Informacion economica sobre Cuba

Ese mal que nos acompaña: la corrupción
WALDO FERNÁNDEZ CUENCA | La Habana | 10 de Octubre de 2016 – 21:29 CEST.

Uno de los mayores enemigos de las sociedades modernas es el fenómeno de
la corrupción. Ningún país está libre de este flagelo. Todas las
naciones, en mayor o menor grado, han creado legislaciones y mecanismos
de control para intentar atajar uno de los principales obstáculos al
desarrollo económico y a la credibilidad de las instituciones
democráticas. Conscientes de la magnitud del problema, la comunidad
mundial aprobó en el año 2003 la Convención de las Naciones Unidas
contra la Corrupción, el primer instrumento jurídico de carácter
internacional contra este extendido mal para los países signatarios.

La República de Cuba es uno de los países firmantes de esta Convención;
sin embargo, en la III Conferencia de Estados Parte de la Convención,
celebrada en 2009, el funcionario cubano que estuvo presente declaró:
“Cuba reitera su decisión de continuar profundizando en el
enfrentamiento a la corrupción (…) convencida de que el cumplimiento de
los principios de la Convención impide que el mecanismo de revisión
pueda ser susceptible de manipulaciones mal intencionadas en la
selección de los Estados Parte que se examinen y de los examinadores,
que puedan dar lugar a desvirtuar la esencia de esos principios”.

De este fragmento puede entenderse entre líneas cómo el régimen cubano
actual no toleraría que se usara la Convención para que instancias
independientes supervisaran el estado de la corrupción en la Isla.

¿Qué se entiende por corrupción? Entre las varias definiciones al uso,
podríamos quedarnos con la de Transparencia Internacional, la ONG
encargada de monitorear los niveles de corrupción a escala planetaria,
la cual define el fenómeno como el mal uso del poder encomendado para
obtener fines privados. Esto tiene su expresión en múltiples delitos
como fraude, soborno, apropiación indebida de un bien público o
enriquecimiento ilícito. La corrupción se asocia, además, con prácticas
de nepotismo, extorsión, tráfico de influencias, uso indebido de
información privilegiada para fines personales, entre otros.

El caso de Cuba ocupa un lugar sui géneris. En su última evaluación, del
año 2015, la ONG Transparencia Internacional colocó a Cuba en el lugar
56, o sea, más o menos en medio del ranking, lo cual paradójicamente
sitúa a la Isla como una de las 60 naciones menos corruptas del planeta.
Esta evaluación pudiera dar la impresión de que Cuba, aunque lejos de
extirpar el fenómeno, pudiera ser un ejemplo para otras naciones que
están mucho más arriba en dicha tabla. Sin embargo, medir el nivel de
corrupción en el caso cubano es una tarea muy compleja debido a la nula
transparencia de la gestión gubernamental.

La corrupción en la Isla —podría decirse— es un modo de vida. Con los
salarios más bajos del continente (24 dólares mensuales), una economía
bastante improductiva y una nomenclatura octogenaria, acostumbrada a no
rendir cuentas de su proceder por más de cinco décadas, la corrupción se
ha vuelto una práctica extendida y validada por amplias capas de la
población que la ven en muchas ocasiones como el único modo de
supervivencia.

De ahí la importancia de este dossier:poner en contexto el enorme daño
que hace y hará a una futura democratización de la sociedad cubana este
flagelo.

El periodista y analista cubano Carlos Alberto Montaner ha expuesto en
su artículo “La corrupción y sus tres enormes daños” varios de los
principales efectos nocivos de esta práctica en una sociedad que desee
superar el subdesarrollo y consolidar su sistema democrático. “Primero:
pudre la premisa esencial del Estado de Derecho desmintiendo el
principio de que todos están sujetos a la autoridad de la ley. Si el
político o el funcionario roban impunemente, o reciben coimas por
otorgar favores, ¿por qué el ciudadano común va a pagar impuestos? ¿Qué
le impide mentir o hacer trampas? La ley establece que es delito vender
cocaína y también apoderarse de los bienes públicos. ¿Por qué no vender
cocaína si otros desfalcan impunemente el tesoro nacional? ¿Por qué no
asaltar un banco? ¿Qué diferencia moral hay entre robarles a todos o
robarle a una empresa o a una persona específicamente?”

Montaner agrega: “Segundo: adultera y encarece todo el proceso
económico. La economía de mercado está basada en la libre competencia.
Se presume que los bienes y servicios compiten en precio y calidad. Es
el consumidor final el que decide cuál empresa pierde o gana. Cuando un
político o un funcionario favorecen a una empresa a cambio de una
comisión, esta operación nonsancta fuerza al consumidor a seleccionar
una opción peor y más cara, dado que el costo de la corrupción se agrega
a los precios. Por otra parte, la corrupción elimina los incentivos para
innovar y mejorar la calidad de lo ofertado, mientras reduce
notablemente la productividad, que es la base del crecimiento”.

Y concluye Montaner: “Tercero: destroza la estructura ideal de la
meritocracia a que debe aspirar toda sociedad sana. Debilita la pasión
por estudiar y frena el impulso de los emprendedores. En las sociedades
corruptas prevalecen las conexiones personales. ‘El que tiene padrinos
se bautiza’, es la consigna general. Los vínculos son más importantes
que el esfuerzo por competir en un mercado abierto y libre. ¿Qué sentido
tiene quemarse las pestañas estudiando cuando, para enriquecerse, basta
pasarle un sobre bajo la mesa a un funcionario corrupto? ¿Para qué sudar
y penar en el esfuerzo por crear una empresa exitosa, si para lograr el
triunfo económico basta una combinación entre las relaciones personales
y la falta de escrúpulos?”

Del daño causado por la corrupción y la posibilidad de que el sistema
implosionara internamente habló de manera muy tardía el caudillo Fidel
Castro en 2005, cuando expresó que el sistema podían destruirlo los
“propios revolucionarios” debido a las extendidas prácticas de
corrupción que existían por doquier. Desde su ascenso al poder, y en más
de una alocución, su sucesor Raúl Castro ha llamado a combatir este mal
al que, de modo erróneo, iguala con “la contrarrevolución”.

Raúl Castro se refiere, obviamente, a las malas prácticas arraigadas en
las empresas estatales y los grandes desfalcos de que estas han sido
objeto por burócratas con acceso a bienes y recursos. Que esto suceda
deja siempre muy mal parado el discurso duro del régimen y conlleva que
los escándalos sean silenciados por la prensa oficial.

El General Presidente nunca hablará de la naturaleza corrupta de la
elite militar cubana y el secretismo con que opera sus millonarios
negocios. Por ahí comienza la corrupción en Cuba. Y la larga cadena
termina con el simple ladrón que, aprovechándose de la crónica escasez
de cualquier producto, revende en el mercado negro para sacar algún
provecho.

¿De qué manera puede entorpecer la corrupción una futura transición
hacia la democracia en la Isla? ¿Cómo se manifiesta en la actualidad
cubana este dañino fenómeno? ¿Es la corrupción una actitud incorporada a
nuestra idiosincrasia y, por lo tanto, imposible de extirpar? ¿Serán
capaces las futuras generaciones de cubanos de crear instituciones
transparentes que permitan una loable gestión pública? A esta y otras
preguntas intentará acercarse este dossier para contribuir al debate
sobre la futura democratización de Cuba.

Editor: Waldo Fernández Cuenca.

Subeditores: Alejandra Pomar Sánchez, Brandon Vargas, Juliette Isabel
Fernández Estrada.

Source: Ese mal que nos acompaña: la corrupción | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1475881173_25867.html


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