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La Cuevita, paraíso de la bolsa negra, atraviesa días aciagos
ALICIA FERNÁNDEZ | La Habana | 6 Jul 2015 – 5:07 pm.

Pero ‘aquí sigue habiendo de todo; caja de muerto, si es lo que estás
buscando’, dice una vendedora.

“Blumers, ajustadores, perfumes, zapatos, sortijas”, se escucha decir al
atravesar un callejón aunque no se vea ni un producto. Ahora la venta es
dentro de las casas. Quienes se arriesgan, muestran los artículos en los
cuartos, sobre sus camas.

Durante más de un año, al atravesar varias calles de San Miguel del
Padrón, se podía comprar lo que se buscara o quisiera.

“En enero el Estado decidió declararnos más ilegales de lo que ya
éramos”, dice una de las vendedoras clandestinas, “pero aquí sigue
habiendo de todo; caja de muerto, si es lo que estás buscando”.

Una vez más, el Gobierno en vez de negociar, decidió reprimir. La
Cuevita lleva aparentemente seis meses cerrada.

“Todo empezó con un run run”, comenta Alberto. “Y en enero todo el mundo
pensó que se armaría una buena, pero nada. Nadie protestó”.

“La gracia era bajarse unas cuadras antes, atravesar el barrio para que
la Policía no te detuviera”, dice Adriana. “Pero podías comprar de todo.
Había garajes completos de perfumería y aseo, tan llenos como nunca
estará una tienda del Estado”.

“Eso fue envidia, muchacha”, dice otra vendedora. “No ves que le
hacíamos tremenda competencia y nos llevábamos toda la mascá”, agrega
para referirse a las ganancias y a los impuestos que no podía cobrar el
Gobierno.

Era un mercado abastecido por importaciones traídas de Ecuador, Miami,
Perú y por los talleres clandestinos de plástico, costureras, zapateros,
perfumistas.

“Si encuentras una fábrica clandestina de cualquier cosa: de muñecos
plásticos, de perfume, de champú, lo mejor es hacer la vista gorda y
seguir”, dice un hombre que no quiere identificarse con su nombre porque
tiene miedo. “No estoy hablando de dos o tres personas confabuladas para
hacer cosas ilegales, detrás de cada fábrica de plástico hay gente que
no quiere perder su negocio y que serían capaces de hacer cualquier cosa”.

“¿Tú crees que los policías de la zona no saben dónde están las
fábricas? Claro que lo saben. Pero para llamar las cosas por su nombre,
es una mafia lo que hay alrededor de un negocio que da muchísimo dinero.
Más del que se piensa”, añade.

Mariela es otra persona con miedo que apenas se atreve a contar lo que
una vez vio: “Yo tuve un marido que trabajaba haciendo muñecos. Además
de tener la barriga toda quemada porque, como los moldes son de
calamina, se les revientan cada una cantidad determinada de muñecos,
tenía peste a quemado todo el tiempo, aunque se bañara”.

“Esa gente no son héroes, pero se les tiene miedo en el barrio. Tampoco
puedo decir que sean bandidos porque no le están robando a nadie. Es un
lugar donde la gente tiene su propia bandera. Se pueden delatar entre
ellos o ser extremadamente leales”, concluye Mariela que cree que ya ha
hablado demasiado de un tema que puede traerle consecuencias en el barrio.

En los callejones de la Cuevita todo parece menos terrible. Pudieran
considerarse hasta folclóricos: hileras de casas bajitas de madera o
mampostería separadas por un camino mohoso de metro y medio de ancho; el
olor a tierra mojada de fosa o a desagüe improvisado con cámara de
camión, y gente negra, en su mayoría, ofreciendo sus productos.

Los vendedores son asequibles si no haces demasiadas preguntas y dejas
que la conversación fluya por cursos naturales. Todo el que no sea
identificado como “del barrio” es mirado con extrañeza. No hay más
categorías posibles. De un lado ellos y del lado contrario, los otros,
que si no compran son más extraños todavía.

“Aquí venía todo el mundo”, dice una vendedora mientras enseña unos
blumers a una clienta. “Hasta el policía vestido de civil para que no lo
reconocieran. Aquí la gente venía a comprar el regalo para los días
especiales porque sabía que con poco se llevaban bastante. Ahora nos
jodimos todos”.

“A mí me estafaron con un aromatizante”, cuenta Lucila, quien pese a la
mala experiencia sigue yendo cada vez que puede. “Después me di cuenta
que era que no sabía ciertas cosas”.

Aun hoy no se le puede comprar a cualquiera. Algunos vendedores
aconsejan a quién evitar, por la seguridad del cliente. Pero ahora los
mismos que alquilaban sus casas para vender, se paran en la puerta a
mirar cómo desfilan los compradores calle abajo.

Los que pudieron, decidieron pagar licencias que no contemplan productos
industriales ni de importación. El Estado ha habilitado un espacio para
ellos.

“¿Tú crees que no siguen vendiendo cosas de tienda?”, dice un cliente
que compra piezas de plomería. “Siguen siendo los mismos ilegales de
siempre, pero quizás son más inteligentes. Les pagan al inspector si los
cogen y siguen adelante”.

“A mí no me preguntes que yo estoy a favor de todo lo que surja en
contra”, dice Samuel y agrega: “La Cuevita fue durante mucho tiempo el
paraíso de la bolsa negra en Cuba. Ahora no sé qué es”.

Source: La Cuevita, paraíso de la bolsa negra, atraviesa días aciagos |
Diario de Cuba – http://www.diariodecuba.com/cuba/1436198868_15546.html


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