Informacion economica sobre Cuba

Vivir de la basura
VÍCTOR ARIEL GONZÁLEZ, La Habana | Mayo 01, 2015

Van apareciendo en silencio, sin hacerse notar, poco después del
amanecer. No se esconderán hasta entrada la noche, cuando vuelvan a casa
o acampen en cualquier rincón de la ciudad para contar sus ganancias.
Antes se les llamaba “buzos”, no sin cierto desprecio; ahora, la
actividad ha ganado tanto en organización como en empleados. Sin los
recogedores de materias primas, La Habana sería una ciudad todavía más
sucia.

Jesús es uno de ellos. Arrastrando una montaña de pedazos de cartón
sobre su carretilla, se dirige a una casa de compra con la mercancía
conseguida hoy. Por cada kilo le pagan un peso con veinte centavos, pero
a veces consigue otro material –piezas de aluminio o bronce– y le pagan
más. “Todo depende de saber buscar”, dice.

En Benjumeda y Retiro, Centro Habana, se encuentra uno de los almacenes
a los que acuden los recolectores que esperan pacientemente su turno en
la fila. Cada uno carga la mercancía como puede, ya sea en un carrito de
barrendero o en un remolque enganchado a un automóvil, un lujo, este
último, poco común en el negocio. En Cuba, recoger desechos es un
trabajo como otro cualquiera, pues apenas da para sobrevivir.

Alrededor de la industria del reciclaje se ha creado toda una red de
trabajadores privados que juegan diferentes roles. Las “casas de compra”
pueden ser particulares, como la que queda en Belascoaín y Santo Tomás,
al lado de otro almacén estatal de recogida. La diferencia entre ambos
puede estar, por ejemplo, en que los privados compran también las
botellas de cerveza importada que no aceptan en cualquier sitio.

Con el destape del sector privado llegó la legalización de este tipo de
oficios. Los recogedores de desechos deben pagar alrededor de treinta
pesos al mes por su licencia, además de la seguridad social. Su régimen
tributario no implica la obligación de presentar declaración jurada,
explica Jesús mientras espera por otro camión. El que había, acaba de
irse completamente lleno.

Pero también están los trabajadores que operan sin autorización alguna,
como un trabajo extra. Ven la basura en la calle, la recogen y meten
discretamente en un pequeño bolso. “¿Va a botar eso, señor?”, preguntan
cuando cualquier vecino se acerca a los contenedores de la esquina de su
casa con una caja de botellas vacías.

Los ilegales siempre deben tener cuidado con la policía, pero los
legales también son acosados ocasionalmente, sobre todo si su presencia
coincide con un evento importante en la ciudad y no es “correcto” que
estén por las calles, errantes y harapientos, porque “afean” el entorno.

Los medios oficiales cifran en 430.000 las toneladas de desechos
reciclados cada año, lo que supone un ahorro de 212 millones de dólares
a la economía nacional. El 64% de la recolección –que incluye una
primera limpieza, clasificación y transporte de materiales hasta el
punto de recogida– se produce gracias al ejército de particulares que
deambulan por las calles. Lata vacía que ven, lata vacía que recogen.

Los de la fila de Benjumeda consideran que esa cifra se queda corta y
acusan al Estado de poner apenas unos pocos camiones y esperar, mientras
ellos lo traen todo. “Debemos suponer realmente un 80% o un 90% del
total recogido”, estima el chófer de un polaquito que arrastra un
pequeño remolque cargado con piezas de acero inoxidable y que aclara no
dedicarse al recoclaje con regularidad.

“En [el centro comercial] Carlos III lo hacen, pero no conozco ningún
lugar más así”, dice otro joven refiriéndose al pequeño almacén de
materias primas situado al lado de la concurrida tienda. Existen algunos
almacenes más, pero no muchos. Grandes tiendas habaneras poseen algún
que otro espacio oculto dedicado a acumular las cajas, ya vacías y
desarmadas, a la espera de transporte.

“La recogida de desechos no ocurre en tiempo por las entidades
encargadas”, según un reciente reportaje televisivo. La información
oficial señalaba que “en la mayoría de los casos no existe un dominio en
la implementación de los contratos, falta exigencia y rigor entre las
partes involucradas, hay lentitud en la aprobación de bajas a medios y
equipos y no se cumple con los planes de entrega”.

“A las grandes empresas les corresponde ocuparse de sus desechos y
financiar el proceso con sus propios recursos”, aclaraba el reporte. De
esa forma, el sector privado muestra una capacidad de gestión superior a
la estatal trabajando en una escala menor.

Las deficiencias, por tanto, existen a nivel institucional. En Cuba la
infraestructura para el tratamiento de la basura es insuficiente. Faltan
depósitos –los que hay todavía no utilizan ningún sistema para
diferenciar los desechos– y escasea el transporte. Además, falta también
un interés industrial o de exportación de material reutilizable.

Todas estas condiciones provocan que no haya un sistema de recogida
efectivo y los detritos se acumulen en las esquinas. Los incendios son
frecuentes y los microvertederos constituyen un serio problema de
higiene, que se agrava en los barrios más bajos, donde el servicio es
todavía peor que en el centro y las zonas turísticas.

A pesar de que estos problemas han sido reconocidos por las autoridades,
no se ha anunciado ninguna medida para abordar la recogida de la basura
mediante una política estatal coherente.

Mientras tanto, es posible ver recogedores trabajando de madrugada,
siguiendo cada evento importante que atraiga público y genere muchos
desechos. Sin contrato, sin seguro por concepto de peligrosidad u otras
condiciones de su trabajo. Así funciona el silencioso ejército que vive
de la basura de los demás.

Source: Vivir de la basura –
http://www.14ymedio.com/reportajes/Vivir-basura_0_1771022885.html


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