Informacion economica sobre Cuba

Un Congreso fallido
FERNANDO DÁMASO | La Habana | 20 Abr 2016 – 9:55 am.

Entre la histeria producida por el 55 Aniversario de Playa Girón y la
adelantada (comenzó en diciembre del 2015) y prolongada celebración del
90 cumpleaños del “líder histórico”, el VII Congreso del Partido
Comunista de Cuba (PCC) ha terminado con más penas que gloria.

Algunos optimistas pensaron que sería el momento propicio para acordar
soluciones concretas a la crisis política, económica y social que afecta
a la Nación, y para que la vieja “dirigencia histórica” entregara
realmente el bastón de mando a representantes de las posteriores
generaciones, mucho más jóvenes física y mentalmente. Sin embargo, no
sucedió ni lo uno ni lo otro: el primer tema no se trató y el segundo se
limitó al relevo de algunas caras pero no de ideas. En definitiva, el
mismo dogmatismo.

El PCC acaba de perder su última gran oportunidad para tratar de
demostrar que representa la vanguardia política del pueblo cubano, rol
que se ha autoasignado desde su fundación, olvidando que no se es
vanguardia por decreto o porque algún iluminado lo decida y, menos aún,
cuando ésta se pretende monopolizar por una única organización, sin dar
espacio para la existencia de ninguna otra.

El Congreso se desarrolló de acuerdo al guión previsto. El primer día,
en sesión plenaria, se leyó el Informe Central. Kilométrico, reiterativo
y lleno de lugares comunes fue triunfalista y poco crítico, queriendo
dar la impresión de que éste no es más que la continuación del VI
Congreso, que se ha estado avanzando y que se están haciendo las cosas
mejor que antes. Se volvió a apostar por un socialismo que nunca ha sido
ni será “próspero”, y cuya “sostenibilidad” radica en su imposición y
mantenimiento por la fuerza, por la fracasada empresa estatal socialista
y por el partido único. Además, por ratificar el “carácter irrevocable
del sistema político y social” refrendado en la actual Constitución, y
por establecer edades máximas para ingresar al Comité Central (60 años)
y para desempeñar cargos de dirección en el Partido (70 años), con
limitación de hasta dos períodos consecutivos, a aprobar ahora, pero
cuya aplicación será en el futuro, debiendo, esta política, ser aplicada
también en las instituciones estatales, gubernamentales y las
organizaciones de masas.

A continuación se pasó al trabajo por Comisiones en las cuatro creadas
(Conceptualización del modelo económico y social del socialismo cubano.
Plan de desarrollo de cara al 2030, la visión de la nación, sus ejes y
sectores estratégicos. Evaluación de la implementación de los
Lineamientos aprobados en el VI Congreso y su actualización para el
próximo quinquenio y Materialización de los objetivos de trabajo del
Partido a partir de su Primera Conferencia). En lugar de debatirse en
ellas, seria y profundamente, el contenido de estos documentos,
elaborados por equipos en las altas instancias del Partido sin la
participación ni las opiniones de los militantes de base, los delegados
dedicaron el tiempo a conocer sobre los mismos y hacerles algunas
puntualizaciones, para aprobarlos después unánimemente en sesión
plenaria. Una vez aprobados los dos primeros, tras el evento serán
sometidos a “amplios y democráticos debates” para enriquecerlos y
perfeccionarlos. Cumplidos estos trámites “formales”, se realizó la
presentación, análisis y votación de la candidatura del Comité Central
del PCC, elaborada también por una comisión, y se dio a conocer el
Comité Central electo, así como los miembros del Buró Político, del
Secretariado y el Primer y Segundo Secretario, estos dos últimos
“reelegidos”.

Aunque las pocas caras nuevas no significan necesariamente ideas nuevas,
al menos introducen la interrogante de que nadie sabe cómo actuarán
cuando se sientan más cercanas al poder, desaparecidas ya las sombras
del pasado.

El Congreso finalizó con su correspondiente clausura, donde estuvo
presente el “líder histórico”, quien felicitó a los participantes, y
donde su primer secretario reelegido pronunció un discurso totalmente
gris, repitiendo la misma historia de siempre y resistiéndose a los
cambios inevitables.

En el Congreso, los muchos temas que en realidad preocupan y afectan a
los cubanos fueron ignorados y el tiempo se perdió fantaseando sobre un
futuro imposible para los actuales dirigentes o para quienes pretendan
dejar en su lugar. El momento actual exige cambios políticos, económicos
y sociales profundos a un ritmo acelerado. Han sido demasiados los años
de inmovilismo y de andar lentamente, sin contar los continuos
retrocesos, motivados por la improvisación. Los delegados, como siempre,
escucharon atentamente la voz del amo, incapaces de opinar, por temor a
decir algo no autorizado y buscarse problemas. En los seis congresos
anteriores sucedió igual. En definitiva, mayormente hablaron los viejos
dirigentes para escucharse, tal vez por última vez, a sí mismos,
repitiendo sus obsoletas consignas ante un auditorio callado,
acostumbrado más a asentir y aplaudir que ha discutir y cuestionar.

La poca importancia que los cubanos le han dado a este Congreso,
palpable en las calles, es un reflejo de la pérdida de credibilidad del
PCC, debido a sus muchos errores y a su incapacidad manifiesta para ser
“la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado”, para
resolver los múltiples problemas acumulados, la mayoría causados por él
mismo, y para reaccionar ante los cambios.

Hoy el PCC es un organismo enfermo, con los mismos achaques de sus
dirigentes históricos, cada vez más alejado de sus militantes de base.
Esto no significa que la mayoría de sus miembros sean viejos, sino que
sus principales dirigentes lo son, y se comportan como un consejo de
ancianos de alguna civilización primitiva. Resulta irónico oír a un
dirigente de 80 y más años, responsable de múltiples errores,
dogmatismos y extremismos conocidos por todos, plantear, sin el menor
pudor, la necesidad de cambiar los métodos y estilos de trabajo del
Partido, cuando el principal cambio debería consistir en renunciar a su
cargo.

Actualmente, los militantes de base solo son tenidos en cuenta para
cumplir las resoluciones y disposiciones de la elite iluminada, que en
lugar de aplicar correctamente el denominado centralismo democrático (la
minoría se subordina a la mayoría), lo aplica al revés. El primer
secretario es quien determina, junto a sus incondicionales en el Buró
Político, y todos los demás cumplen lo que este ordena. Lo de respetar
el sentir de los militantes y tenerlo en cuenta en sus acuerdos no es
más que un cuento.

Todas estas situaciones, más otras muchas no tratadas aquí, son las que
han contribuido a que el VII Congreso sea intrascendente. Dio la
impresión de ser una mala puesta en escena de una mediocre obra de teatro.

Source: Un Congreso fallido | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1461142514_21799.html


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