Informacion economica sobre Cuba

Anticastrismo y anticapitalismo
Cada día nuevas empresas capitalistas se preparan para hacer negocios en
Cuba. ¿Está la oposición preparada para enfrentar este nuevo escenario?
Alejandro Armengol, Miami | 08/07/2015 11:38 am

Entre las paradojas que con frecuencia nos regala la historia cubana
llega una muy peculiar: el afán de la oposición por establecer una
sociedad capitalista democrática en la Isla, mediante una vía que en
esencia rechaza el modelo que trata de importar.
Un gigante del sector turístico, la empresa Carnival Corporation,
anunció el martes que ofrecerá a partir de mayo de 2016 un crucero
semanal a Cuba.
Por un momento olvide que la corporación especificó de inmediato que los
viajes se realizaran bajo la premisa del intercambio cultural,
artístico, religioso y humanitario. Y también por otro momento recuerde
que aún se está concretando el itinerario, mientras Carnival espera la
aprobación del gobierno cubano.
Así que nada de espectáculos tipo Broadway, ni casinos flotantes.
Tampoco se supone que los viajeros dediquen el tiempo a practicar buceo
o sobre motos acuáticas.
Cada día, bajo las regulaciones actuales de Estados Unidos, tendrán que
pasar por lo menos ocho horas involucrados en algún tipo de experiencia
cultural.
No hay que esperar fotos luminosas y espectaculares de los grandes
cruceros de Carnival a la entrada de la bahía de La Habana. Esos que uno
encuentra en Miami, al cruzar el MacArthur Causeway rumbo a Miami Beach.
Los buques que uno contempla como gigantescos hoteles, en medio del mar
pero cerca de la costa, y considera vecinos enormes y al mismo tiempo
amables, porque es fácil llegar a ellos y no hay que ser millonario ni
mucho menos para subir a bordo.
Los viajes de una semana de duración se realizarán a bordo de un barco
mucho menor. El Adonia, que tiene capacidad para 710 pasajeros. Una nave
relativamente pequeña para una compañía con cruceros que pueden
transportar hasta 3.000 viajeros.
Lo anterior es cierto. Pero si no palidece, al menos cede el paso ante
una realidad apabullante: la compañía de cruceros más grande del mundo
podría empezar a viajar a Cuba.
Ya no es Netflix o los intentos de Google —otro gigante— o las remesas;
los viajes familiares, la organización Pastores por la Paz con su
hipocresía anual o un afinador de pianos perdido en su tarea entre el
comején y el abandono de un viejo instrumento.
Es Carnival. El símbolo del capitalismo en todo su esplendor: de la
frivolidad al ensueño.
Y ante ese avance —que hasta el momento parece indetenible del
capitalismo sobre la Isla— los opositores no muestran mejor cara que
encerrarse en esquemas caducos.
No se trata de abrazar a un capitalismo más o menos “salvaje” —todo
capitalismo lo es, en esencia, al buscar la ganancia como el fin
primordial— como la panacea frente a todos los males. Es actuar en
consecuencia.
Si se sustenta la tesis de que el capitalismo no traerá la libertad a
Cuba —por el simple hecho de que tras la Coca-Cola solo hay una pausa
que refresca y no el reverdecer de los derechos humanos—, la
consecuencia lógica es el rechazo a ese neoliberalismo visceral tan
repetido en los discursos del exilio.
No basta con refugiarse en un supuesto código moral de patriotismo de
sexto grado de la escuela primaria: la evocación de los héroes del siglo
XIX y el llamado de la patria. Porque en el exilio, la exaltación de la
libertad pasa primero por el pago de la cuenta de la electricidad. Y no
tiene por qué ser diferente en Cuba.
Ocurre en Miami —para citar un ejemplo—, donde hay exiliados que no
dudan un momento en alzar sus voces en favor de los derechos humanos en
Cuba; gritan su repudio a la política del presidente Barack Obama y
expresan sus deseos de aislar diplomática y económicamente a la Isla,
con el supuesto fin de lograr el fin del régimen castrista. Y que al
mismo tiempo no se permiten ni un susurro en contra de sus jefes
inmediatos en el trabajo.
Todo mezclado: la satisfacción emocional de manifestarse a favor de la
democracia en el país de origen; pero al mismo tiempo procurar que no le
falte la luz en casa, en el país de residencia.
Lo que no es más que elección personal, en muchos que viven al margen de
la política —en el sentido de ejercerla como profesión—, se complica
para quienes postulan un fervor opositor, disidente o de activismo en
favor de la sociedad civil. Aunque al mismo tiempo recaen para su labor
en una práctica mercantilista donde la función rentista —al recibir un
sustento directamente del gobierno de Estados Unidos, o de fundaciones
que de forma más o menos enmascarada se nutren de esos fondos— opaca una
visión más amplia, en que la libre competencia determinaría la
supervivencia del más apto, principio fundamental capitalista.
De esta forma, las figuras y organizaciones de la disidencia no se miden
en función de su efectividad, sino de parámetros subalternos, que van
del reclamo constante a la victimización hasta el apego a los modelos
establecidos por sus benefactores en Washington y Miami.
El apego constante a ese modelo mercantilista —por conveniencia
monetaria o ausencia de mejores circunstancias para desarrollar otras
vías— determina en buena medida la negativa a buscar su inserción dentro
de un nuevo modelo cubano que poco a poco aflora, donde las ventajas e
inconveniencias del mercado van a determinar cada vez la situación del país.
En la medida que se extienda este anclaje en el pasado, la oposición
cubana seguirá rechazando oportunidades.
Si bien los posibles viajes de cruceros de Carnival no representan, a un
futuro inmediato una incidencia directa en la población de la Isla, sí
ilustran particularmente la marcha de los tiempos.
En primer lugar por el hecho de la compañía tiene su sede en lo que, en
un sentido general, se conoce como Miami —aunque desde el punto de vista
de división política y administrativa está en un suburbio, la ciudad de
Doral— y apenas hace unos pocos años un anuncio de este tipo, de ser
posible, se habría interpretado como un “insulto” o “desafío” a la
comunidad exiliada.
Luego por ejemplificar una muestra de la incoherencia ideológica del
sistema cubano, empeñado solo en conservar el poder.
La paradoja aquí es que ese exilio miamiamense en vía de extinción está
arrastrando en su caída a la oposición o disidencia cubana, que por
motivos económicos no corta su cordón umbilical y se limita no solo al
desgaste en repetidos recuentos de presos políticos —que lo son y no lo
son—, cuya cifra en el mejor de los casos no trasciende de un número
reducido; o a un antagonismo estéril y vocinglero con la Iglesia
Católica, como si aún no tuviera suficientes enemigos. Eso, por
supuesto, sin contar con los planes quiméricos, que suelen discutirse
con frecuencia a la hora de los postres en cualquier capital europea.
El arrastrarse en un supuesto cuerpo a cuerpo con el castrismo caduco no
le da vigencia a la oposición —como tampoco se la otorga al régimen sus
continuos métodos represivos— sino contribuye al tipo de distracción que
siempre ha buscado La Habana.
Mientras tanto, la Casa Blanca ha dejado en claro que los últimos actos
represivos —por supuesto que muy condenables— no detendrán la política
estadounidense en favor de la reanudación de las relaciones diplomáticas
con Cuba. Lo demás en seguir hablando mal del presidente Obama, en Miami
o en donde sea. O del capitalismo. O si se quiere de la ambición, la
avaricia y el dinero. Ello tampoco cambiará nada.

Source: Anticastrismo y anticapitalismo – Artículos – Opinión – Cuba
Encuentro –
http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/anticastrismo-y-anticapitalismo-323164


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