Informacion economica sobre Cuba

Terco como un isleño
REINALDO ESCOBAR, La Habana | Agosto 08, 2014

En la tierra de San Juan y Martínez, Bernabé Pérez Gutiérrez sembró sus
primeras posturas y engendró catorce hijos. Transcurrían los finales del
siglo XIX y el inmigrante bautizó su finca como La Isleña, en recuerdo a
las Islas Canarias de donde había venido. Hoy, sus bisnietos tratan de
sacar adelante una de las más importantes vegas de tabaco de Pinar del
Río, con la misma terquedad del bisabuelo y su amor por el surco.

La Isleña es una cooperativa familiar insertada en una entidad mayor
denominada “Cooperativa de Crédito y Servicios Fortalecida (CCS-F)
Rafael Morales”, conformada por 64 productores de tabaco, que ocupan más
de 100 hectáreas. Incluye también a criadores de cerdos y lecheros. Sólo
una decena de estos campesinos son usufructuarios de su tierra, mientras
los demás atesoran con celo su título de propiedad.

Lo que distingue a La Isleña no es sólo la calidad de su tabaco, sus
frutales o sus sembrados de flores, ni siquiera la laboriosidad de los
miembros de la familia Pérez González. Su sello distintivo radica en que
este sitio ha sido, desde los tiempos de Bernabé, exponente de un
sostenido emprendimiento que no se deja someter, ni por los infortunios
de la naturaleza ni por los caprichos de la burocracia.

Ya en época del bisabuelo canario, la Isleña se comportaba como una
consultoría donde los campesinos acudían en busca de consejo. Su hijo
Pragmacio, que se quedó al frente de la finca a la muerte del fundador,
convirtió la sala de la casa en un área de tertulias donde se analizaban
los artículos de los periódicos con noticias de la Segunda Guerra
Mundial y la evolución del régimen comunista en Rusia.

La disposición de la finca también es única en la zona. En 1955, los
hijos de Bernabé le construyeron una capilla a su padre, quien era
devoto de la virgen de la Caridad. Su fervor religioso llegaba al punto
de que en época de sequía organizaba una procesión con la imagen de la
Patrona de Cuba, para así convocar las lluvias. Bajo el pequeño
campanario, los curas de la zona han bautizado y casado a muchos
miembros de la familia y a sus vecinos.

Sin embargo, la mayor peculiaridad de la Isleña no radica tampoco en su
enorme ceiba ni en la pequeña capilla, sino en su gente. En estos
tiempos que corren, donde ser emprendedor y defender la autonomía
campesina genera suspicacia e incomprensiones, los Pérez González son
conocidos en la zona por “protestones”. En un país donde ha quedado
establecido que el liderazgo se obtiene obedeciendo y no cuestionando al
poder, la estirpe de aquel inmigrante ha tenido que superar muchos
obstáculos. La familia denuncia con obstinación las injustas relaciones
entre los productores de tabaco y el monopolio estatal que lo
comercializa. Muchas veces no se trata siquiera de reclamar nuevas
prerrogativas, sino de exigir a los directivos y funcionarios agrícolas
que cumplan las normas que ellos mismos han establecido.

Sentados en el portal, donde corre una brisa de ensueño, algunos
descendientes del cabeciduro canario comienzan a contar sus
reclamaciones. Cejijuntos todos, llevan en el rostro el inconfundible
sello familiar que les da un aire aún más tozudo. Narran que, entre las
demandas más insistentes que han hecho, está cuestionar el cálculo que
mantiene la Empresa Tabacuba al determinar los costos para un veguero en
la producción de cada quintal de hojas de tabaco. En la fórmula se
incluyen algunos insumos, como combustible, fertilizante y herbicidas,
además de sumar los salarios para los trabajadores que participan en la
siembra, la atención a los cultivos, la recogida y la escogida del tabaco.

“Cada año hay que pagar todo más caro, en especial los sueldos, porque
ya nadie quiere trabajar por cuatro pesos”, comenta Alfredo Pérez, el
actual cabeza de familia. “Sin embargo la empresa parece vivir en otra
dimensión ajena a la realidad y mantiene inalterable el dato de lo que
ellos denominan la ficha de costo”. Los tiempos han cambiado y la
carestía de la vida se ha disparado, pero la burocracia agropecuaria
sigue con sus viejas cifras sin actualizar.

Con el sombrero entre las manos, Juan Pablo, graduado de ingeniero
agrónomo, se queja; “Como si fuera una gran noticia nos dicen que ahora
van a pagarnos un poco mejor cada quintal de tabaco, pero por cada punto
porcentual que sube ese renglón, los costos se elevan en 6 o hasta 10
puntos porcentuales.” Hay tanta convicción en sus palabras que uno puede
imaginar el aprieto de los burócratas cuando tienen que hacerle frente.

La palabra va pasando de unos a otros, hasta que llega a Néstor Pérez,
que soñó ser abogado pero lo expulsaron de la “universidad para los
revolucionarios” por demasiado conflictivo. Sobre los problemas con la
empresa el joven se ha percatado que, “cuando viene el especialista a
determinar la calidad de nuestras entregas, se producen muchas
irregularidades, sobre todo al clasificar como ‘afectado’ un tabaco que
le produce amplios dividendos a la empresa. Allí es donde el campesino
tiene que ponerse duro y no aceptar las imposiciones. En definitiva
somos nosotros quienes producimos la hoja y tenemos que aprender a poner
condiciones”.

En medio de la conversación y cuando las tazas de café ya están vacías,
sale a relucir otra batalla que han llevado a cabo estos campesinos. El
reclamo de una adecuada electrificación de la cooperativa. A finales de
la década del sesenta tuvieron acceso de forma provisional a una línea
eléctrica alternativa, instalada de manera legal. Es lo que popularmente
se llama “una tendedera” por carecer de postes adecuados y de
transformadores. Desde entonces y debido al aumento de equipos
consumidores durante los últimos 45 años, el bajo voltaje afecta no sólo
la utilización doméstica de la energía, sino también la esfera
productiva. Los Pérez González han escrito cartas a todas las
instituciones implicadas y no cesan de plantear el reclamo en asambleas
públicas.

Los problemas técnicos aquejan directamente al rendimiento. “Hay un
grupo de productores que cada año promedian más de 300 quintales de
tabaco en la zona”, argumenta Néstor, mientras coloca frutas en una
cesta. “Con electricidad estable pudiéramos llegar a 500. Le hemos
propuesto al Estado que nos abra un crédito para ejecutar esa obra y
nosotros pagarlo, pero tampoco ha aceptado esa propuesta, lo que nos
lleva a creer que hay una intencionalidad de marginarnos por nuestra
manera de pensar”.

Alfredo, el más joven de la familia –pero no por eso el menos tenaz–,
dice que “aunque la cooperativa supuestamente es autónoma, en la vida
real se subordina a la Empresa Tabacuba. Por ejemplo, nosotros hemos
pedido unos discos para la roturación de tierra, pero cuando estos
elementos llegan, es la empresa la que determina y distribuye según su
criterio. No los podemos comprar por otro camino porque no hay un
mercado libre que los ofrezca”.

El mayor de todos los bisnietos del inmigrante canario se llama Ariel y
habla con frases directas. Mientras conversa, un perro flaco y de mirada
ágil se acuesta bajo el sillón donde está sentado. “Hubo cooperativas
que se quedaron sin baterías para sus tractores”, cuenta Ariel. “A
nosotros sí nos las vendieron porque lo exigimos como es debido y esas
son las cosas que hacen que nos quieran aislar del resto de los
cooperativistas. Dicen que damos un mal ejemplo”.

La tarde avanza, pero el calor sigue igual. Algo de la sombra de la gran
ceiba llega hasta el portal. Juan Pablo remacha la conversación con toda
claridad: “Sabemos que en reuniones a las que no hemos sido invitados se
les advierte a los cooperativistas que deben alejarse de nosotros porque
somos contrarrevolucionarios. Siempre hay alguien que viene a
contárnoslo, porque todo el mundo sabe que lo único que nosotros
queremos es trabajar”.

Ya es hora de volver al campo, así que los cinco hombres toman sus
enseres y parten hacia los surcos. Antes de despedirse, evocan uno de
los mayores disparates con el cual tienen que lidiar. “Para que un
campesino reciba el documento de propiedad de su casa debe hacer
previamente un acta de donación al Estado del terreno donde la construyó
con sus propios esfuerzos y recursos. Eso para que entonces el Estado te
cobre lo que le regalaste. Si no le donas el terreno, no puedes
construir tu casa ni legalizarla”.

Source: Terco como un isleño –
http://www.14ymedio.com/reportajes/cooperativas-tabaco-La_Islena_0_1611438844.html


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