Informacion economica sobre Cuba

Prohibicionismo y autarquía: un fatal coctel
Por Armando Soler Hernández/ HABLEMOS PRESS.

LA HABANA.- El mensajero que me trae los productos normados del
racionamiento se asombra de que yo haya pagado 45.00 pesos por treinta
huevos.

Pero, ¿de qué se asombra? Antes estaban a sesenta pesos. Bajó el precio
porque se cumplió el juego de la oferta y la demanda. O hay más huevos
en el mercado, o más personas metidas a compradores y vendedores
ilegales del producto y menos clientes para comprarles, en fin…

Mas el viejo mensajero no está de acuerdo. Y aborda el tema de lo caro
que está todo. Lo atribuye a que no hay mano dura con los que producen.
Imbuido de un autoritarismo abusivo que a él también lo convirtió en una
víctima, alega que lo que hay que hacer es quitarle las tierras, la casa
y el auto al campesino que no produzca y que de paso decomisar todas las
carretillas de venta de productos urbanos “que abusan del pueblo”.

Es inútil decirle que los vendedores ambulantes son el extremo que vemos
y sufrimos de una cadena de vínculos donde el Estado interviene
abrumadoramente, afectando el libre y sano flujo de la oferta y la
demanda. También es inútil tratarlo de hacer razonar que es imposible
que los carretilleros y puestos de venta de productos agrícolas de todas
partes de la ciudad y del país se pongan a diario, y en todo momento de
acuerdo con los precios de cada cosa que ofertan. Su visión de esta
abrumadora realidad económica que grava sobre el magro consumo del
cubano común está permeada del voluntarismo prohibicionista del que se
hizo gala con este álgido problema en el recién concluido y frustrante
encuentro de la Asamblea Nacional.

Sus conclusiones y medidas a tomar de inmediato fueron los mismos de
siempre. Detener e incautar la mercancía y vehículos a los “culpables
oficiales”, acusándoles de no poseer licencia comercial. Cabe
preguntarse por qué el Estado no le aplica el mismo inmediato rigor de
tope y rebaja de precios imperiosa a los más que inflados precios de los
productos en sus mismas tiendas recaudadoras de divisa. Por lo pronto,
el resultado de tal medida imperiosa resulta ya funesto: hay menos
oferta y los precios no bajan, algunos hasta subieron.

No se puede obligar al campesino a producir bajo amenazas. Ese era el
procedimiento productivo de los plantadores cubanos con sus esclavos
africanos. Ni se puede obligar a los vendedores de productos agrícolas a
vender bajo un precio “justo” fijado por el Estado. La gente oferta y
vende para lograr un beneficio, no porque cumpla una meta de trabajo
asignada por el Estado. Ese procedimiento productivo no funcionó nunca
en Cuba, ni funciona en ninguna parte a favor del productor y el
consumidor. Pero además, distorsiona una función natural de la especie
humana: el mercado.

El mercado es uno de los grandes pasos de civilización humana. Sin el
mercado, los primitivos grupos humanos vivían en la autarquía, es decir,
el autoconsumo. La evolución y desarrollo de la raza humana dio un gran
salto de progreso cuando comenzó a intercambiar los limitados productos
con los que una comunidad se abastecía con otros muy distintos que
producía otra comunidad distante. Muy pronto esto forzó la necesidad de
una moneda para facilitar las transacciones.

El modelo de desarrollo que propugna el gobierno cubano es precisamente
lo inverso al desarrollo. La autarquía, la importación de cada vez
menos con la promesa de una mítica sustitución por la producción
nacional, trae los mismos resultados de antes del descubrimiento del
mercado: una comunidad primitiva, incapaz de evolucionar en sus niveles
de vida.

El totalitarismo, en todas sus manifestaciones hermanas, representa
las peores instrumentaciones ideológicas de esa retrógrada manera de
pensar. Y en economía es funesta. Hoy vemos sus consecuencias de años en
Cuba, y comienzan a sufrirse en la Venezuela oficialista, aliada a esa
manera de ver la realidad. No hubo ni hay una sociedad guiada por esos
inciviles preceptos capaz de elevar satisfactoria y libremente el nivel
de vida de la población en general. Al sustituir de manera permanente la
voluntad de la mayoría por el cambio y el progreso con
una interpretación obligatoria esquemática y fija de la realidad, el
resultado es una pobreza permanente y general y el acumulamiento de las
frustraciones personales de toda una vida. La concentración en dos o
tres renglones de la existencia, al final con insuficientes resultados,
no sustituye el desarrollo de una sociedad normal, sobre todo si se hace
soslayando las libertades personales a nombre de un bien público de
estrechas miras y permeado de una visión política “correcta” e ideología
incuestionable.

Por esta razón las medidas prohibicionistas y autoritarias son las
únicas capaces de emerger de un poder militar fuera de toda crítica. Son
inherentes al rígido pensamiento de ordeno y mando milite. Y por la
misma causa, sus soluciones son provisorias, parciales, injustas e
inútiles. Al final, el ciudadano común es el que sufre las consecuencias
en su vida diaria, con inacabables carestías de todo tipo. Y como mucho
más grave y prolongado resultado, la sociedad, buscando sobrevivir, se
degrada y encanalla, deformada por reglas que emergen de y para
beneficio del estatus conservador de una clase gobernante.

Source: Boletín de noticias de Hablemos Press – Misceláneas de Cuba –
www.miscelaneasdecuba.net/web/Article/Index/56b7cef63a682e00b09ba75b#.VriA_FgrLjY


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