Informacion economica sobre Cuba

Inversiones, ¿para qué?
ORLANDO LUIS PARDO LAZO | Miami | 2 Ago 2014 – 3:55 am.

‘Todos invierten a la primera oportunidad. Nadie quiere perder su
porción de pastel despótico ya a punto de transición.’

1

En la Cuba de los 70 el historiador Manuel Moreno Fraginals provocó al
poeta José Lezama Lima con sus nociones científicas de moda, presumiendo
sobre las leyes objetivas de la transición
colonia/seudo-república/revolución, desde el trapiche de los esclavos
hasta las cortadoras de caña de los eslavos, las hoy ya olvidadas KTP
soviéticas. Exhalando el contrapunteo asmático de su tabaco, Lezama Lima
replicó a Moreno Fraginals, no sin ironía marxista de católico a
conveniencia: “ah, ¿pero cuándo contaremos con una historia cualitativa?”

¿Carecemos los cubanos de esas miradas que, al margen del rigor
académico y la erudición autoral impliquen también una ética? ¿Es
concebible una economía cualitativa, que escape de comparar porcientos y
profits, y tendencias que siempre dan la razón al expositor? ¿Es
impensable una política cualitativa, que rebase lo pedestre de nuestra
praxis patria? ¿Y una sociología cualitativa, sin determinismos
ideológicos ni fundadores infalibles? En fin, la antropología de un
cubano con cualidades: multidimensional, subjetivo, liberado de los
consensos que nos han impuesto a ritmo de conga?

No por gusto la pregunta del Maestro no obtuvo entonces respuesta del
Profesor. Hoy, a ras de las reformas raulistas, en un escenario
cambiante a capricho, que esconde el control de un clan mientras se
inventa una imagen de legitimidad, ¿Moreno Fraginals presumiría de las
leyes objetivas de la transición del comunismo al capital? ¿Y Lezama
Lima le replicaría con un: “ah, ¿y contaremos en Cuba con un capitalismo
cualitativo?” La poesía pregunta imposibles que la historia conoce, pero
no le conviene contestar.

2

Los cubanólogos, por vocación o encargo, discuten hoy sus tesis sobre la
Isla. Apuestan por los cambios cuantitativos desde el poder, obviando
consultar la voluntad del pueblo cubano. Para muchos la Revolución es
víctima y no victimaria y, como tal, le asiste su derecho a no
desaparecer. De hecho, sobre todo en la academia norteamericana, el
anticastrismo prácticamente constituye harassment intelectual.

Asimismo, a los cubanos no nos quedaría otra que colaborar con el
Gobierno en la construcción de un capitalismo bajo control que ya es
irreversible, sin dejar de ser “irrevocable” el carácter socialista de
nuestra Constitución. En esta transición de tramoya, de memoria corta
donde el horror fue a lo sumo un error, la libertad es un lastre con
riesgo de terminar en debacle. Y esta astuta amenaza de muerte nos
obliga a una lealtad como sustituta post-socialista de la legalidad.

“No se manda un país como si fuera un campamento”, le dijo otro poeta a
otro general. Pero los uniformados de verde-oliva, ahora con traje y
corbata de segunda generación, convirtieron en campamento al país, para
no contradecir aquella sentencia a Máximo Gómez de José Martí. El
ciudadano sobra, el soldado salva: el desinterés del uno se somete a la
disciplina del otro. Al 2018 lo anuncian como el nuevo 1958. Tras 60
años de poder inconsulto, la biología por fin anuncia un calendario sin
Castros. Después de esperar lo mucho, los cubanos podemos esperar lo
poco, acostumbrados a una cuestión de familia entre una sexóloga
parlamentaria y un coronel —como Putin— del Ministerio del Interior.
Encargada de la reproducción la una y de la represión el otro; del
placer ella y del poder él; la académica y el castrense, la diplomacia y
el descaro; la mascarada y la maldad.

La lógica invertida de invertir en semejante Cuba es que, detrás de la
plusvalía, se precipita el pluripartidismo: los vouchers propiciando las
votaciones; la barbarie borrada a golpes de banco; del Ché a la
chequera. “Lobos con pieles de cordero”, podría llamarlos el laico
Lenier González, como antes a los disidentes sin Dios, porque la nave de
la nación zozobra entre un frente de acción económica afuera y otro de
resistencia pacífica al interior.

Acaso para evitar tales sospechas, los empresarios extranjeros no
ostentan de sus ganancias a costa del mercado cautivo insular. Invierten
casi con ánimos humanitarios, aunque a la postre se le decomisen sus
bienes y no pocos terminen deportados, presos, o muertos de infarto
durante los interrogatorios con los órganos de Seguridad. En el caso de
los exiliados cubanos, ni siquiera se les invita en plenitud de derechos
para residir en su propio país. Y esa ilusión de invertir en la Isla,
como nostalgia o labor-terapia, la justifican con que el dinero dinamiza
a las dictaduras mucho más que la dinamita. Si no pudimos vivir en
democracia, al menos tendremos una dictacracia. Empresas de partido
único y oposición de oropel. Como quien va a trazar un garabato
norcoreano y le sale un exquisito caligrama chino. O como en aquellos
animados de infancia, donde un Tirano es vencido por un antílope dorado,
que lo ahoga lanzándole monedas, convertidas en barro cuando el rajá se
sacia y grita: “¡ya basta!”

3

“Cuando oigo hablar de economía, echo mano a mi pistola.”

Paradojas primermundistas. La posible candidata demócrata a la Casa
Blanca le susurra al Presidente Obama en el último de sus hard choices:
“Levante el embargo a Cuba, porque afecta nuestra agenda amplia
latinoamericana”. Y el de la Cámara de Comercio viaja a un país
presidido por un general que durante décadas denigró las cámaras de
comercio, y le dije: “yes, you can”.

“La economía es demasiado importante para dejarla en manos de los
economistas.”

Directivos del goliat Google aterrizan en el reino en ruinas de David, y
los reciben en un búnker de la censura digital, la Universidad de
Ciencias Informáticas, cuna de la Operación Verdad, donde se
desprestigia a los cubanos convencidos de que todavía es posible una
vida en la verdad. ¿Cómo googlear a un gobierno, como el perro del
hortelano, que ni nos conecta ni deja que nos conecte otro?

“Dentro de la economía, todo.”

El presidente de una organización continental que desde 2009 le implora
a Cuba su reinserción, va a La Habana y no se atreve a preguntar la
causa de ese desprecio. Lo acompaña un Secretario General que se pela
sin interpelar a las autoridades por las decenas de detenciones ilegales
durante su visita.

“Fuera de la economía, nada.”

Exbrigadieres del ejército y agencias de inteligencia, embajadores ante
la OTAN, la OEA, y la Oficina de Intereses en La Habana (en su momento
lapidados por la propaganda castrista como torturadores, golpistas,
agentes de la guerra sucia anticubana, y un extremista etcétera).
Halcones esta vez con plumas de cordero, que suscriben no un ultimátum,
no a su archienemigo del hemisferio, sino al presidente que tendió su
mano al Caribe y ha recibido a cambio un puño cerrado, incluido el
contrabando de armas, el secuestro de un rehén estadounidense para
canjearlo por talibanes cubanos, los pactos con los enemigos de la
democracia y el mercado, y los atentados de Estado contra nuestros
Premios Andrei Sajarov a la Libertad de Pensamiento: Laura Pollán y
Oswaldo Payá.

“Economía o muerte, venderemos.”

Contrario a la estampida de los cubanos en la novela Todos se van de
Wendy Guerra, a Cuba todos vienen, todos invierten a la primera
oportunidad. Nadie quiere perder su porción de pastel despótico ya a
punto de transición.

4

Las inversiones son urgentes para el despegue material de un país, pero
no debiera invertirse a cualquier precio político, so pena de caer en
economicismos que nos dejan igual de dependientes del exterior y no
menos vulnerables a la impunidad interior. La soberanía en esas
condiciones es un chiste.

El capital foráneo no ha traído democratización a la Isla, pero impedir
invertir tampoco ha sido fuente de libertad política. Siendo su
contraparte, las inversiones son a su vez como el embargo comercial de
Estados Unidos a Cuba: no han influido en el bloqueo ciudadano del
castrismo contra los cubanos. Oswaldo Payá creía en una redención de la
persona humana que trascendiera tanto al Estado como al mercado. Y esa
simple visión ética se hizo cualitativamente impracticable para un poder
a perpetuidad, así cuente con la complicidad de la mayoría de la nación.
Porque si un pueblo elige a un líder y un partido únicos, ese líder y
ese partido únicos están entonces en el deber moral de relativizar esa
ceguera cuantitativa, no de entronizarse en ella. Junto al anglicismo de
una “oposición leal”, los cubanos merecemos un gobierno leal al pueblo
que se retire, de acuerdo con una ley lógica, incluso por encima de la
voluntad popular.

Por ahora, a la iniciativa privada en Cuba no le asisten sus derechos de
asociación, propiedad, participación, expresión, ni de medios de
producción. Los cuentapropistas cubanos exhiben su inverosimilitud hasta
en Washington DC, pero en la Plaza de la Revolución solo pueden marchar
en masa con sus pancartas de propaganda. No se les invita a invertir en
Cuba y por eso sus licencias son prebendas coyunturales. Cuando acumulan
liquidez, según tiende a invertirse nuestra pirámide poblacional,
escapan sin armar escándalo, pues es preferible un país de paso: el
post-totalitarismo como post-trampolín. Ese plebiscito con los pies es
imparable, con inversión o sanción, con insolidaridad o injerencia. De
tanto exportar guerrillas y guerras, aprendimos a pelear nuestros pesos
de costas afuera, dejándonos explotar por los taxs antes que disfrutar
de la Seguridad del Estado (o padecerla, si es con mayúsculas).

Al inicio de la Revolución, desde ese paternalismo de ir mintiendo sobre
la marcha, Fidel Castro aplicó a rajatabla su ritornelo de “elecciones,
¿para qué?”, “armas, ¿para qué?”, “amnistía, ¿para qué?”, entre otros
“¿para qué?” que vaciaron todo sentido previo de nuestra nacionalidad.
La Revolución no solo se instauró por decreto como fuente de derecho,
sino como criterio de la razón. Todo sobraba entonces: el dinero, para
empezar. A ese mismo octogenario filantrópico, pues, debiéramos
provocarlo en público antes que la senilidad se anticipe a sus cenizas:
“inversiones, ¿para qué?”

Y acaso él replicaría con una parodia de aquel plagio suyo del fascismo
europeo: “invertid en Cuba, no importa, la historia los confiscará”.

Source: Inversiones, ¿para qué? | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1406944540_9773.html


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