Informacion economica sobre Cuba

Regulaciones paradójicas
02/02/2015 8:49 PM 02/02/2015 9:32 PM

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El Congreso, a punto de comenzar a tomar en cuenta un proyecto de ley
bipartidista sobre la libertad de viajar a Cuba, tal vez debiera
considerar las risibles circunstancias que se derivan de la actual
política estadounidense sobre el tema.

Actualmente, los estadounidenses que viajan a Cuba no pueden legalmente
siquiera meter un dedo del pie en las cálidas aguas cubanas, no pueden
pasear por la arena blanca y suave, ni tener una conversación
improvisada con ciudadanos locales si tuvieran la oportunidad.

Pero los visitantes estadounidenses sí pueden, por ejemplo, comer y
beber en el cabaret del gobierno Le Parisien del histórico Hotel
Nacional y mirar embobados a bailarinas eróticas moviéndose como ramas
al viento.

El gobierno de Estados Unidos considera el ir a la playa como una
actividad puramente turística, y está prohibido incluso bajo las
condiciones más flexibles que presentó recientemente la administración
de Obama.

En cambio, ver un espectáculo al estilo de Las Vegas de mujeres y
hombres semi-desnudos cae bajo el ámbito de actividad cultural y está
permitido como una experiencia educacional.

Un poco paradójico, ¿verdad?

Esas son las idiosincrasias de las regulaciones de viaje de Estados
Unidos a Cuba, que a menudo terminan teniendo un impacto contrario de lo
que el gobierno se proponía: montones de estadounidenses entablando
conversaciones con cubanos comunes, echando abajo barreras que el
gobierno cubano ha erigido sobre la información y contradiciendo la
imagen negativa de cinco décadas de propaganda antiyanqui.

“Pienso que es importante que más personas vayan y capten la enormidad
del problema”, dice un académico de la Florida que ha hecho dos viajes y
pronto viajará otra vez a la isla. “No es algo simple, como decir: ‘Oh,
vamos a crear una apertura’. Hay mucho que desenredar todavía y nadie
tiene las respuestas”.

Pero, tal como él y muchos otros estadounidenses que han viajado a Cuba
me han confirmado, nada puede remplazar la perspectiva que se adquiere
yendo en este momento histórico, aun bajo las restricciones de viajes
estrictamente organizados.

En una semana en que un desafiante Raúl Castro vertió una jarra de agua
fría sobre el cauteloso optimismo generado por las conversaciones entre
Estados Unidos y Cuba, planteando una letanía de demandas — la mayoría
de ellas bastante ridículas, considerando que él es el dictador en esta
ecuación diplomática — que indican que desde la perspectiva cubana es
casi inexistente la probabilidad de cambios positivos.

Pero el proyecto de ley de 2015 sobre la libertad de viajar (cuyo nombre
en inglés es Freedom to Travel Act of 2015 ) podría ser un camino hacia
adelante.

La realidad es que la libertad de viajar dependerá de las conversaciones
bilaterales con Cuba donde habrá que resolver cuestiones como la de
acuerdos de servicio aéreo para que las aerolíneas puedan ofrecer un
servicio rutinario confiable. Pero no hace falta llegar a acuerdos con
los guardianes del feudo cubano para que el gobierno de Estados Unidos
actúe y elimine una prohibición injustificada impuesta sobre su propio
pueblo.

Unos 100,000 estadounidenses viajan a Cuba en vuelos fletados
administrados por agencias de viaje que en los últimos años han incluido
a Cuba como uno de los destinos. Añadan a esta cifra 400,000 cubanos y
cubano-americanos que viven en Estados Unidos y viajan a Cuba todos los
años, y la cifra asciende significativamente.

Permitirles a estadounidenses el derecho a viajar a Cuba libremente
colocaría la pelota en la cancha donde corresponde: en la del gobierno
cubano.

Sin embargo, los que se oponen a que se viaje libremente no se percatan
de todo lo que abarca este tema: no es sólo que un gobierno democrático
no tiene por qué estar prohibiéndole a sus ciudadanos que viajen, sino
existen incontables beneficios en estos contactos.

“Vimos lo bien que viven los funcionarios cubanos en el oeste de La
Habana, en repartos residenciales que, según me dijo otro viajero,
podrían ser parte de Coral Gables”, me dijo otro viajero norteamericano.
“Y vimos a cubanos pobres viviendo junto a basureros en las calles de La
Habana Vieja. También comimos en algunos restaurantes privados muy
elegantes. Vimos los autobuses en que viajan los cubanos comunes, un
enorme contraste con los cómodos autobuses de primera clase para los
visitantes extranjeros. Etc. etc. Estoy agradecido de haber podido ver
un poco de Cuba y no me hago ilusiones sobre la naturaleza del gobierno
cubano”.

Para mi amigo académico estadounidense, la experiencia de viajar a Cuba
comenzó bajo una premisa: “Se trata de Cuba, así que es difícil saber
cuánto es pura propaganda y cuánto es realidad”.

Pero a pesar de los vanos intentos del guía turístico de elogiar a la
Revolución (“todos arqueábamos las cejas incrédulos”, dijo) el desastre
estaba a simple vista: La Habana majestuosa de otros tiempos, ahora en
ruinas; un puerto sin barcos, una represión palpable.

En un museo donde se exhibían valiosísimas obras maestras el
aire-acondicionado estaba roto. Aún así el “tozudo y orgulloso guía”, en
su almidonada guayabera, caminaba “como si estuvieran viviendo en París”.

“No hubo una sola noche que nos sentáramos a comer sin que alguien se
echara a llorar cuando discutíamos nuestras experiencias”, dijo. “Toda
la destrucción no es más que el resultado del ego de un solo hombre
[Fidel Castro]. ¿Cómo puede uno ir de un lado a otro y observar a su
país desplomándose a su alrededor y no hacer algo para, al menos, frenar
un poco la catástrofe?”

La gran recompensa de viajar — más aún cuando se viaja libremente — es
que nadie tiene que contarle a uno lo que uno vive y siente. Muy a pesar
de los apologistas del régimen, los que tienen los ojos bien abiertos lo
ven todo.

Source: Regulaciones paradójicas | El Nuevo Herald El Nuevo Herald –
http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/opin-col-blogs/fabiola-santiago-es/article8961314.html


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