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La Condesa de Revilla de Camargo contra Fidel Castro
ANTONIO JOSÉ PONTE | Madrid | 18 Oct 2014 – 10:13 am.

Quien fuera dueña de un gran palacete habanero dirigió esta carta a su
expropiador.

El Museo Thyssen Bornemysza inaugura en Madrid por estos días una
exposición de Hubert de Givenchy. La muestra sigue la tendencia impuesta
por Diana Vreeland de llevar la alta costura a grandes museos de arte.
De cara a esa retrospectiva, la edición española de Vanity Fair ha
publicado un reportaje donde el modisto muestra su palacio del siglo XVI
en las cercanías de París, rememora su carrera y habla en esos recuerdos
de una clienta cubana: la Condesa de Revilla de Camargo.

“Había sido una gran terrateniente del azúcar en Cuba y había tenido que
huir a Miami cuando la Revolución”, cuenta. “Siempre venía al atelier
con dos mucamas que traían bolsas de plástico llenas de algo pesadísimo
en cada brazo y nos preguntábamos qué demonios llevarían ahí. Un día nos
enteramos que eran kilos y kilos de zafiros, rubíes, esmeraldas y
diamantes. ¡La señora iba con sus joyas a todas partes porque tenía
miedo de que se las robasen!”

Hubert de Givenchy se carcajea en lo que el reportaje describe como un
suntuoso comedor. Habla de Audrey Hepburn, de su maestro Balenciaga, de
un Picasso colgado y del cuarto perro suyo que lleva el mismo nombre.
Encuentra tiempo para otra anécdota de la aristócrata cubana.

“La condesa nos contó que muy pronto habría un desembarco estadounidense
en las playas de Varadero. Era amiga del presidente Kennedy y poseía
información privilegiada. A mí me quería hacer un encargo muy especial…
¡Un traje de camuflaje!”, y vuelta a las carcajadas.

La invasión por Varadero es Bahía de Cochinos traducido a la alta
costura. La Condesa de Revilla de Camargo en traje de camuflaje vendría
a ser alguien así como Naty Abascal vestida de guerrillera en Bananas,
el filme de Woody Allen.

Leí el reportaje de Vanity Fair y pensé enseguida en hacerle llegar esas
anécdotas a María Antonia Cabrera Arus, autora del blog Cuba material.
Ella tuvo a bien publicarlas y dos de los comentaristas usuales de su
blog (y también de este diario: Zoraida Marrero y Joshua Ramir) dejaron
un enlace a la carta de la Condesa de Revilla de Camargo que abajo
reproduzco.

Joyas en bolsas y joyas escondidas

Quien escribió esta carta es la antigua propietaria del palacete que hoy
es Museo de Artes Decorativas de La Habana: María Luisa Gómez-Mena y
Villa. Muchas veces ha sido confundida con su sobrina del mismo nombre,
galerista de pintura cubana, productora de cine, mecenas retratada por
Carlos Enríquez. Y es de suponer que estaríamos también confundiéndola
si la asociamos con la condesa mencionada por Hubert de Givenchy, pues
en 1959 María Luisa Gómez-Mena y Villa contaba con 79 años y
difícilmente pretendería enfundarse en un traje de camuflaje.

Según los elencos de nobleza, el título (ella había sido condesa viuda y
sin hijos) pasó en 1953 a un sobrino de su esposo, y debió ser la esposa
de ese otro conde la clienta del modisto francés. Así que hay en toda
esta historia dos condesas excéntricas de Revilla de Camargo: la
acompañada siempre por sus joyas y la que escribió una carta pública a
su expropiador. De ellas dos, la última es la que nos interesa.

Al abandonar definitivamente La Habana, dejó un sobrino a cargo de su
mansión y, cuando también su sobrino se marchó, la casa fue intervenida
por el nuevo régimen y abierta al público como museo en 1964. Juntaron
allí la colección de la condesa y la colección de Oscar B. Cintas. El
Museo de Artes Decorativas constituyó un buen recurso pedagógico:
ofrecía al pueblo lecciones de arte y lecciones políticas. Sus
visitantes podían percibir cómo vivían los ricachones y cuán
desprendidos eran los nuevos líderes, que colocaban todo aquello en
exhibición sin acaparar nada.

En 1961 (otras fuentes dan 1963 como fecha) fueron descubiertas detrás
de una pared falsa joyas y platería fina. La operación de rescate de
aquel tesoro fue entendida como el desmantelamiento de un complot
político. Pues, al delito de amasar una riqueza a costa del pueblo,
venía a sumarse la perfidia de escamotear los bienes dejados atrás.

Y todavía en 2003, las paredes de la mansión resultaban capaces de
ofrecer sorpresas: unos paneles de terciopelo necesitados de
restauración y retirados dejaron ver cinco cuadros del siglo XVIII
francés que enmascaraban.

Carta a un expropiador

Al inicio del régimen revolucionario, María Luisa Gómez-Mena y Villa
dirigió esta carta pública a Fidel Castro. Hasta donde he podido
averiguar, fue publicada por Ernesto Montaner en Patria, un pequeño
periódico miamense.

La carta empieza resolviendo un problema que es más que protocolar:
¿cómo dirigirse a quien lo ha despojado a uno de sus bienes y su casa?
Una cuestión gramatical, a propósito de una simple coma, puede
convertirse en cuestión política. La carta reconoce agudamente lo que
ha sido una constante en los estudios sobre las dictaduras del siglo XX:
cómo del maltrato al lenguaje se desprenden mayores maltratos, porque
somos, en la cuestión pública, lenguaje.

Quien la escribió supo reconocer la carga de odio en su destinatario, y
reconocer cuán esencial iba a serle ese odio: Fidel Castro estaba hecho
de odio, Fidel Castro era odio. Y aventuró el desguace general del país
que emprendería él.

Tuvo, al escribir esta carta, ciertas veleidades literarias. Imaginó un
banquete de revolucionarios en su mansión, puso palabras en las bocas de
esos nuevos bárbaros, se permitió parodiar una de las más conocidas
frases de su destinatario, y llegó a suponer en el saqueador un miedo
paralizante.

Ahora que por aquí y por allá empiezan a verse señales de cómo los
Castro tratan de imponerse en tanto dinastía, resulta algo más que
curioso leer esta excéntrica carta. María Luisa Gómez-Mena y Villa murió
en 1963.

Carta de la condesa de Revilla de Camargo al doctor Fidel Castro

Doctor Fidel Castro:

Fíjese que le digo “doctor” en vez de “señor”. Y no se asombre. Estoy
dispuesta a llamarle “Premier”, “Comandante”, “Presidente” y todo eso a
lo que, de un modo u otro, “se llega”. Pero jamás le diría “señor”,
porque a eso no “se llega”, se nace. Y usted no nació señor, doctor.
Esta última coma lo explica todo; desde su inferioridad congénita hasta
la destrucción de nuestra Patria. Porque las comas, doctor, tienen
demasiada importancia en nuestro lenguaje; ese mismo lenguaje que usted
estropea y destruye con idéntica crueldad con que destruye y estropea
las demás cosas. Pero observe que una coma mal colocada, puede
transformar no solo la Gramática, sino hasta la Historia, puesto que si
en vez de decir: “y usted no nació señor, doctor”, dijera “y usted no,
nació señor, doctor”, estaría ofendiendo a los señores, a Cuba y a Dios,
Nuestro Señor.

Y ya, con las comas y los puntos en su sitio, pasemos a tratar sobre un
tema que a usted le enfurece y a mí me entretiene y hasta me divierte:
la crónica social.

La otra noche la emprendió usted contra los cronistas y contra la
sociedad. Sobre todo, contra la sociedad. Se explica: ese es el único
“latifundio” destruido y confiscado sin perjuicio de su familia.

¡Oh, ese odio suyo a la sociedad! Es irreconciliable. ¿Cómo se puede
andar por la vida con tanto odio a cuestas? Es incomprensible. Y más aún
en quien —como usted— ha tenido que escalar, porque todo lo ha obtenido
escalando y trepando. ¿No le pesaba demasiado el odio? ¿No le estorbaba?
Pregunta ingenua. No le estorbaba. De haberle estorbado, lo habría
suprimido. Como ha suprimido cuanto le ha estorbado. Desde Camilo
Cienfuegos, hasta la “patria potestad” que, de hecho, ya está suprimida,
o trasladada como “función social” del Estado.

Usted, doctor, lo odia todo. Pero es lógico: odia lo que nunca tuvo y
nunca tuvo nada. Si no me inspirara tanta repugnancia sentiría por usted
una profunda lástima y hasta humana compasión. ¡Si se viera! ¡Es tan
abominable! Es tan repulsivo que ha logrado que la humanidad llegara a
sentir por usted lo que usted siempre ha sentido por la humanidad: asco,
repulsión y desprecio.

Por eso, la otra noche, cuando desbarrando bajo la lluvia —porque llovía
torrencialmente— usted lanzaba contra la sociedad cubana los dardos
envenenados de sus insultos y calumnias, hube de transportarme
—transporte mental, no se haga ilusiones— a mi residencia del Vedado,
robada y tiznada por el “Premier Alí Babá y sus cuarenta mil ladrones”.

Y eché a volar la imaginación. Lo vi a usted, en mi mesa, con seis
milicianas, dos rusos, un chino, —el chino no era Kuchilán— dos
checoslovacos y Almeida. Comiendo al estilo ruso, de la Rusia de hoy,
donde todas las groserías están previstas. No a la rusa, como siempre se
sirvió mi mesa, que era el estilo fino y elegante de la Rusia
aristocrática y tradicional, cuyas elevadas costumbres no murieron bajo
la metralla criminal que exterminó al Zar y a toda su familia.

Los vi metiendo las manos en los platos de caviar y llevándolas a las
grandes bocas insaciables, tratando de limpiarse después, bocas y manos,
en el mantel.

También vi a la plebe, con su jefe nato presidiendo la mesa, tomarse mi
champán. El champán de mis bodegas. Y no lo sorbían, lo volcaban sobre
las fauces, como si lo arrojaran al vertedero.

Los comentarios de los alfabetizadores no tenían desperdicios. Una de
las milicianas decía:

—Esas “bolitas” (caviar) no me gustan. Parecen uvitas con sabor a pescado.

Y otro remataba:

—Yo quiero cerveza o ron. “Esto” está muy amargo. Pa’ mí que esta sidra
se ha echao a perder con tanto tiempo guardada ahí.

Almeida aprovechó para poner el diálogo en su salsa:

—La verdá, compañero Fidel, yo prefiero la carne con papas y los huevos
fritos con arroz. En estas comidas “fistas” se queda uno como si no
hubiera comido.

Y usted no dijo nada, Fidel, porque decir algo le hubiese llevado mucho
tiempo. Porque uno de los rusos se lo hubiera tenido que traducir al
compañero ruso, a los compañeros checos y al compañero chino. Y eso le
iba a embargar demasiado el tiempo que usted necesitaba para algo que
advertí en sus ojos: el propósito de salir de allí, lo más pronto
posible, para sumergirse en una fonda de chinos y “banquetearse” con un
suculento plato de arroz frito, con chop suey y mariposas fritas.

No se extrañe, doctor Castro, “gato no come tomates”. Y la chusma —como
si pesara sobre ella una maldición— es alérgica al champán, al caviar, a
la mantelería de hilo y las cristalerías de Bohemia o de baccarat.

Por eso mi casa le es tan adversa a usted y los suyos, como los suyos y
usted, a mi casa.

Es una consecuencia lógica. Y hasta una represalia justa.

A mí me da náuseas su peste.

Y a usted mi perfume.

El olfato me absolverá.

Usted me lo ha robado todo. Usted ha detentado mi casa. Usted ha
convertido mi residencia en un chiquero.

¡Ah, pero en el pecado lleva la penitencia!

En mi casa —donde quiera— hay cosas finas y olor a limpio y a decencia.

¿Se asustó la primera vez que entró en ella, verdad?

¡Vea usted mi venganza!

Todos los ladrones, cuando entran en una casa, asustan a los dueños de
la casa. Y esa es mi venganza: usted es el único ladrón que al entrar ha
sido el asustado.

¿Le parece poca mi venganza?

A mí, Dios me perdone, me parece excesivamente cruel.

De usted, con todo mi perfume,

Condesa de Revilla de Camargo

Source: La Condesa de Revilla de Camargo contra Fidel Castro | Diario de
Cuba – http://www.diariodecuba.com/cuba/1413619993_291.html


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