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La alternativa al socialismo: una economía solidaria de mercado
Reflexiones sobre la experiencia de Chile
MAURICIO ROJAS, Santiago de Chile | Septiembre 09, 2016

Desde el año 2011 la izquierda chilena se ha lanzado a la búsqueda de
“otro modelo”, una alternativa a la economía social de mercado que ha
llevado al país a los notables éxitos económicos y sociales alcanzados
durante estos últimos treinta años. Mucha tinta se ha derramado sobre la
“inhumanidad” de un modelo que, paradójicamente, ha sacado a millones de
chilenos de la pobreza y transformado a Chile en un país de clase media
con el más alto ingreso per cápita de América Latina. Sin embargo, las
propuestas concretas sobre el contenido de ese “otro modelo” han
brillado por su ausencia. Antes, sus partidarios hubiesen lisa y
llanamente propugnado una economía socialista planificada como
alternativa, pero la evidencia histórica se ha encargado de demolerla.
Lo más cercano a una alternativa es lo planteado por Fernando Atria y
otros en el libro El otro modelo: expulsar la iniciativa privada de las
áreas de los servicios del bienestar o de la esfera de los “derechos
sociales” (salud, educación, pensiones, vivienda), como ellos los
denominan. Se trata de un modelo estatista socialdemócrata que no solo
es anacrónico y ha sido abandonado por las socialdemocracias más
modernas del norte de Europa, sino que está concitando un creciente
repudio de parte de la ciudadanía chilena, tal como lo muestra el
derrumbe en las encuestas de la presidenta Michelle Bachelet, cuya
aprobación apenas llega hoy al 15%, después de haber estado sobre 50% al
comenzar su mandato, en marzo de 2014.

Esta constatación no quiere decir que quienes defendemos la plena
vigencia de la economía social de mercado no debamos preocuparnos por
sus formas concretas de funcionamiento y su capacidad de dar respuesta a
las demandas siempre cambiantes de los ciudadanos. Esto es clave en el
Chile de hoy, donde como resultado del éxito del modelo de economía
libre y los tremendos progresos ya alcanzados han surgido nuevas
inquietudes y demandas acerca de la calidad, sostenibilidad y, no menos,
equidad del progreso logrado. Este “malestar del éxito”, que se
manifestó espectacularmente el 2011 y fue inicialmente canalizado por la
izquierda, seguirá estando presente y determinará el horizonte político
chileno durante largo tiempo. Las últimas manifestaciones masivas
pidiendo mejores pensiones y contra el sistema de pensiones basado en la
capitalización individual lo muestran con mucha claridad. Esto implica
que quienes queremos que Chile persevere en su senda de éxito no podemos
hacer oídos sordos a estas nuevas inquietudes y demandas. Debemos
hacerlas nuestras y canalizarlas, pero no hacia un cuestionamiento
destructivo del modelo de economía social de mercado, sino hacia su
profundización y mejoramiento.

En el caso del Chile actual corresponde, a mi juicio, poner un claro
acento en el componente social de la economía social de mercado. Ello no
implica que se deje de cuestionar lo referente al mercado, especialmente
considerando el fuerte cuestionamiento que hoy por hoy se hace del mismo
y las situaciones de abuso reiteradamente constatadas. En este sentido,
creo que son muy interesantes los puntos de vista de pensadores
británicos como Jesse Norman y Phillip Blond, que hablan de la necesidad
de “moralizar el mercado” a fin de hacerlo más eficiente y éticamente
defendible. Dejo de lado este tema para concentrarme en lo que, a mi
parecer, debe ser hoy el punto focal de una discusión sobre la economía
social de mercado: lo social.

Lo social en este caso se refiere específicamente a la necesidad de
realizar intervenciones políticas de carácter redistributivo destinadas
a corregir el resultado espontáneo de los mecanismos de mercado con la
finalidad de ampliar la base de recursos y oportunidades de que dispone
una parte significativa de nuestra sociedad. Se trata, en suma, de
incrementar la igualdad de oportunidades y quisiera dar tres razones
para fundamentar su apremiante necesidad: la primera referida a la
eficiencia, la segunda a la ética y la tercera a la política.

Eficiencia

El mercado es, sin duda, un distribuidor altamente eficiente de los
recursos productivos existentes. Sin embargo, sin una intervención
correctiva puede tender a subutilizar los recursos potenciales, en
particular aquellos referidos al capital humano y los talentos de la
población. Estamos ante una situación de potencial “desperdicio” o
“pérdida interna de cerebros”, para utilizar la expresión que Sebastián
Piñera usó en 1976 en uno de los ensayos que conformaron su tesis
doctoral. Esto implica que la falta de condiciones adecuadas para su
desarrollo hace que una parte del potencial productivo y creativo de la
sociedad nunca se realice y llegue “al mercado” para que éste la
distribuya eficientemente. Por cierto, el mercado crea incentivos para
el desarrollo del capital humano de la población, pero su capacidad
correctiva de las “desventajas de la cuna” y la falta de recursos que
limitan las oportunidades de muchos dista mucho de ser óptima,
particularmente en países donde importantes segmentos de la población
carecen de las condiciones mínimas para realizar su potencial y aportar
plenamente al proceso de desarrollo.

Este es, evidentemente, el caso tanto del Chile actual como de América
Latina en general, y por ello es que este punto es tan relevante. Se
trata, resumiendo, de un enorme desperdicio social y, no menos, de una
tragedia para cada persona afectada.

Un poco de historia

La historia económica abunda en ejemplos que ilustran la importancia
clave de la igualdad básica de oportunidades para lograr un crecimiento
económico dinámico y sostenible en el tiempo. El contenido concreto de
la igualdad de oportunidades ha ido variando de época en época y
tradicionalmente estuvo fuertemente relacionado con el acceso a la
tierra. Disponer de tierra propia le da al trabajador capacidad de
retener para provecho propio una parte importante del beneficio de su
producción, que luego podía ser invertida tanto en mejoras productivas
directas como en potenciar la educación de sus hijos, dotándolos de un
capital humano incrementado.

El caso de Estados Unidos es, a este respecto, paradigmático. La gran
nación del norte llegaría a la hegemonía mundial gracias, en gran parte,
al amplio acceso del inmigrante a la tierra, hecho que fue decisivamente
reforzado por las leyes aprobadas durante la Guerra de Secesión como la
Homestead Act, dictada por Abraham Lincoln en 1862. Ello creó no solo
una sociedad muy estable de propietarios y un gran mercado interno, sino
también condiciones comparativamente óptimas para el desarrollo de sus
talentos potenciales. Fue la sociedad con mayor igualdad de
oportunidades de su tiempo y por ello también la más próspera y democrática.

Este tipo de ejemplos podrían multiplicarse fácilmente y veríamos, casi
sin excepción, que donde la tierra estuvo más igualitariamente
repartida, como en los países escandinavos, se generó mayor progreso, y
donde estuvo el latifundio allí estuvo, y a veces aún está, la pobreza.
Baste comparar, entre otros casos, el norte con el sur de Italia, o
Cataluña y el País Vasco con Andalucía y Extremadura en el caso de España.

Esta breve referencia nos dice también algo muy importante sobre el
fracaso histórico de América Latina para alcanzar el desarrollo. Las
grandes desigualdades heredadas de la época colonial excluyeron de una
participación social plena a una gran mayoría de su población, lastrando
con ello sus posibilidades de alcanzar, pese al extraordinario boom
exportador de fines del siglo XIX, un progreso duradero. Esto es
igualmente relevante para entender la historia de Chile. Hacia fines del
siglo XIX el país experimentó una bonanza económica espectacular
derivada de la incorporación de las provincias salitreras del Norte
Grande. De hecho, entre 1870 y 1910 fueron muy pocos los países que
alcanzaron un crecimiento económico mayor que el de Chile. En 1910 se
llegó incluso a igualar o superar los ingresos per cápita de Francia o
Suecia, para no hablar de Italia o España, pero ello no llevó a Chile al
desarrollo sino a un frustrante y conflictivo siglo XX.

La razón de ello es simple: Chile fue un país rico con demasiada pobreza
y desigualdad, y pagó duramente las consecuencias de ello. El maná que
nos cayó del norte salitrero lo hizo sobre una sociedad profundamente
desigual, donde sus grandes masas de “peones”, “gañanes”, “jornaleros”,
“vagabundos” o “rotos”, siguieron siendo presa de la pobreza, la falta
de posibilidades educacionales, la subordinación, la exclusión y el
menosprecio social y racial. A comienzos del siglo XX casi dos terceras
partes de la población adulta estaban compuestas por analfabetos
incapaces de hacer un aporte productivo que fuese más allá de lo más
elemental. Su potencial de talento nunca se realizó, atando a tantos
chilenos a la pobreza heredada y condenando al país al subdesarrollo.
Esta es la dura lección que nos deja nuestra historia y sería muy triste
que volviésemos a tropezarnos con la misma piedra.

Ética

Lo dicho desde el punto de vista de la eficiencia es importante, pero
aún más lo son las consideraciones éticas sobre la necesidad de una
intervención política correctiva en los mecanismos de mercado. Desde el
punto de vista de las ideas de la libertad y la igual dignidad de los
seres humanos, la libertad no puede ser el privilegio de algunos, sino
un derecho real de todos. Este es el presupuesto ético fundamental de
una sociedad libre y lo seguiría siendo aún si una sociedad de hombres
libres no fuese la alternativa más eficiente en términos económicos.

Ahora bien, el ejercicio real de la libertad exige condiciones que
tienen directamente que ver con nuestro acceso a ciertos recursos y
seguridades básicas, sin las cuales la libertad queda reducida a una
pura promesa incumplida. La libertad de leer libros es más una burla que
una posibilidad para quien nunca tuvo la oportunidad de aprender a leer,
la libertad de información queda reducida a muy poco cuando no se tiene
la formación mínima que se requiere para procesarla y la libertad de
circulación no es más que una parodia cuando la delincuencia se apropia
de nuestras calles o la falta de medios de transporte adecuados la
hacen, de hecho, imposible o sumamente costosa.

En suma, el uso de la libertad requiere, como bien lo ha señalado el
premio Nobel Amartya Sen, del acceso simultáneo a ciertos derechos,
capacidades y recursos. Por ello la ética de la libertad coincide con la
perspectiva que subraya la importancia de la igualdad básica de
oportunidades. Las capacidades y los recursos necesarios para ejercer la
libertad van incrementándose con el avance del progreso. Por ello es
importante no quedarse amarrados a un concepto absoluto de pobreza, sino
considerarla también desde el punto de vista relativo, es decir, como
aquel umbral que define la exclusión del desarrollo social. Esta pobreza
relativa que impide o cercena la participación social fue, con toda
razón, subrayada por Adam Smith en La riqueza de las naciones y es la
misma que limita la realización de nuestras posibilidades o talentos. En
este sentido, libertad real e igualdad básica de oportunidades son dos
términos absolutamente complementarios que definen la mirada ética que,
a mi juicio, debe inspirar nuestros esfuerzos políticos.

Política

Las razones políticas para poner el acento sobre la igualdad básica de
oportunidades me parecen hoy evidentes. La estabilidad y la cohesión
sociales dependen de la existencia de un sentido general de justicia
acerca del orden establecido. Ahora bien, el sentido de lo justo y, por
ello, legítimo, ha evolucionado notablemente. Hubo un tiempo en que la
desigualdad y las jerarquías hereditarias fueron consideradas legítimas,
tal como lo fue el poder de los monarcas absolutos por gracia divina o
la limitación de la libertad o los derechos políticos a una minoría de
la población. Todo ello constituye parte del universo social premoderno,
aquel que fue definitivamente subvertido por la Declaración de
Independencia de Estados Unidos de 1776 al proclamar, como principios
fundacionales de la legitimidad del orden político, la igualdad así como
el respeto a la vida y la libertad de todos (“Todos los hombres son
creados iguales… dotados por su creador de ciertos derechos
inalienables… entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de
la felicidad”).

La historia política de la modernidad trata de cómo congeniar y realizar
esos valores: el de la igualdad, para que no destruya sino que potencie
el de la libertad, y el de la libertad, para que no se transforme en
indiferencia y falta de solidaridad para con el prójimo. Y ese es,
justamente, el gran desafío en nuestro Chile a fines del 2014. Solo
comprometiéndonos sin la menor ambigüedad con la igualdad que extiende y
fortalece la libertad, es decir, con la igualdad básica de
oportunidades, podremos combatir con éxito la idea socialista que busca
homogeneizarnos, atentando contra nuestra diversidad natural y sembrando
la envidia.

La legitimidad política del orden social de la libertad solo será sólida
cuando la abrumadora mayoría de los chilenos sienta que tuvo una
oportunidad justa de realizar sus potencialidades y alcanzar sus sueños,
y que sus hijos también la tendrán. Un orden político justo no puede
basarse en la lotería del nacimiento, sino en nuestra responsabilidad
común de que a nadie le falten las condiciones básicas del ejercicio de
la libertad.

Además, solo bajo esas condiciones se pueden legitimar el mayor éxito y
riqueza de algunos. Es por ello que en Estados Unidos ha existido no
solo una aceptación, sino incluso un culto al éxito y al enriquecimiento
legítimo. Se trata de una cultura fundada en aquella historia que ya fue
comentada, en esa igualdad de oportunidades que la sociedad
estadounidense le brindó a tantos y que, justamente por esa razón,
permitió fundar el “sueño americano” sobre la sólida roca de “the land
of opportunity”. En esta perspectiva, se entiende que la preocupante
orientación actual de la política estadounidense con el surgimiento de
líderes populistas como Donald Trump y Bernie Sanders está directamente
vinculada con el debilitamiento del “sueño americano” y el surgimiento
de un amplio pesimismo en diversos estratos de la población de Estados
Unidos.

En todo caso, el contraste histórico con lo ocurrido en América Latina
no puede ser más fuerte y aleccionador. En nuestros países, el éxito y
la fortuna están casi siempre puestos bajo sospecha y ello viene de una
historia de lacerantes desigualdades, donde las oportunidades les han
sido negadas a tantos y donde muchas veces la fortuna fue construida
sobre la base de la violencia –con su exponente paradigmático en la
conquista de América–, la connivencia con el poder político, el
privilegio, el negociado o el abuso. Todo ello nos lastra y nos conmina
a crear una sociedad más justa y, por ello, más libre.

Igualdad de oportunidades y Estado solidario

Varias veces se ha nombrado el concepto de igualdad básica de
oportunidades, pero sin definirlo más concretamente en nuestro contexto
actual. Se aludió a la importancia histórica del acceso a la tierra pero
es evidente que hoy ya no se trata de ello. A mi juicio, y sin entrar a
detallar cada punto, se trata de cuatro aspectos: educación, salud,
seguridad ciudadana e infraestructura. Es en torno a ellos que debemos
focalizar nuestras intervenciones correctivas de los efectos espontáneos
del mercado, comprometiéndonos a que todo chileno tenga acceso a esas
condiciones sin las cuales el ejercicio de la libertad y la realización
de sus potencialidades en gran medida se hacen ilusorias. Esto no
excluye otras intervenciones, como las que tienen que ver con la
situación de la población mayor, pero centran la discusión en el tema de
este ensayo: la distribución más pareja de las oportunidades y las
condiciones que las hacen posibles.

Ese debe ser nuestro gran compromiso político, pero ello no implica en
absoluto que propongamos un tipo de Estado de bienestar al estilo del
actual Gobierno chileno, es decir, donde el Estado asume no solo la
responsabilidad de que a nadie le falten estos recursos sino que de
hecho pretende monopolizar su financiamiento y gestión. Eso es algo que
debemos rechazar con fuerza. Nuestra concepción de Estado de bienestar
debe seguir siendo subsidiaria respecto de lo que pueda emprender la
sociedad civil, que debe concitar el foco de nuestra atención. Nuestras
intervenciones deben potenciarla, empoderando directamente a los
ciudadanos y no al Estado ni a los políticos de turno. Esa es la opción
de la solidaridad con libertad o, como la he llamado en otro contexto,
del Estado solidario, que es diametralmente opuesto al Estado-patrón de
la ideología socialista.

Para concluir, quisiera proponer un cambio en nuestro vocabulario que
sirva para destacar con fuerza la importancia que debemos darle al
aspecto social o solidario de la economía de mercado. Tal vez podríamos,
en lugar de la palabra “social”, que es un poco imprecisa y deslavada,
usar la palabra “solidaria”. Así, en lugar de economía social de mercado
podríamos decir economía solidaria de mercado.

Source: La alternativa al socialismo: una economía solidaria de mercado

www.14ymedio.com/opinion/alternativa-socialismo-economia-solidaria-mercado_0_2058994090.html


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