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Esperando un crédito gringo
IVÁN GARCÍA | La Habana | 18 Jun 2014 – 10:36 am.

Gilberto L., de 71 años, ya no recuerda cuantos oficios ha tenido en su
vida. “He hecho de todo. Jugué pelota, corté caña y fui pescador ilegal.
Ahora estoy aquí, cuidando baños públicos”, dice con orgullo.

Es un tipo enjuto y fibroso de manos callosas. Viste una camisa gastada
de rayas y unos zapatos zurcidos. Pero mantiene una dignidad en la
mirada y un optimismo a prueba de balas.

Reside en una cuartería tremebunda en la parte vieja de La Habana. Ni
siquiera los achaques le impiden salir a la calle a ganarse un puñado de
pesos y ponerle un plato de comida caliente en la mesa a su esposa y a
su nieta menor.

Pero aunque el viejo Gerardo desborda optimismo, hay que ser demasiado
creativo para calificarlo como “pequeño empresario”.

Todas las mañanas, pasada las 10, Gerardo camina un kilómetro y medio
hasta su negocio, un baño portátil plástico de color azul oscuro que
sirve de urinario a los clientes de tres bares colindantes con la bahía
habanera.

Cobra un peso por orinar. Y tres por evacuar. “Es que la taza está
tupida. Entonces tengo que cargar mayor cantidad de agua”, aclara.
Gerardo obtiene el agua para descargar el baño directamente del mar, con
una lata grande que una vez fue de mermelada de guayaba, amarrada a una
soga.

“Es un trabajo arduo. Estoy hasta doce horas. Pero cuando llego a casa
con 4 o 5 cuc, le ruego a Dios que me dé fuerza para vivir unos años
más, ayudar a mi esposa y vestir y calzar a mi nieta. Ellas son lo mejor
que me ha dado la vida”, confiesa.

“Pago de 100 a 120 pesos de impuestos. Mi paga como jubilado es de 211
pesos mensuales. Ese dinero, más lo que me busco cuidando el baño, solo
me alcanza para comer decentemente. No me quejo. A veces, extranjeros
que siempre andan por esta zona, me regalan 5 o 10 cuc por dejarles
tirar fotos al urinario. Supongo que lo ven como algo exótico”, cuenta
Gerardo, un conversador empedernido.

Una flota de ómnibus de turismo aparca no muy lejos de su baño. Un trío
de viejos músicos ambulantes asedian a los forasteros cantando el
sempiterno “Chan chan” de Compay Segundo. “Por aquí en los años 90,
anduvieron Pío Leyva e Ibrahim Ferrer ‘haciendo sopa’ [cantando en bares
y restaurantes]. Se sacaron la lotería cuando Ry Cooder los puso a
viajar por el mundo”, recuerda.

La fresca brisa marina alivia un tanto el calor. La calle parece un
sartén caliente. Sentado en una silla de hierro fundido, Gerardo se
considera un privilegiado. “Desde aquí se divisa todo. El Cristo de
Casablanca, el faro del Morro, las jineteras o vendedores ilegales de
tabacos que andan a la caza de yumas. También los rateros que están
pa’lo que se cae del camión”.

Los días de lluvia son malos para su negocio. “La gente no va a los
bares a tomar cerveza, que es lo que da más ganas de orinar. Entonces le
pongo candado al urinario y me voy a casa, a escuchar la radio”.

En alguna parte, Gerardo leyó de las intenciones de un grupo de
“americanos que quieren suavizar el bloqueo y darle créditos a los
privados en Cuba”.

Se sonríe y añade: “Si eso se hiciera realidad, yo pediría un crédito y
mandaría a reparar el urinario. Compraría muebles sanitarios nuevos,
tecnología moderna, tu sabes…”.

Contra viento y marea, a sus 71 años, Gerardo tiene un espíritu de ganador.

Source: “Esperando un crédito gringo | Diario de Cuba” –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1403080594_9100.html


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