Informacion economica sobre Cuba

Paisaje después del deshielo
YOANI SÁNCHEZ, La Habana | Agosto 15, 2016

La niña llora en la cuna y la madre le canta para consolarla. Tiene
apenas tres meses de nacida y se llama Michelle, como la esposa de
Barack Obama. Esta pequeña habanera, que todavía lacta y duerme la mayor
parte del día, vino al mundo después del armisticio: es hija de la
tregua entre los Gobiernos de Cuba y de Estados Unidos. Una criatura sin
fobias ideológicas ni odios en su horizonte.

En los libros de historia que leerán los contemporáneos de Michelle,
estos meses posteriores al 17 de diciembre de 2014 quedarán en unas
pocas líneas. En esos resúmenes hechos a posteriori primará el tono
optimista, como si toda la Isla, varada por décadas a un lado de la
carretera, hubiera retomado desde ese momento el rumbo, puesto el pie en
el acelerador y recuperado el tiempo perdido. Pero, para muchos, vivir
la reconciliación es menos heroico y grandilocuente que protagonizar una
batalla.

El proceso que los analistas compararán un día con la caída del muro de
Berlín y quizás definan con nombres rimbombantes como el fin del telón
de azúcar, la muerte de la Revolución o el momento en que estalló la
paz, pierde ahora brillo, enfrentado a la desgastante cotidianidad. La
tregua, eso sí, apaciguó el ruido de las consignas y ha permitido que se
escuche el persistente zumbido de las carencias y de la falta de libertad.

Aquella jornada en que los presidentes de Cuba y de Estados Unidos
anunciaron el comienzo de la normalización de relaciones ha quedado
ubicada cual punto en el pasado. Será referencia para historiadores y
analistas, pero significa poco para quienes se enfrentan a la decisión
de pasar el resto de la vida a la espera de que “esto se arregle” u
optar por la escapada hacia cualquier confín del mundo.

El 17-D hizo crecer las aprensiones sobre el fin de la Ley de Ajuste
Cubano. Disparó la cifra de cubanos que desde ese momento y hasta la
fecha han entrado a Estados Unidos a través de los puntos fronterizos y
que ha llegado a 84.468, mientras que otros 10.248 lo han intentado
cruzando el mar. La popular e irónica frase de que el último que se vaya
de la Isla “apague el Morro” de La Habana, cobra tintes de dramático
presagio ante esos números.

¿Por qué no se quedan en el país si el deshielo promete una vida mejor o
al menos una relación más fluida y provechosa con Estados Unidos? Porque
el 17-D llegó tarde para muchos, entre ellos las varias generaciones de
cubanos que debieron romper lanzas contra el vecino del Norte, gritar
consignas antiimperialistas durante la mayor parte de su vida y secundar
al comandante en jefe en su batalla personal contra la Casa Blanca. No
confían en las promesas, porque han visto muchos pronósticos positivos
que quedaron solo en el papel y en la mística de un discurso, pero no
influyeron sobre los platos ni en los bolsillos.

Después de la prolongada escaramuza de más de medio siglo entre 11
Administraciones norteamericanas y dos gobernantes cubanos con el mismo
apellido, a la nación le ha llegado el cansancio. La adrenalina de la
batalla ha cedido al hastío y a una pregunta que se abre paso en la
mente de millones de cubanos: ¿todo fue para esto?

Convencer de que valieron la pena las confiscaciones de empresas
estadounidenses, los insultos diplomáticos, el concubinato con la Unión
Soviética y tantas caricaturas que ridiculizaban a Nixon, Carter, Reagan
y Bush, resulta difícil incluso para una propaganda oficial que controla
todos los diarios, estaciones de radio y canales televisivos del país.

La bandera estadounidense izada hace justo un año, el 14 de agosto de
2015, en la Embajada de Estados Unidos en La Habana, puso punto final a
una era de trincheras y dejó al eterno soldado que ha sido el Gobierno
cubano con el Kaláshnikov aún caliente y una marcada incapacidad para
vivir en tiempos de paz. Está preparado para la confrontación pero su
inoperancia queda en evidencia en tiempos de armisticio. En su retiro de
convaleciente, Fidel Castro observa cómo el país que moldeó a su imagen
y semejanza se le va de las manos. El hombre que controló cada detalle
de la vida de los cubanos, no puede influir en la manera en que será
recordado. Algunos se apuran a endiosarlo; otros afilan los argumentos
para el desmontaje de su mito, y la gran mayoría lo olvida en vida: lo
sepulta aún respirando.

Los niños que han nacido desde el 31 de julio de 2006, en que se anunció
la enfermedad del máximo líder, solo han visto al expresidente en fotos
o materiales de archivo. Son los que no tendrán que declamar versos
encendidos frente a él en algún acto patriótico, ni formar parte de los
experimentos sociales que salgan de la materia gris que cubre bajo su
gorra verde olivo. Habitan la era posfidelista, lo cual no quiere decir
que se hayan librado totalmente de su influencia.

Por décadas, el cisma que ha causado el liderazgo autoritario de este
hijo de gallego, nacido en el oriental poblado de Birán, dividirá a los
cubanos y enfrentará a las familias. La estela de la crispación que ha
agregado a la identidad nacional, otrora desenfadada, se extenderá por
largo tiempo. Habrá un antes y un después de Castro, para los seguidores
del credo de la tozudez política que ha cultivado, pero también para
quienes respiren aliviados cuando ya no esté.

El 90º cumpleaños del máximo líder, celebrado este 13 de agosto entre
vítores y una buena dosis de culto a la personalidad, tiene todas las
trazas de ser su despedida. Ahora sus propios familiares más cercanos
deben estar explorando el calendario para elegir la fecha en que se
anuncie el funeral, porque un muerto tan grande no cabe en cualquier
día. Así que seleccionarán una jornada que no esté ocupada por el
recuerdo de alguna ofensiva en la que participó, una obra que inauguró o
algún larguísimo discurso con el que hipnotizó a la audiencia.

No hará falta, en este caso, desconectar aparatos ni dejar de
administrar medicamentos. Para decirle el adiós definitivo bastará con
darle su justa medida humana. Olvidar todos aquellos epítetos que lo
ensalzaban como “padre de todos los cubanos”, “visionario”, “impulsor de
la medicina” en la Isla, “modelo de periodista”, iniciador de la
“voluntad hidráulica”, “eterno guerrillero”, “constructor mayor” y un
larguísimo etcétera de títulos grandilocuentes que se han escuchado en
los días previos a su cumpleaños.

Fidel Castro y Michelle, la pequeña bebé que nació tras la visita de
Barack Obama a la Isla, estarán juntos en los libros de historia. Él
quedará atrapado en el volumen dedicado al siglo XX, aunque haya hecho
todo lo posible por colar su nombre en cada página dedicada a esta
nación. Ella protagonizará, junto a otros millones de cubanos, un
capítulo sin cruentas batallas diplomáticas ni enfrentamientos estériles.

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Nota de la Redacción: Este texto ha sido publicado este lunes 15 de
agosto de 2016 en el diario El País .

Source: Paisaje después del deshielo –
www.14ymedio.com/opinion/Paisaje-despues-deshielo_0_2054194563.html


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