Informacion economica sobre Cuba

¿Embarqueo o Blobargo?
Atrapados sin salida o prisioneros de la antinomia
Alejandro González Acosta, México DF | 25/04/2016 2:41 pm

En una revolución, como en una novela, la parte más difícil de inventar
es el final.
Alexis de Tocqueville

Acabó el Séptimo Congreso del PCC (el 7, número mágico: “los siete
dolores”, “las siete puñaladas”, “malditos siete veces siete…”). Pero no
hubo magia, ni siquiera prestidigitación. Pudieron decirlo más alto pero
no más claro: no habrá cambios. A quien le guste, bien. Y al que no le
guste, que tome purgante (vieja consigna desempolvada para la ocasión).
A los Castro se les podrá acusar de muchas cosas (tiranos, tozudos,
caprichosos…) pero nunca de no ser francos: sin pelos en la lengua
dijeron así es y así será. Tan tan.
Y en realidad, el destinatario de esta declaración sincera y tajante no
es el pueblo cubano, ni el resto del mundo: es solo para un
interlocutor: Barack Obama, quien agotó los gestos de buena voluntad
(por no decirles, abiertamente, concesiones) y les extendió abierta “su
mano franca”: se la escupieron. Y de paso, le mentaron la madre. Le
hicieron manigüiti y le dieron un yiti, además. El matón del barrio
grita ahora estentóreamente: Yo soy Mulé. Y sanseacabó.
Basta mirar cualquier página de noticias sobre Cuba para percatarse de
la aguda oposición de criterios sobre el tema de las relaciones entre
ella y Estados Unidos por más de medio siglo. En un extremo, la columna
con las diversas opiniones contrastantes de comentaristas y
especialistas, todas con cierto sentido y posiblemente respaldadas por
razones y datos en cada caso; en el otro, la noticia de que solo entre
enero y marzo de este año 2016 las fuerzas represivas en Cuba han
realizado 3.971 detenciones, que ya amenazan romper la marca máxima de
2014 con un total de 8.899, y se acerca al segundo lugar de este ranking
del atropello, del año 2015, con 8.616 ciudadanos pacíficos arrestados
con violencia.
Como Obama ya obsequió todo lo que legalmente podía entregar, ahora al
culminar este Séptimo Congreso del PCC, no podrá esperarse, ni con los
mejores deseos de ciertos optimistas contra viento y marea, que se
levanten las restricciones comerciales y financieras establecidas, por
ley, contra el gobierno de los Castro desde remota fecha. Habrá de esto
para rato y ahora sí, hasta el final, por doloroso que sea. La muestra
de debilidad extrema que ofrecería Obama en su último tramo
presidencial, debilitaría además enormemente al candidato demócrata que
finalmente compita –Clinton o Sanders— en la próxima contienda
electoral. Y eso ni él, ni los que lo sostienen, pueden permitírselo.
Todo este panorama es tan triste y desolador, que para conservar algo de
salud mental, quizá lo más indicado, por el momento, sea tomarlo como
una gigantesca y macabra broma, y asumirlo con cierto espíritu humorístico.
¿Cómo pueden combinarse ambos opuestos en una ecuación coherente? Al ver
semejante delectación argumental, el desaparecido Luis Carbonell habría
declamado, cuando “la loca de la casa” se desmanda, la certera
advertencia: “Espabílate, muchacha: se te queman los frijoles de la vida
material”.
Precisamente al ver los comentarios a los textos que han continuado
apareciendo en las publicaciones sobre el controvertido tema del
embargo-bloqueo, me ha surgido lo que no sea más que una “ocurrencia”,
un tanto desacralizadora, y que tiene el inevitable riesgo —lo asumo
plenamente— de tratando de quedar bien con todos, no quedarlo con
ninguno: “Ni modo”. Entre cubanos nos reímos para no llorar.
En primer lugar, para establecer un territorio común para la discusión,
habría que adoptar un nombre que agrupara las dos posiciones extremas e
irreconciliables: mientras unos hablan de “embargo” y otros de
“bloqueo”, lo cual hace que, a priori, las actitudes resulten mutuamente
excluyentes, quizá sería útil al menos, para poder conversar los bandos
en contienda, utilizaran un término equivalente similar, el cual
combinara ambos y podría ser embarqueo o blobargo. Digamos, para
sintonizarnos epistemológicamente, y esto es evidente y claramente
perceptible, que los dos puntos de vista no solo se oponen sino además
se descalifican rotundamente uno al otro. El tenor de este espinoso
asunto se puede expresar en la conocida frase “si no estás conmigo estás
contra mí” (o “sinmigo”, según recuerdan algunos dijo un “ilustrado”
político cubano hace muchos años).
El saldo del Congreso del PCC en su séptima re-impresión (más que
edición, pues se sostienen las erratas y ni pensar en que fuese
“revisada y notablemente aumentada”) es tan desolador, tan ahistórico y
tan contraproducente, que solo deja como posibles escenarios de acción,
entre varios otros, los siguientes:
Cuando existe tal disparidad y virulencia entre los conceptos y las
causas que expresan, posiblemente sea útil examinar a través de la
historia los procedimientos que los hombres han adoptado para dirimir
sus querellas, dejando a un lado por indeseable el enfrentamiento físico
masivo entre ambos contendientes, esa ultima ratio regis que El Rey Sol
mandó grabar en la boca de sus cañones.
El derecho entre los romanos (también aceptado en tiempos posteriores,
como en la corona medieval aragonesa) señalaba que cuando dos bandos o
personas no lograban un acuerdo de sus intereses o puntos de vista con
notorio empate o irreconciliable aversión, se recurriera al método de la
insaculación, es decir, meter en una bolsa (saculo) las opciones, y
dejar a la suerte (los dioses) que decidiera por una, cuyo resultado
era aceptado por todos, pues todos tenían iguales probabilidades —es
decir, ninguna— para competir.
Más tarde, en la Europa feudal ya cristianada, se aceptaba también lo
que se llamó el Juicio de Dios, o lo que era: para evitar una absurda
matanza entre sus huestes, cada bando elegía un “campeón”, y ambos se
enfrentaban en un duelo a muerte sin limitantes ni reglas. Quien vencía
era la prueba fehaciente de que “Dios había hablado” y su causa era, sin
dudas, la más justa. El enfrentamiento entre David y Goliath es un
argumento de apoyo bíblico para ello. Todavía en el siglo XIX un
escritor romántico como el escocés Walter Scott incluyó uno de esos
“juicios divinos” en su célebre novela Ivanhoe.
Más tarde, en la Francia ilustrada de los “Derechos del Hombre y el
Ciudadano”, donde se reconocía el carácter de “Soberano” al pueblo por
encima del “Príncipe”, se adoptaron las opciones del “referéndum” y del
“plebiscito” (de hecho, provenían desde la tradición republicana
greco-latina y también ocurrían en el derecho anglosajón: un asunto era
votado públicamente como parte de una democracia directa, práctica (un
tanto molesta) que hoy pervive sobre todo en la ejemplar República
Helvética y en muy contados casos y situaciones específicas. “El pueblo
ha hablado”, es la frase que culmina este ritual.
Una variante con carácter periódico de estas figuras para dirimir
disputas antes mencionadas son las elecciones, pero por lo visto en este
caso cubano en cuestión, uno de los bandos que comentamos (el Gobierno
insular) no quiere siquiera considerarla. “¿Elecciones para qué?”, dicen
ellos, recordando un antiguo discurso: “El pueblo ya eligió en 1959”.
Si comparamos la compleja relación establecida desde hace más de cinco
décadas (casi seis ya) entre los gobiernos (no los pueblos, siempre
mencionados pero nunca tomados realmente en cuenta) de Cuba (que ha sido
EL MISMO) y Estados Unidos (que ya han sido VARIOS) con una partida de
ajedrez (este profundo sentido político y militar del juego fue
considerado desde sus orígenes, según la leyenda por un sultán hindú, y
hasta el mismo Alfonso VI de León para tratar de ganar el asedio de
Sevilla, defendida por el visir Ben Ammar), podremos comprobar que desde
hace muchos, demasiados años, la partida se encuentra estancada y con la
dificultad añadida de que en este juego tan especial no se pueden
acordar las tablas. Trasladándolo al cubanísimo dominó se diría que se
trancó. Ni uno ni otro a ambos lados del tablero quiere —ni puede— tirar
abajo su rey. Es una partida hasta el final, sin treguas, paces ni
armisticios. Los argumentos en uno y otro sentido han figurado lo que
algún perspicaz comentarista definió como una antinomia. Y es que, si lo
vemos con saludable distancia y tratando de asumir la lógica de cada
uno, ambos tienen la razón o una gran parte de ella. Y al mismo tiempo,
ninguno. Pues, citando al ripioso poeta, “en este mundo traidor / nada
es verdad ni mentira: / todo es según el color / del cristal con que se
mira”. Le deseo buena suerte y mejor provecho a los que se sumerjan en
Kant y su crítica, para tratar de entender su proceso epistemológico.
Por mi parte, y según dijo hace años un trovador filósofo insular, solo
confieso “I Kan’t”, es decir, “yo no puedo con Kant”. O en la célebre
declaración de un emblemático presidente mexicano, con una profundidad
tan insondable como las Grutas de Cacahuamilpa, “eso ni nos beneficia,
ni nos perjudica… sino todo lo contrario”.
A partir de las tres opciones históricas para una posible solución al
diferendo binacional antes señaladas, ahora se complejiza un poco más el
asunto. Bizantinamente podríamos deleitarnos con algunas inquietudes:
En el caso de la insaculación: ¿quién metería la mano en la bolsa para
sacar la bolita? ¿Los Niños de la Beneficencia o Casa Cuna, como en la
antigua Lotería Cubana? ¿Los pioneritos? ¿Los niños Pedro Pan o sus
nietos? ¿Qué tamaño tendría la bolita? ¿Dónde y cuándo se realizaría el
sorteo? ¿Quién guardaría la bolsita?
En el caso del “Juicio de Dios”: ¿quiénes serían los “campeones”?
¿Barack Obama de un lado y del otro —habida cuenta de las condiciones
físicas de los hermanos Castro y la avanzada edad de ambos— quizá Miguel
Díaz Canel? ¿El dinámico, esbelto, ágil y deportista presidente
americano —aunque envejecido prematuramente por el ejercicio del poder,
como suele suceder— contra el robusto, entrenado, algo torpe y
obsecuente, pero macizo burócrata cubano? Y habría que seleccionar
también, un Valle de Josafat intermedio para la lid: ¿un cuadrilátero
flotante como una balsa a 45 millas náuticas entre Miami y La Habana?
¿En medio de la Plaza de San Pedro, para que el Papa Francisco desde su
balcón “urbi et orbe” sea el árbitro apostólico?
¿La tercera opción? Primero habría que decidir —y los juristas aún no se
ponen muy de acuerdo, pues unos dicen que son iguales y otros que son
conceptos diferentes con propósitos distintos— si se realizaría un
“referéndum” o un “plebiscito”. Una vez que se decidieran por uno de
ellos, habría que escoger el “árbitro” (figura fundamental en el
proceso): ¿el Congreso americano, el Comité Central cubano, la Comunidad
Europea, la Cruz Roja Internacional, el Vaticano, el Dalai Lama, la
UNESCO, el ALBA, el MERCOSUR, el Movimiento de los No Alineados, la ONU,
la OEA…? Y así, ad infinitum et ad nauseam ab aeternum per saecula
saeculorum.
Claramente, una opción tan sencilla y elemental que resulta hasta
insultante proponer, es convocar unas elecciones generales de la nación
cubana, estén donde estén todos sus integrantes, para que se expresen su
soberana e inapelable opinión, pero esta es aún más irreal y utópica
creo que todas las anteriores. Los polacos de la época de Jaruselsky
(que hoy Dios tenga donde mejor le parezca) decían que había dos
soluciones para sacar a los rusos de su amada tierra: una mitológica y
otra real. La solución real era que la misma Santísima Virgen de
Czestochowa bajara de los cielos con una espada flamígera en la mano y
expulsara a los rusos de Polonia. “Esa debe ser la mitológica”,
reparaban algunos. Y los polacos sabios ripostaban: “No, la mitológica
es que los rusos se vayan de Polonia por propia iniciativa”.
Habrá que rogarle y ofrendarle no a la coqueta “Cachita” (quien sólo
tiene una barca para ofrecer), sino a la hombruna “Shangó”, que empuña
espada para cortar, rayo para ahicharrar y torre para encerrar, y que
entre a solucionar este conflicto. Y pedirle con mucha Fe, a ver si se
hace el milagro. O ya que todo se “reveló” (no “comenzó”, que eso fue
desde mucho antes, en lo oscurito) el 17 de diciembre, pedirle a San
Lázaro Bendito que agarre sus muletas y empiece a tundir a los necios y
que les suelte los perros a los sinvergüenzas. A ver si así… Porque lo
“otro”, lo que nadie quiere decir (“que oculta decir su nombre”) es
salir todos a la calle, decir “hasta aquí llegó mi amor” y “que salga el
sol por donde salga”: pero esa sería la solución mitológica entre cubanos…
Pero ya sabemos que quienes ejercen (sólo dos personas en verdad) desde
hace tanto tiempo todo el poder en Cuba —que ya se les hizo costumbre
por no decir vicio— tienen un rechazo visceral para reconocer otra
soberanía que no sea la de ellos mismos (de nuevo, los dos), la cual
identifican (sin consultarlos) curiosamente con la de absolutamente
todos sus gobernados, y lo que entienden como autodeterminación y
soberanía de los pueblos, es el religioso respeto a su derecho feudal de
conquista, lo cual, lejos de ocultarlo vergonzosamente, proclaman
orgullosos, sinceros y convencidos: “Llegamos al poder por una
revolución y solo otra revolución, ejem…, una contrarrevolución, nos
sacará”. Dicho en otras palabras, un tanto más amables, “la revolución
es fuente de derecho”. Pero hay que entender esto así: SU “revolución”
es la fuente de SU “derecho”. No puede olvidarse que Fidel Castro tiene
una formación profesional como abogado y solía —o quizá aún suele— leer
a Plutarco y Suetonio, y numerosas biografías de personajes como
Alejandro Magno, Julio César o Napoleón Bonaparte. Si de algo sabe el
señor es, precisamente, del Poder, que no se comparte ni da
explicaciones: simplemente, se ejerce. Y como dice un teórico y práctico
del tema, “poder que no abusa, no es poder verdadero”.
Su hermano, menos culto, pero igualmente represivo, se permite hasta
bromear con el drama: “Si hubiera dos partidos en Cuba, uno lo dirigiría
Fidel y el otro yo”. En cualquier país normal del mundo, una declaración
así solo podría ser seguida de un estallido de ira colosal. Pero en Cuba
no; ni siquiera una criolla trompetilla: solo aplausos y más aplausos.
Ya se sabe muy bien, pero nunca huelga reiterarlo (a ver si se lo graban
algún día los que tienen que entenderlo), que una de las definiciones
clásicas del término locura consiste en la “acción de repetir una y otra
vez la misma acción en circunstancias similares, esperando un resultado
diferente”. De ello se deduce que el pensamiento enloquecido es lo
contrario del razonamiento científico y racional. Quizá esto lo
debieran tener en cuenta a propósito de la ecuación planteada en este
dilema cubano. En ambas partes de la misma, se repiten una y otra vez
idénticas acciones: quizá sea el momento de evadirse de esta locura e
intentar una tercera vía, que no acierto a definir. Tal parece que en
ese sentido es que se ha estado moviendo Barack Obama y su equipo, pero
con resultados impredecibles a corto, mediano y largo plazo. La
respuesta es todavía UN ENIGMA. Aunque con los últimos sucesos, el
enigma empieza a disolverse en fantochada, en chiste de pasillo. Lo que
se pensó “alta política” quedó en chanchullo de barrio. El “legado”
resultó “legrado”: no llegó ni a nacer.
La decisión de Obama partió de un razonamiento hasta cierto punto lógico
y pragmático: si el “tratamiento” aplicado hasta ahora no ha dado
resultado, hay que cambiarlo. A esto se le puede objetar que las
condiciones en las que se aplicaba dicho “tratamiento” han sido muy
variables a lo largo de la dilatada “enferrmedad”: no son las mismas de
1962, en plena “Guerra Fría” y con el apoyo total y sin mesura de la
URSS, enviando cuantiosos recursos inagotables por amplia y constante
tubería de drenaje, que las de 2015, con una boqueante economía
venezolana, a punto del colapso inevitable e irreversible. Puede
entenderse, y así lo han hecho muchos, que Obama pareció decir: “Si no
hemos podido liquidar por hambre al león, ahora le daremos tanta comida
que morirá, sin dudas, por gordura excesiva. Lo mataremos no de
inanición, sino de apoplejía”.
No es cierto que cuando el tratamiento no funciona se debe cambiar el
tratamiento. Muchas veces es más efectivo aumentar la dosis del
medicamento, no suprimirla. O cambiar al médico.
Mientras los actores del dilatado drama se ponen de acuerdo en una de
las propuestas anteriores, o en otras, en este momento, cuando apenas
termina el VII Congreso del PCC, con diputados fantasmagóricos y una
ominosa represión uniformemente distribuida por todo el país, los
aproximadamente 14 millones de cubanos en el planeta —11 de la Isla y ya
casi 3 del
exilio—emigración-comunidad-destierro-éxodo-diáspora-transtierro (habría
que pensar también en un término aglutinador para este amplísimo
concepto poblacional) estamos, como aquel personaje inolvidable
interpretado por Jack Nicholson, en un manicomio y atrapados sin salida.
O, si queremos vernos más kantianos, prisioneros de la antinomia.

Source: ¿Embarqueo o Blobargo? – Artículos – Opinión – Cuba Encuentro –
www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/embarqueo-o-blobargo-325410


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