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La luz al final del túnel
BORIS GONZÁLEZ ARENAS | La Habana | 14 Mar 2016 – 10:33 am.

Creo que fue a finales de los años 90 cuando estaba esperando un día en
la gasolinera de la calle Ayestarán para inflar la goma de mi bicicleta,
en la misma cuadra de lo que fue el cine City Hall. Era una tarde
nublada, con una luz especial que los años ya me hacen dudar que
sucediera como yo lo recuerdo y que, efectivamente, hubo aquella luz.
Estaba parqueado un carro de funeraria cerca del área de fregado, uno de
esos carros que transportan los cadáveres de la funeraria hasta el
cementerio. Otro carro funerario llegó y se le detuvo al lado. Los
choferes de ambos carros sacaron una camilla del primero de ellos y la
pasaron al recién llegado. Sobre la camilla había un cadáver cubierto
con una sábana. La sábana solo alcanzaba a cubrir de la cabeza a los
tobillos, afuera quedaban los pies, de un blanco muy pálido, como si
toda la imagen gris que anima mi memoria estuviera hecha en función de
resaltar la palidez de aquellos pies.

Los que estábamos en torno a las bicicletas observamos la escena con
estupefacción.

Muchos años después, en un velatorio en la funeraria de Calzada y K,
estábamos sentados un grupo de los asistentes en un muro pequeño, hacia
la calle 9. El chofer de un carro de funeraria lavaba una camilla de la
que poco antes había bajado un cadáver. La camilla estaba en posición
diagonal, con un extremo apoyado en el carro y el otro en el piso, el
agua bajaba a la calle donde quedaba empozada. El hombre terminó su
labor de higienización y se retiró del sitio. Pocos minutos después un
perro lamía, para mitigar su sed, el agua que había arrastrado la
suciedad de la camilla.

El pasado sábado 5 de marzo fui testigo de algo que superó con mucho las
historias anteriores. A media tarde bajaba hacia la calle 23 por la
Avenida de los Presidentes o calle G, dejando atrás lo que por décadas
fueron las ruinas de un hospital pediátrico y hoy son un terreno sucio y
amurallado, cuando vi un carro de funeraria parado de forma atípica en
25 y G, muy cerca de mí. De pronto el carro dobló y partió en sentido
inverso, hacia 23. Arrastraba sobre la calle una camilla del mismo modo
diagonal en que años atrás había visto lavar una semejante en Calzada y
K. No terminaba de observar aquel modo extraño de llevarla cuando
alguien a mi lado dijo: “Dejaron el muerto atrás”, y un grupo numeroso
de personas se apresuró también hacia 23.

En la misma esquina de 23 y G, por la senda de la calle G que se aleja
del Malecón y se aproxima al monumento a José Miguel Gómez, estaba
tendido el cadáver. El chofer del carro llegó nuevamente al lugar en
donde había dejado caer el cuerpo mal cubierto por una tela, lo cargó
ayudado por una empleada que le acompañaba y un hombre que pasaba por el
lugar, y lo introdujeron de nuevo en el vehículo, todo ello frente a la
estupefacción extraordinaria de quienes estábamos allí.

Las razones por las que un cadáver es pasado de un carro a otro en una
gasolinera, a una camilla le son retirados los restos de un muerto en
plena vía pública o un cuerpo queda tendido a media tarde sin ningún
recato frente a la vista de todos, pueden ser muchas; pero la mayoría de
ellas comparten lo que han sido los componentes esenciales de nuestras
vidas. La banalización del pudor, la exaltación a espectáculo vulgar de
nuestra intimidad, el empobrecimiento material y espiritual de nuestros
episodios vitales, no pueden detenerse con el fin de nuestro día a día;
es necesario, para que sirvan de confirmación a los que asistimos a la
despedida de nuestros seres queridos en tal condición, que alcance
también la última de nuestras noches.

Nuestro sistema de deficiencias se suma a lo macabro para ahondar
nuestras muertes. No son pocas las historias de autos funerarios que se
rompen de camino al cementerio, las cajas que se desfondan incapaces de
sostener un cadáver pesado, los aventones dados a empleados de servicios
necrológicos en la cabina donde viaja el cadáver. Cuando dos años
después del fallecimiento de algún ser querido los cubanos acudimos a la
exhumación de sus restos, de las cajas que cubrieron al cuerpo en el
momento del entierro solo quedan algunos palos podridos y puede ser
peor, a algún cuerpo le han arrancado las piernas para adecuar la
exagerada estatura del cadáver al tamaño estándar de la caja; siempre
parece que se ha visto mucho hasta que algo nuevo supera con creces lo
vivido.

Es ese el correlato lúgubre de un modo de vivir que incita a no pocos
médicos a dar de alta a pacientes moribundos para utilizar las camas en
el ingreso de algún conocido; a fiscales e instructores policiales a
liberar de la cárcel a quienes les pagan mientras recargan las penas de
quienes carecen de recursos para aparecer como inflexibles; a diputados
que protegen los negocitos incipientes de sus entenados mientras exaltan
los valores del sistema que les ensalza sin mérito alguno; a autoridades
religiosas a realizar extraños juegos de palabras para evitar decir con
todas sus letras “Damas de Blanco”; y a burócratas de la cultura que
comienzan su carrera exaltando la figura del cimarrón a terminar sus
días encarnando, de manera voluntaria, la del esclavo.

Si se nos hace patente que después de toda una vida ni siquiera podremos
asegurar un poco de decencia para nuestra muerte, la vida misma pierde
su dignidad, el orgullo se espanta y cualquier luz al final del túnel no
pasa de ser el bombillo que alumbra el portal de la morgue.

Source: La luz al final del túnel | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1457947980_20759.html


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