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Cambios, Inmigración, Embargo

Tonterías
Si volvemos por un instante al caso de Vietnam, vemos como las
circunstancias que entonces posibilitaron el restablecimiento de
vínculos entre dos naciones enemigas no se dan hoy día respecto a Cuba
Alejandro Armengol, Miami | 08/10/2013 12:03 pm

Una de las cosas que llama la atención en el desparpajo cubano es la
liviandad con la cual se expresa y publican comentarios sobre la
situación del país y sus vínculos con Estados Unidos. Ese estilo
superficial y tonto no distingue fronteras ideológicas ni límites
políticos. Se practica a lo largo de un espectro que se alimenta de la
necesidad asombrosa de hablar constantemente de Cuba (a la cual, por
supuesto, no es ajena este sitio) y de mantener el tema en el candelero.
Así que un reportero amanece un día sin algo mejor que decir y recurre a
lo publicado en su blog por un cantante simpatizante del castrismo. El
trabajo no lo escribió el cantante, sino que éste se limita a
divulgarlo. El periodista lo envía, la agencia cablegráfica lo
distribuye y aparece en el periódico más importante del exilio.
Con el título Flujo de viajeros entre Cuba y EEUU puede “terminar” con
embargo, el diario El Nuevo Herald trae un cable de la AFP donde se
informa de un artículo de un “experto” cubano.
“Esos flujos de cubanos hacia un lado y otro (…) puede convertirse en lo
que (el presidente Barack Obama tal vez no quiera que se convierta¸ en
una forma de terminar con el bloqueo” a la Isla vigente desde 1962,
señaló el académico cubano Estaban Morales, experto en relaciones con
Estados Unidos, cita el cable de la AFP.
Más allá del abuso clásico ejercido sobre el vocablo “flujo”, llama la
atención la afirmación de que el embargo a la Isla “podría terminar por
la vía del intercambio migratorio creciente entre los dos países”.
“En esas circunstancias, el bloqueo podría irse en disolvencia. Si en
Vietnam el bloqueo terminó por la vía de la relación comercial
creciente, con una economía que comenzó a recuperarse rápidamente de la
guerra, con una población, que a pesar de las pérdidas, no cultivó el
odio al norteamericano; en Cuba, podría terminar por la vía del
intercambio migratorio creciente entre dos países, muy cercanos
geográficamente, en que los cubanos residentes en ambos lados, comparten
hábitos, intereses culturales, aspiraciones de vida, mucho de
idiosincrasia y deseos de reencontrarse con sus familiares”, señala
Morales en el blog de Silvio Rodríguez.
Aunque el “experto” dedica la mayor parte de su trabajo a propugnar —y
alegrarse— del cambio en las políticas migratorias cubana y
estadounidense, la referencia a Vietnam es significativa, porque
precisamente tanto Hanói como Washington llevaron a cabo pasos que hasta
el momento no hay la menor indicación de que otros similares ocurran
ahora entre Cuba y Estados Unidos.
Dos factores pusieron en marcha el proceso que llevó al establecimiento
de relaciones diplomáticas plenas entre Estados Unidos y Vietnam, uno
económico y otro político.
El segundo fue el más espinoso y difícil. Se inició en 1991, durante el
gobierno de George Bush padre, y al año siguiente cobró fuerza con la
entrega por parte de Hanói de gran cantidad de fotografías y documentos
sobre los soldados norteamericanos muertos o desaparecidos en el sudeste
asiático.
En aquel entonces dijo el presidente Bush: Sr. “Podemos comenzar a
escribir el último capítulo de la Guerra de Vietnam”. Estaba en lo cierto.
El primer factor resultaba igualmente apremiante, sólo que en un sentido
más vulgar: Vietnam había comenzado un proceso de transformación
económica, que aunque limitado implicó la liberación del mercado y abrió
el país a la inversión extranjera.
A partir de ese momento los empresarios norteamericanos comenzaron a
buscar el levantamiento del embargo. Cuando llegó a la presidencia Bill
Clinton hizo del restablecimiento de los vínculos comerciales un aspecto
fundamental de su agenda de gobierno y la Cámara de Comercio de Estados
Unidos se encargó de recordarle a la nación, como hizo en 1994, de que
las empresas no estaban “aprovechando el mercado potencialmente
lucrativo de esa nación”.
Entre las corporaciones estadounidenses, la Boeing Corporation estaba
ansiosa de que se restablecieran los vínculos, debido a un plan de venta
de unos 80 aviones de pasajeros, por valor de $5.000 millones a Vietnam,
durante la próxima década.
De esta forma, ambos factores encontraron puntos de convergencia y
destacadas figuras políticas de los dos partidos que se alternan el
poder en Estados Unidos contribuyeron a hacer posible que dos países
separados por una guerra cruel, sangrienta y costosa dejaran atrás las
diferencias e iniciaran una era de entendimiento, pese a mantener sus
diferencias.
Visto en perspectiva, llama la atención como acciones personales y
relativamente menores tuvieron un alcance tan grande. A comienzos de la
década de 1990, Ted Schweitzer, un investigador estadounidense que
trabajaba con refugiados, logró permiso de los vietnamitas para
recopilar información en un museo de guerra en Hanói para un libro sobre
el ejército de Vietnam. Schweitzer no encontró editor para su obra.
Entonces ofreció toda la información que había recopilado al gobierno
norteamericano y se convirtió en asesor del Pentágono. Lo asombroso para
aquel momento fue que lo hizo con el conocimiento y el beneplácito de
los vietnamitas.
Aprovechando esa apertura informal, un grupo compuesto entre otros por
el exprisionero de guerra y senador republicano por Arizona, John
McCain, viajó a Hanói y logró un acuerdo oficial en 1992.
Fue en ese año que Vietnam dejó de afirmar que no retenía ninguna
información significativa sobre prisioneros de guerra norteamericanos.
El resto lo constituye el debate que se llevó a cabo en Estados Unidos,
durante los últimos años del gobierno de Bush padre y luego el mandato
de Clinton, sobre la utilización o no del embargo como instrumento de
presión para obtener una mayor colaboración de la nación asiática en el
tema de los norteamericanos muertos o desaparecidos durante el conflicto.
La respuesta es conocida. Con el apoyo de los empresarios, se impusieron
quienes apoyaban el camino del diálogo frente a la confrontación.
A primera vista parece singular que tras veinte años del fin de la
contienda armada, donde murieron millones de vietnamitas y camboyanos y
54.000 soldados norteamericanos, se lograra el restablecimiento de
relaciones diplomáticas y el diferendo entre Washington y La Habana,
luego de más de cincuenta años, siga sin saldarse. Cuando Clinton
estableció el pleno reconocimiento diplomático entre ambas naciones, aún
2.202 militares norteamericanos continuaban en el listado de
desaparecidos en el sudeste de Asia, de ellos 1.618 en Vietnam.
¿Qué puede pesar más que la vida de estos norteamericanos, para impedir
que Estados Unidos y Cuba se sienten a la mesa de negociación? Las
respuestas son conocidas, pero las diversas maneras, mediante las cuales
se puede romper este estancamiento, no parecen formar parte de las
prioridades ni de Estados Unidos ni de Cuba.
Si volvemos por un instante al caso de Vietnam, vemos como las
circunstancias que entonces posibilitaron el restablecimiento de
vínculos entre dos naciones enemigas no se dan hoy día respecto a Cuba.
La mayor oposición al restablecimiento de nexos diplomáticos, tras
lograrse el fin del embargo y las relaciones comerciales, eran la Legión
Americana, grupos de familiares de los desaparecidos en la guerra y
políticos republicanos como Bob Dole, quien tenía aspiraciones
presidenciales.
A favor no sólo estaba un presidente que había evadido el participar en
una guerra a la que estaba opuesto y “despreciaba”, sino también una
buena parte del Congreso. Una resolución para el levantamiento del
embargo había sido aprobada por el Senado en 1994 por una votación de 62
votos contra 38. Legisladores de ambos partidos que habían participado
en la contienda apoyaban el superar las diferencias. Además del caso
citado de McCain, estaba el senador demócrata Bob Kerrey, quien había
perdido una pierna en el conflicto y condecorado con la Medalla de Honor.
Pero tras la pantalla política se movía una fuerte maquinaria
empresarial, deseosa de obtener dividendos económicos con la superación
del conflicto.
En resumidas cuentas, un diferendo entre dos naciones, que en una de
ellas se veía desde dos puntos de vista políticos diferentes, pero con
un solo objetivo económico. El factor que aparentemente tenía un mayor
peso, los 54.000 soldados norteamericanos muertos y los 2.202 militares
desaparecidos en el sudeste de Asia, resultó a la larga secundario.
Respecto a Cuba, la razón principal que impide una solución de las
diferencias es que hasta el momento el factor político ha sido más
determinante que el económico. O lo que resulta más importante: la
política se ha impuesto sobre la economía. No resulta fácil que ello
ocurra en Estados Unidos, pero ha sucedido. Hay que otorgarle el crédito
al sector más conservador del exilio, que al mismo tiempo es el más
poderoso, de lograr mantener inmovilizada la política estadounidense
hacia Cuba, sobre todo en estos últimos años. Pero para esta victoria
han contado con un aliado poderoso: la falta de interés, por parte de
Washington, de que se produzca un cambio político en la Isla.
Lo que en cierta medida ha impedido la solución del conflicto
Cuba-Estados Unidos es que, en la medida en que éste ha ido perdiendo
importancia internacional, ha mantenido vigencia en el terreno local.
Los triunfos políticos y económicos de este poderoso exilio han
contribuido, en última instancia, a que no se exploren otras
alternativas frente al gobierno de La Habana. Pero si bien el exilio de
“línea dura” ha contado con el apoyo incondicional de Washington para su
victoria, también se ha beneficiado de la “ayuda” indirecta que le
proporciona La Habana, sin interés en explorar nuevas vías de
entendimiento. Frente a la intransigencia de Miami, la Plaza de la
Revolución ha respondido con igual empecinamiento, en un tira y encoje
de no sólo quién tiró la primera piedra, sino también la última.
Precisamente en este sentido es que cabe preguntarse si no resulta más
apropiado que el gobierno cubano comience a adoptar una actitud similar
a la de Hanói. Cuando Vietnam dejó de negarse a brindar información
sobre los soldados norteamericanos desaparecidos, con independencia de
las limitaciones de la misma y los pasos paulatinos que se necesitó
transitar, abrió la puerta que llevó a que Estados Unidos levantara el
embargo comercial.
En cierto sentido se limitó a contribuir con un argumento a un debate
político. En otro, facilitó un pretexto para un fin económico. Pero por
encima de consideraciones específicas, fue un cambio positivo.
Cuba, por el contrario, desde hace algunos años viene jugando a la
apertura de pequeñas ventanas económicas. En un momento volvió a cerrar
algunas y tras la llegada de Raúl Castro al poder cotidiano parece
empeñada en mantener abiertas unas pocas e incluso ampliarlas. Pero las
puertas políticas siguen selladas. La Habana no puede seguir cruzada de
brazos si quiere un mejoramiento de relaciones con Washington; si en
realidad ese es su interés, algo por otra parte muy dudable.
Sin embargo, el artículo de Esteban Morales —quien en una época se
caracterizó por ser el altanero decano de la Facultad de Humanidades y
una figura política nada abierta a una mayor comprensión de las
diferencias ideológicas— transita por el camino trillado de considerar a
los exiliados como una masa informe de ciudadanos apegados a los clichés
de la cubanía repetidos en Cuba y Miami: las palmas, las canciones y el
cafecito mañanero en la esquina. Un grupo ávido en gastar en la Isla,
por lo cual es bienvenido, y atraído por la nostalgia mas plañidera.
Así que Morales alza su voz a favor de una reconciliación de café con
leche, que no excluya a inversionistas y gastadores, mientras que saluda
—con cierto cinismo— una política migratoria que alienta el escape, o al
menos la distracción temporal, porque de esa manera se quita presión a
la olla interna.
Solo que esa política de permitir los resquicios ha sido inherente al
régimen cubano desde sus inicios, y lo mismo fue catalogada de
“socialismo con pachanga” por el Che Guevara que justificada por Fidel
Castro cuando permitió los vuelos de la comunidad. Cuba nunca llevó a
cabo una construcción “seria” del socialismo. Lo mismo permitió, en
plena ofensiva revolucionaria, la permanencia de restaurantes de lujo
—donde los camareros atendían con esmoquin blanco en verano y negro en
invierno, en la mejor tradición burguesa— que dejó a los funcionarios de
menor rango llevar grabaciones de chistes de Álvarez Guedes a las
fiestas sindicales, mientras exhibían grabadoras y casetes que para
entonces quedaban fuera del cubano de a pie.
Esa superficialidad en el análisis no hay que achacarla por completo a
la (in)capacidad de análisis del “experto”, sino a una “retinitis
tecnocrática” que —como señala Haroldo Dilla en un artículo aparecido en
la edición ayer lunes en esta publicación— determina hasta donde se
puede profundizar en los problemas. Todo come consecuencia de un sistema
autoritario que fija límites muy claros al discurso público.
Mientras el régimen de La Habana continúe empeñado en una estrategia de
supervivencia, y sus intelectuales orgánicos sean incapaces de la menor
transgresión al comentario autorizado, seguirá la exhibición de análisis
truncados, conclusiones parciales y premisas inadecuadas: el desfile, en
fin, de tonterías.

Source: “Tonterías – Artículos – Opinión – Cuba Encuentro” –
http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/tonterias-314263


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