Informacion economica sobre Cuba

Reforma, Cambios, Debate

Retinitis tecnocrática
Un sistema autoritario que fija límites muy claros al discurso público
impone un alto costo para la sociedad, pues impide una maduración ideológica
Haroldo Dilla Alfonso, Santo Domingo | 07/10/2013 10:38 am

Hace unos días el periódico Trabajadores publicó una interesante
entrevista a Ricardo Torres, un joven académico del Centro de Estudios
de la Economía Cubana de la Universidad de la Habana que ha logrado
realizar una corta pero meritoria carrera profesional.
El economista afirma que Cuba requiere una “cirugía profunda”, una
agilización del programa de reformas y menciona hándicaps y
oportunidades. Para concluir que estamos en un mal momento pero que
pudiéramos estar mucho mejor, en lo cual yo estoy básicamente de acuerdo.
Como no soy economista, dejo al lector disfrutando la interesante
entrevista a Torres para fijar la atención en algunos aspectos que
señalizan un grave problema de la sociedad cubana: los discursos
públicos recortados hasta hacerse irreconocibles. O, como mínimo,
insensatos.
La incipiente esfera pública cubana malvive aquejada de esquizofrenia.
Excepto los opositores activos —es decir aquellas personas y grupos que
aspiran a un cambio de gobierno y lo expresan abiertamente— el resto de
la franja crítica existente está obligada, para subsistir, a decir algo
diferente, a veces opuesto, a lo que quiere decir. No porque los
opositores sean más inteligentes, sino porque ya cruzaron la línea
inhibitoria, tras la cual hay invariablemente un policía.
Es una situación distintiva de un sistema autoritario, que fija límites
muy claros al discurso público. Y que tiene un alto costo para la
sociedad, pues ello impide la maduración de las ideologías que deberán
cruzar el escenario político futuro. Recordemos que una ideología no es
simplemente un cuerpo de ideas más o menos hilvanadas, sino una
interpelación social, una interacción con los sujetos a los cuales la
ideología va dirigida. Y si esto último no existe —es decir, si no
existe un público al cual interpelar— las ideologías políticas no
maduran. Y esto sucede a todos los actores actuales en la Isla, sean
oposicionistas o sistémicos. Y al propio gobierno, que a falta de
competidores serios, se da el gusto de mostrar sus chapucerías
doctrinarias sin sonrojos.
A los economistas que abogan con denuedo por cirugías mayores, como lo
hace Torres, les sucede lo mismo. Pues aún cuando saben que las
economías tienen correlatos sociales y políticos ineludibles, no pueden
referirse a ellos. No porque sean tecnócratas per se (son más sabios que
eso) o fondomonetaristas per se (son más sensibles que eso), sino porque
sólo está autorizado un debate sobre la economía, en el que la cuestión
social es un daño colateral, y el tema político un campo minado.
Por ello sorprende que un profesional de tal calidad prácticamente
despache el tema social afirmando que los salarios no alcanzan y que uno
de los problemas más importante que afronta la economía nacional es,
nada más y nada menos, el “sobredimensionamiento de los servicios
sociales o personales, tanto desde el punto de vista de la estructura
del producto interno bruto (PIB), como en la de los ocupados”. Es decir
que se gasta demasiado en el bienestar social de los cubanos.
Ello es de alguna manera cierto. Lo es estadísticamente, cuando se le
contrasta con un producto bruto escuálido y que no crece. Y su carga se
acentúa porque es manejado con una ineficiencia que ya ha sido señalada
por más de un experto internacional. Pero afirmar que el asunto es
sencillamente un sobredimensionamiento me parece cuando menos un juicio
poco compasivo con una población empobrecida y envejecida, que a duras
penas sobrevive con los ripios subsidiados que se le ofrecen.
La mayoría de los cubanos viven hacinados o en casas ruinosas porque no
hay una política social de construcción de viviendas, y si la situación
no es más grave es porque cada vez hay menos cubanos. Hay millones de
cubanos y cubanas que se alimentan deficientemente, que se sacan muelas
sin anestesia, que no encuentran medicinas para sus dolencias, que son
ingresados en hospitales sin agua y con comida propia de penales
nigerianos, y cuyos hijos van a escuelas depauperadas con malos maestros
pesimamente pagados. Y miles de médicos cubanos son capaces de
internarse en el Amazonas, no como Arturo Covas para desafiar las
convenciones sociales, sino tras 1.500 dólares mensuales. No creo que
entiendan que quiere decir Torres con eso del sobregiro del gasto
social. Y creo que se están sintiendo en el alma la brutal reducción de
la inversión social que, para poner un ejemplo, ha pasado de cerca de un
20 % en 2005 a algo más del 5 % en 2013.
Pero esto pudiera ser un pie de página, si no fuera porque Torres asume
una articulación tan plácida como candorosa del andamiaje sociopolítico
en torno a la reforma. Lo cito: la reforma “requiere de un programa
estratégico coherente, que se conciba y ejecute con la participación
activa de los distintos actores de nuestra sociedad: gobierno,
ciudadanos, sector productivo, territorios, comunidades, obreros e
intelectuales… De esta pluralidad pueden salir grandes ideas y el
consenso necesario para labrar con éxito nuestro camino”.
Es una retórica bien intencionada, pero nos sirve de muy poco. Ante
todo, porque eso que llama “nuestro camino”, no existe. Hay muchos
caminos, unos con mayores posibilidades de ser transitados que otros, y
que por supuesto llevan a lugares diferentes. Al menos que asumamos al
cóctel del nacionalismo conservador con el tecnocratismo promercado como
una nueva doxa política, habría que reconocer que los espacios para el
consenso son menos que para el conflicto.
Ese actor, por ejemplo, que Torres denomina “sector productivo” —un
eufemismo vergonzante que designa al empresariado en proceso de
aburguesamiento— solo estará de acuerdo con los obreros y los
consumidores, en un punto: que la economía funcione. Pero difícilmente
unos y otros encontrarán puntos de avenencia cuando tengan que decidir
que se debe hacer con el plusproducto que sale de esa economía que
finalmente funciona.
Y por eso es tan razonable pensar —como suspicaz omitir— que estos
trabajadores, jubilados, consumidores, estudiantes, etc, deben tener los
derechos suficientes (reunión, asociación, manifestación, huelga) para
afrontar los rigores del consenso que Torres se imagina reduciendo
gastos sociales. Sin estos derechos a la protesta, sin representación
autónoma para negociar, el “programa estratégico” que Torres reclama
será parte de la dominación autoritaria y de la expropiación de derechos
que sufre la mayor parte de la sociedad cubana. Solo que si antes lo
hacía solo el estado por la vía política y burocrática, ahora va a
contar con el inestimable concurso del mercado.
Por tanto, la discusión sobre el futuro que Torres plantea no solo tiene
que ser amplia en su composición —ningún cubano, de la Isla o de la
emigración debe ser marginado de este debate contra su voluntad— sino
también en su agenda. E incluir cuales son los cambios políticos
necesarios para que la recuperación económica no se traduzca en una
piñata gansteril en detrimento de los derechos sociales de las mayorías.
Es deseable que la sociedad cubana llegue a acuerdos sobre aspectos
básicos de su ordenamiento, pero no puede hacerlo en el contexto
político actual.
No podemos seguir insistiendo en la unidad monolítica aunque sea
adornada con toques pluralistas; ni en el consenso fabricado en función
de la gobernabilidad autoritaria; ni en las discusiones controladas,
como tampoco en el corolario inevitable: la represión de los
inconformes. Por muchas razones. Incluyendo entre ellas porque ese
régimen autoritario que impide la libertad de opinión y pone bridas al
ejercicio intelectual, pone a economistas talentosos como Torres, al
servicio del mismo tipo de ajuste que han denunciado durante muchos años
como tecnocrático y fondomonetarista.

Source: “Retinitis tecnocrática – Artículos – Cuba – Cuba Encuentro” –
http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/retinitis-tecnocratica-313672


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