Informacion economica sobre Cuba

Construir o reparar, un esfuerzo extenuante
A pesar de las nuevas facilidades, la construcción o reparación de
viviendas “por esfuerzo propio” sigue siendo una tarea que pocos pueden
llevar a feliz término
ADRIANA ZAMORA, La Habana | Junio 02, 2014

La escasez de viviendas es un problema de primer orden en Cuba, donde
tres y hasta cuatro generaciones conviven bajo el mismo techo. Las
familias, cuando poseen patios o azoteas, amplían sus casas todo lo
posible: transforman balcones en cuartos, lavaderos en fregaderos,
vertederos en inodoros…Cada uno se convierte en mago del espacio y el
diseño.

En La Habana la mayoría de las viviendas son anteriores a 1959, y las
erigidas a partir de los años 60, por lo general, no son de buena
calidad. No existen empresas estatales que se dediquen a la reparación
de los inmuebles, y los albañiles, fontaneros o carpinteros particulares
cobran precios inalcanzables para el bolsillo promedio.

Para rescatar las casas de la falta de mantenimiento y la desidia, el
Gobierno ha estado promoviendo en los últimos años la construcción y
reparación de viviendas “por esfuerzo propio”. O sea, la persona
interesada edifica o arregla su propia vivienda con sus recursos y una
que otra “facilidad” que le pueda dar el Estado. En consonancia con esta
política, el Banco Metropolitano comenzó a conceder créditos para la
adquisición de materiales de construcción. También el Poder Popular
asigna subsidios para aquellos que no tienen los recursos para pagar la
reparación de su casa.

Los materiales no están siempre disponibles en los establecimientos
estatales, y adquirirlos “por la izquierda” suele ser caro y riesgoso.
En ocasiones el transporte cuesta más que lo transportado, especialmente
los áridos, que son relativamente baratos pero pesados. No es posible
pagar la mano de obra calificada con los créditos del banco, que apenas
alcanzan para contratar aficionados sin experiencia o bandidos sin
escrúpulos. A todo eso se suman los trámites burocráticos. No obstante,
la necesidad apremia y muchos lo intentan. Al final todos son felices:
los ciudadanos resuelven sus problemas y el Estado se anota el esfuerzo
ajeno en sus informes triunfalistas.

Empezar por los cimientos

Idalis tuvo suerte. Después de trabajar veinte años en el mismo lugar,
fue reconocida con un esperado “estímulo” laboral: le otorgaron la
propiedad de un terreno en la zona de Peñas Altas, al Este de La Habana,
para que allí construyera su hogar. No fue fácil, otros compañeros de
trabajo también optaron por el solar, pero ella fue escogida luego de
muchos análisis y debates.

Con la propiedad en su mano, Idalis se acercó al Poder Popular de su
municipio para solicitar los permisos de construcción y el aval que le
permitiría pedir en el banco el crédito necesario para comprar los
materiales y pagar la mano de obra. Consiguió además que el Poder
Popular se comprometiera a proporcionarle una brigada de constructores.

Con los créditos aprobados, el permiso de construcción en regla y los
materiales adquiridos, Idalis esperó por la brigada, pero no llegaba.
Por supuesto, insistió con el Poder Popular sin lograr nada. “Nadie
quería hacer el trabajo por el dinero que el banco me había
presupuestado para mano de obra. ¿Quién iba a trabajar en una brigada
cobrando una miseria si con cualquier particular esos mismos
trabajadores, fueran especialistas o ayudantes, podían cobrar el
triple?”, se quejó Idalis.

Finalmente, su padre, un hombre de 60 años, comenzó a trabajar nivelando
el terreno y poniendo los cimientos de la futura casa. Cuando ya estaba
lista la zapata, apareció la brigada. Al principio, Idalis sintió
alivio: su padre podría descansar. Pero la tranquilidad duró poco.
“Trabajaban al ritmo que se les antojaba…y la arena, el cemento y los
bloques comenzaron a desaparecer.” Cansada de la reventa de sus
materiales, Idalis decidió prescindir de la brigada por la que tanto
había insistido.

Con su padre y la ayuda esporádica de algunos amigos, continuó la obra y
después de dos años la casa estuvo lista. Feliz de haber concluido el
agotador trabajo, se dirigió a Vivienda Municipal para que le expidiera
el certificado que declararía su casa como habitable. Luego de dos
meses, un especialista llegó para evaluar in situ la nueva morada de
Idalis y le comunicó que no podía darle el añorado “habitable”. Según le
explicó, tanto ese terreno como los colindantes habían sido otorgados
legalmente, pero no estaban conectados a la red de alcantarillados y
hasta que así fuera, no podría mudarse. De inmediato los vecinos
comenzaron a hacer gestiones para resolver el problema.

Casi tres años después del inicio de la construcción, Idalis logró
habitar por fin su casita. “Lo de ‘esfuerzo propio’ se queda corto, fue
más que esfuerzo lo que tuve que hacer. “Para tener la tranquilidad de
la que disfruto hoy pasé por momentos de verdadera tensión y sacrificio.
Estaba agotada, así que tuve que dejar de trabajar para recuperarme,
física y mentalmente”.

Reparación contra reloj

Milagros tiene 68 años y recibe del gobierno una pensión de 300 CUP
mensuales. Vive en Alamar, en un edificio de microbrigadas que fue
construido hace más de tres décadas. Muchos de los vecinos, que tienen
familia en el extranjero, han reparado sus apartamentos. Algunos han
hecho profundas remodelaciones, otros se han limitado a cambiar las
carcomidas puertas y ventanas de madera y los ya inservibles muebles de
baños y cocinas. Han mejorado todo lo que la ayuda familiar les ha
permitido.

Milagros no tiene parientes fuera de Cuba. Solo una hija con limitado
salario estatal y casa propia de la que ocuparse. Por eso pensó que
podría ser beneficiada con un subsidio para la reparación de su apartamento.

Su solicitud fue aprobada y pasaron casi tres meses antes de que
recibiera al inspector de Vivienda que debía evaluar la amplitud y el
costo de las reparaciones necesarias. Recibió el aval para presentarse
en el banco y el desglose de los materiales y mano de obra que
necesitaría. “Lo que me dio el banco para mano de obra eran unos 78 CUC.
Imagínate, por hacer una cocina ningún albañil cobra menos de 300 CUC”.
Lo cierto es que el presupuesto para mano de obra que se otorga no
coincide con la realidad de los precios en el país. Para colmo, se exige
que la persona contratada tenga licencia para ejercer, lo cual hace más
difícil la situación. Milagros tal vez se hubiese quedado en el intento
si no fuera por un vecino, albañil con licencia, que decidió ayudarla.

Allí empezó la verdadera odisea. “Cada vez que vas a adquirir un
material debes ir al banco para que te hagan el vale. Te cobran 5 CUP
por el trámite bancario de cada vale. Cuando lo tienes todo, presentas
los documentos en el rastro, pero no siempre hay lo que necesitas. Una
vez tuve que ir hasta Capdevila, a unos 20 kilómetros de Alamar, a
buscar cemento, porque no había en ninguna parte. El problema es que un
camión para llevar los sacos hasta Alamar me costaba 60 CUC. ¿A quién se
le ocurre que alguien subsidiado tenga esa cantidad de dinero?” No pudo
comprar el cemento, claro está. Tuvo que esperar que abastecieran el
rastro cercano. Con el resto de los materiales pasó lo mismo, de manera
que dedicó más tiempo tratando de reunirlos que a la obra como tal.

El mayor problema con la espera es que los vales tienen un plazo: si
Milagros no conseguía los materiales y los utilizaba en el tiempo
estipulado por el banco, tendría que pedir una prórroga. Y solo se
otorgan tres prórrogas. Había que apurarse, si Milagros no quería perder
las gestiones y los esfuerzos realizados.

“Lo gracioso es que si vas a comprar materiales con dinero contante y
sonante, siempre aparecen”, se queja. Una breve visita al rastro nos
deja ver que hay variedad de materiales en venta en CUP: recebo a 40
pesos el saco; cemento a 29.40 el cubo; gravilla a 200 el metro cúbico;
mosaicos a 5 pesos cada uno… Y esto es lo que está declarado en la
tablilla, habría que ver todo lo que se vende “por la izquierda”.

El hecho es que Milagros todavía no termina su reparación y el tiempo se
le acaba. Tiene que recibir pronto al inspector de Vivienda que
supervisará la ejecución de la obra. Si ella logra cumplir el plazo,
tiene planificado pedir otra subvención para cambiar las puertas y
ventanas podridas. “Es agotador, pero no tengo remedio. Si no, la casa
me cae arriba”, dice.

Tanto Milagros como Idalis se alegran de tener su casa habitable gracias
al plan de construcción “por esfuerzo propio”. Sin embargo, ambas han
pasado por días de total extenuación, provocada por la desorganización,
el descontrol y la corrupción, más que por el duro trabajo de construir.

Source: Construir o reparar, un esfuerzo extenuante –
http://www.14ymedio.com/nacional/construccion_por_esfuerzo_propio_0_1566443344.html


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