Informacion economica sobre Cuba

Embajadas, revoluciones y la nueva «Realpolitik»
¿Qué podría ser lo que motiva a la democracia más potente querer
encontrar la reconciliación con una dictadura hostil?
Julio M. Shiling, Miami | 06/07/2015 9:29 am

De la Revolución Norteamericana brotó el ensayo democrático más exitoso
en la historia. Sí, gústele a quién le guste y pésele a quién le pese,
éste es el caso más allá de los cuantiosos defectos y las imperfecciones
inherentes de la democracia estadounidense.
Recogiendo el sentir de un total combinado de nueve declaraciones y
resoluciones previamente enunciadas, la Declaración de Independencia de
los EEUU formalizó el razonamiento de por qué las trece colonias
deberían ser libres e independientes. Este insigne documento se redactó
y pronunció en medio de la guerra revolucionaria estadounidense. Para
ser preciso, fue un año y dos meses después del inicio de la gesta
bélica independentista (Lexington y Concord) y cinco años y tres meses
antes de su última batalla (Yorktown).
Filosóficamente, si fuéramos a categorizar la ideología política
estadounidense sería esta una fusión de calvinismo, liberalismo y
republicanismo. Todo esto formulado dentro de un marco de claro apego al
principio del derecho de rebelión (o revolución).
La Declaración de Independencia en el sentido abstracto y los Ensayos
Federalistas (1787-1788) en el práctico, encapsularon el credo
norteamericano y guiaron y moldearon los propósitos de la Revolución
Norteamericana.
Consustancial a esta ideología está la Ley Natural fuente de los
derechos naturales que Tomás Jefferson, la pluma que más pesó sobre la
Declaración, prefirió llamar “inalienables”. Derechos preeminentes, como
son los naturales, presuponen la obligación de limitar el alcance
desmedido del gobierno, que siempre fue entendido como un usurpador
potencial de estos derechos de Dios. Por eso se estructuró un modelo
político que enfatizaba el dividir las funciones de gobernar, el separar
las ramas del poder, el promover la moderación por medio de un sistema
electoral que disuade los extremos e induce la acción política hacia la
síntesis.
Dicho esquema que da supremacía a valores que no provienen de acciones
convencionales, como la libertad, coloca a veces a la democracia en un
conflicto. ¿Dar preferencia a la voluntad absoluta de una mayoría
(“tiranía de la mayoría”) o frenarla si viola derechos preeminentes? El
imperio de la ley (“rule of law”) obliga la predominancia de la segunda
opción. Eso es un sello distintivo de la democracia norteamericana. El
Tribunal Supremo, en muchas ocasiones, ha sido el reforzador de esta
noción democrática que obliga una confrontación con una legalidad
mayoritaria y popular, con tal de defender valores primordiales.
En Cuba, el orden socio-político existente también obedece a los
resultados de una revolución. Aquí hay que ofrecer una aclaración. ¿De
cuál revolución hablamos? Definitivamente no la de nuestros mambises. La
Cuba de hoy es la antítesis de lo que quería Martí, Varela, Céspedes,
Maceo o Agramonte. Tampoco es la Revolución de 1933. Esta, pese a haber
tenido determinadas inclinaciones o filtraciones marxistas, estaba
atiborrada de credenciales y propuestas democráticas.
Ni siquiera a la gesta para remover a la dictadura de Batista se le
puede ligar integralmente con el proceso revolucionario dictatorial
cubano. La revolución que llegó al poder tras el derrocamiento del
régimen batistiano, padeció un golpe de Estado ideológico antes de que
concluyera su primer año en el poder.
Los jacobinos hicieron lo mismo en Francia. Afortunadamente para los
franceses y el mundo, fueron removidos por la fuerza (igual que entraron
ellos) un par de años después. La revolución castrocomunista o lo que
algunos llaman en término genérico la “revolución cubana”, en lo
concreto, terminó materializando una burda dictadura comunista con
liderazgo sultánico, con enormes deficiencias materiales, cometiendo
crímenes de lesa humanidad y aboliendo la libertad. Eso sí, con una
enorme y exitosa capacidad para proyectarse favorablemente y propagar
mitos y alocuciones románticas. Ahora dicho sistema/revolución se ve en
las corridas para superar sus ineficiencias y contradicciones
sistémicas, antes de que su vieja guardia fundacional desaparezca de
esta tierra. EEUU al rescate, ha sido la salida.
Para el día 20 de este mes de julio, se proyecta la apertura de las
embajadas de EEUU y Cuba. Cada país es portador de un sistema que
proviene de un proceso revolucionario. ¿Qué podría ser lo que motiva a
la democracia más potente querer encontrar la reconciliación con una
dictadura hostil? La respuesta que profesan sus adherentes más
entusiastas y sinceros es la realpolitik. Este principio, que en alemán
quiere decir algo como “política de la realidad”, busca extirpar
cualquier consideración ideológica o moral, de la conducción política de
un Estado. Es el ejercicio de un pragmatismo subordinado a la percepción
de intereses o beneficios utilitarios. Esta corriente es un
desprendimiento de la escuela de pensamiento del realismo, cuyos padres,
Nicolás Maquiavelo y Tomás Hobbes, nunca fueron los defensores más
entusiastas de la libertad.
Históricamente, los proponentes de la realpolitik han buscado establecer
un balance de poder entre gigantes de la panorámica internacional.
La política de détente con la Unión Soviética es un ejemplo clásico y
moderno de esta corriente de pensamiento en acción. Sin embargo, habría
que indagar si valió la pena. ¿Obtuvo el mundo libre ganancias de dicha
política de coexistencia y acuerdos armamentísticos con el imperio
soviético? Los números argumentan contra dicha política. El comunismo
sacó tremendo provecho de esta política. Solo hay que ver un mapa para
concluir que mientras más se sentaban a firmar acuerdos “realistas”, más
se enrojecía el globo. Fue Ronald Reagan quien, al sustituir la política
de realismo político por una de idealismo político, echó abajo la noción
de contener y coexistir y puso en práctica con acciones concretas la
política de revertir y resistir. La historia demostró que si lo que se
buscaba era degollar al comunismo soviético, lo logró.
Volvemos a la incógnita de lo qué pudiera motivar a EEUU a concederle un
reconocimiento diplomático a la dictadura de los Castro, con todo la
legitimación que dicho acto encierra. ¿Será la recuperación de los
$7.000 millones que el comunismo cubano le robo a ciudadanos y empresas
norteamericanas? ¿Será que la dictadura va a retornar a los asesinos de
policías estadounidenses prófugos de la ley y que residen bajo el amparo
de la dictadura cubana? ¿Será que van a prender a los estafadores del
contribuyente norteamericano, esos que han saqueando al Medicare y
Medicaid? ¿Perseguirá la dictadura ese dinero estafado y lavado en Cuba
hoy? ¿Renunciará el régimen castrista a la subversión continental? No lo
creo. Menos aún el último planteamiento.
La realpolitik ejercida por EEUU parece estar sustentada exclusivamente
por propósitos comerciales. Los valores fundacionales de la república
norteamericana parecen haber sido reemplazado por los intereses de los
comerciantes y los políticos que dependen de ellos. Así de sencillo. En
este mes de julio, un mes lleno de celebraciones de independencias
americanas, es una triste ironía. Para EEUU, el símbolo emblemático de
su celebración, la Declaración con su apego insistente a la libertad y
los derechos naturales y humanos, ha sido agredida. Para Cuba, pese a
tener el día de su independencia en mayo, tiene también una fecha
emblemática este mes. Pero es una fecha convertida infame por ser
representativa ésta de la larga pesadilla castrocomunista: el 26 de
julio. La bandera estadounidense estará de luto el día 20.

Source: Embajadas, revoluciones y la nueva «Realpolitik» – Artículos –
Opinión – Cuba Encuentro –
http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/embajadas-revoluciones-y-la-nueva-realpolitik-323134


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