales en locales de expreso para
el tren, terminales de ómnibus y aeropuertos, siempre vigilados para
estos menesteres.

Una fuente que prefiere guardar su identidad comenta que tras esta
medida contra quienes supuestamente viven de la tala indiscriminada de
los bosques, se esconde la mano de quien sabe que está ante la
disyuntiva de levantar o no una sanción de por sí injusta. Se pregunta
cómo es posible que intenten frenar una actividad tan antiquísima como
la carpintería. Y se pregunta de qué manera frenar el acto de obtener,
obsequiar o simplemente cambiar los muebles de casa.

Otro carpintero opina que la diversidad es la más perjudicada en estos
casos, como se puede ver en un almacén clandestino: una docena de
balances del mismo tipo, cinco mesitas de tres patas, doce gavetas con
espejo para ser empotradas en la pared. Todas con idéntico diseño. Son
artículos de gran demanda en cualquier época del año y la mayoría de la
gente no puede ir detrás de una moda o cambiarlos, por el coste
económico que siginfica.

A estas limitaciones se suma que la tríada carpintero-tallista-tornero
no está ni puede estar de acuerdo: cada uno trabaja en talleres y hasta
en provincias diferentes. Además de que se traba con el modelo que dé
más comodidad y la madera que les caiga en la mano. Esta situación se
traduce en la abundancia del abigarramiento, diseño kitsch y un
eclecticismo sin par en el acabado. A fin de cuentas, el cliente no
escoge entre muchas posibilidades, sino lo que haya en el momento en que
cuente con el dinero.

Multas exageradas y falta de utensilios aturden y resultan obstáculos
del absurdo en el bregar cotidiano de los carpinteros. Ante estos
embates, muchos se preguntan por tanta vigilancia contra quienes hacen
objetos tan sagrados como la cuna, la cruz o el nicho de madera que nos
guardará por última vez.

http://www.cubaencuentro.com/es/encuentro-en-la-red/cuba/articulos/crucificados-por-cuenta-propia/(gnews)/1190088000


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