Informacion economica sobre Cuba

Más sobre la dualidad monetaria
ELÍAS AMOR | Valencia | 11 Sep 2013 – 10:49 am.

Sin independencia institucional ni resultados macroeconómicos
satisfactorios, ¿puede el castrismo eliminar la doble moneda?

Hace algunos días en estas mismas páginas exponía argumentos para tratar
de situar el debate sobre la dualidad monetaria que existe en Cuba y sus
consecuencias. En este trabajo, me propongo reflexionar sobre algunos de
los efectos que cabe esperar de la unificación de las monedas.

Supongamos que finalmente, las autoridades del régimen avanzan con la
supresión de la dualidad CUC y peso cubano. Y lo hacen por medio de un
cambio intermedio que empobrece a los tenedores de CUC (porque reduce la
actual relación) y obliga a los que solo tienen acceso a moneda nacional
a pagar precios elevados por los productos, pero sin alcanzar los
niveles que existen actualmente.

En el corto plazo, los primeros se verán más pobres, con la misma
cantidad de CUC, mientras los segundos tendrían acceso a bienes y
servicios que percibirían como más baratos al aplicarse un cambio menor.
Los primeros tendrían incentivos para cambiar rápido sus tenencias en
CUC, antes que se aplicase en cambio más desfavorable. Los segundos
apreciarían una ganancia de poder adquisitivo con sus pesos cubanos.

Sin embargo, antes de todo ello, lo primero que tendrá que tener en
cuenta el régimen es que el cambio peso cubano con el dólar, principal
divisa de circulación en la Isla, o con el euro, por ejemplo, será de
obligado mantenimiento para generar estabilidad y confianza interna. Ya
no habrá una moneda colchón entre las divisas y el peso cubano, sino que
éste tendrá que medirse con las monedas de los distintos países. ¿Quién
le pone el cascabel al gato?

Los que tienen alguna memoria, saben que el cambio del dólar con el peso
cubano fue un quebradero de cabeza para el régimen durante el “período
especial”. Una cosa era el “cambio oficial”, el que se establecía por
las autoridades en los establecimientos CADECA y en las transacciones
oficiales, y otro el “cambio real”, el que regulaba en las calles la
mayoría de transacciones en el ámbito de la economía informal.
Evidentemente, el primero buscaba una paridad imposible, mientras que el
segundo exigía una gran cantidad de pesos, y cada vez en aumento, para
conseguir un dólar.

El desprecio social hacia la moneda nacional cubana y su escasa
capacidad de compra venía motivado por la inyección monetaria del
régimen para financiar los déficits desproporcionados del “período
especial”. El derrumbe socialista dejó al castrismo sin fuentes de
financiación soviéticas, sin acceso a los mercados financieros
internacionales. El desorbitado gasto estatal de una economía de base
estalinista e improductiva se tenía que financiar con la emisión de
moneda nacional.

Como consecuencia de ello, en poco tiempo, el peso cubano carecía de
valor como medio de transacción, como depósito de valor e incluso, como
unidad de cuenta. Es decir, perdió de sopetón el sentido y significado
que tienen las monedas de uso común. El dólar empezó a circular por la
Isla como moneda fundamental para las transacciones. Las autoridades
tuvieron que resignarse, y echar balones fuera al argumento del embargo
o del bloqueo.

¿Cabe pensar en que una vez producida la unificación CUC y peso la
moneda nacional podría volver a atravesar una situación similar?

Hay varias razones para pensar que puede ocurrir.

Primero, la existencia de un elevado déficit público estructural en la
economía estatal de planificación central es un grave desequilibrio que
actúa negativamente sobre la solvencia de la moneda. Antes de avanzar
cualquier proceso de unificación, ese desajuste entre gastos e ingresos
estatales debería estar corregido, ya que la economía castrista,
marginada por su impago del préstamo del Club de París, no tiene acceso
a la financiación internacional. El déficit, actualmente en un 4% del
PIB, seguirá siendo monetizado por la emisión de moneda desde un Banco
central que carece de autonomía del poder político y no puede realizar
una política monetaria autónoma, independiente y creíble. El crecimiento
de la cantidad de dinero en circulación seguirá siendo elevado, y ello
producirá tensiones en el cambio con las divisas principales. La gente
puede perder confianza en el peso como ocurrió hace una década durante
el “período especial”. La historia siguiente es bien conocida.

Segundo. Ese temor a las consecuencias de los desequilibrios internos en
la nueva moneda unificada puede llevar al régimen a confiar en un tipo
de cambio fijo para regular las relaciones con el exterior. La atadura
podría establecerse con el euro (grave error) o con el dólar, o con la
moneda que se desee. Políticamente hablando, hasta con el bolívar
venezolano, emulando una especie de segundo ALBA cuyas consecuencias
podrían ser desastrosas para la economía castrista, ya que atarse a
Venezuela en las condiciones actuales tiene mucho de suicidio económico.
En cualquier caso, un tipo de cambio fijo tiene unos costes políticos
internos que el régimen de los Castro difícilmente aceptará (como la
responsabilidad monetaria o el control de los gastos ineficientes y la
pérdida de los instrumentos de autonomía política) además de las
intervenciones de un Banco central comprando y vendiendo la moneda
extranjera para cumplir con los objetivos de estabilidad, lo que parece
inviable en las actuales condiciones.

Por ello, supongamos que las autoridades aceptan un tipo de cambio
flexible, ajustable en función de las condiciones internas y externas.
Es dudable. Supondría dejar sin efecto los programas de política
económica al uso y confiar todo el futuro de la economía a su
competitividad externa, que es más bien cuestionable por los bajos
niveles de productividad y de innovación tecnológica. Un tipo de cambio
flexible sería, en las condiciones actuales, una grave irresponsabilidad
que podría empobrecer notablemente a la economía a medio plazo. Es
difícil que esta opción pase si quiera por las prioridades de las
autoridades del régimen. Confiar el futuro de la economía al mercado
internacional sería la derrota definitiva de la “actualización del
socialismo”.

Tercero, el ahondamiento de las desigualdades sociales. La moneda única
no será un instrumento que frene la distancia entre los cubanos que
tienen acceso a las divisas y los que no. Por mucho que se empeñen en
señalar que estas diferencias no se cuestionan en la sociedad, es
difícil de creer. La dependencia de la canasta normada es cada vez
menor, y el auge de los cuentapropistas y los comercios en divisas
permite a los cubanos que tienen acceso a la moneda fuerte adquirir
bienes y servicios que son imposibles para quienes ganan sueldos medios
de 21 dólares mensuales. Pensemos en los pensionistas, por ejemplo.

Conclusión. Difícil lo tienen las autoridades para afrontar el reto de
la unificación monetaria si se detienen a reflexionar sobre lo que puede
venir.

Todo ello nos devuelve al origen del problema. En la economía castrista
no se dan las condiciones institucionales necesarias ni los requisitos
macroeconómicos adecuados para afrontar un proceso de unión de dos
monedas que, hasta la fecha, han venido funcionando durante casi una
década por separado. Una casa, simplemente, no se puede construir
empezando por el tejado, requiere primero unas bases sólidas.

Source: “Más sobre la dualidad monetaria | Diario de Cuba” –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1378889381_4999.html


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