Informacion economica sobre Cuba

Fórmulas caducas, palabras vacuas
En las páginas de Granma solo es posible encontrar artículos en que se
repiten conceptos sin vigencia, cada vez más aburridos y carentes de
vitalidad
Redacción CE, Madrid | 06/10/2016 12:45 pm

Bajo el título Un almendrón, ¿dos banderas?, Enrique Ubieta Gómez
publicó el miércoles un artículo en Granma que refleja las limitaciones
en el discurso de quienes intentan sustentar, bajo preceptos éticos, la
permanencia de los residuos del modelo cubano imperante.
Limitaciones que, de entrada, hay que asumir concediéndole al menos el
valor de la sinceridad a quien escribe en el órgano oficial del Partido
Comunista de Cuba, lo que deja fuera de la discusión y el análisis
cualquier duda al respecto. Suponer tal sinceridad no es entonces
formulada como un rasgo de ingenuidad al analizar, ni una carta de
confianza, sino sencillamente con el objetivo de aislar la formulación
escrita de las motivaciones de quien la produce, y limitarse al texto
como un cuerpo autónomo.
Tomando como partida un viaje desde el asiento trasero de un taxi
particular habanero, un “almendrón” que “botea” por las calles de la
capital, el autor pasa a describir a quienes lo acompañan en su
recorrido, como si dentro del vehículo y con una descripción bastante
elemental se pudiera encerrar buena parte de la sociedad cubana actual:
una mujer con una niña que han vestido de adulta —“labios pintados,
collar de cuentas y pantaloncito ajustado”, en una caracterización que
sugiere mucho más que lo que dice—; un joven al parecer médico; un
hombre “que exhibe sus músculos y sus cadenas de oro” y “una adolescente
vestida con el uniforme de secundaria, a la que parece no importarle
nada fuera de su celular”.
Pero la verdadera esencial del artículo no se encuentra en los pasajeros
sino en las dos banderas, una cubana y una estadounidense, colocadas
sobre la pizarra del automóvil, como se verá más adelante.
Antes de llegar a ese punto, Ubieta se detiene en explicar que el chofer
“es bueno”, lo que quiere decir que recoge a todos los pasajeros que
puede y no abusa en el cobro del pasaje, que no trata de burlar el
precio tope en el cobro del pasaje establecido por el Estado. Eso
provoca el sarcástico del hombre de las cadenas, que le dice al
descender del vehículo: “No seas bobo, aprovecha el momento, siempre
aparece alguien dispuesto a pagar el doble”.
Así que ante todo se plantea la existencia de un chofer honesto para
ejemplificar al menos tres rasgos de la sociedad cubana actual. Uno
vendría a ser la excepcionalidad, porque si una figura ha sido
considerada por décadas, no solo por el Gobierno sino por la población,
como ejemplo de individuo que se aprovecha de la situación para obtener
el máximo de provecho personal es el chofer particular o “botero”. Dos,
que ese hombre honesto tiene sin problema dos banderas adornando su
auto: la de la patria y la del hasta ayer país enemigo. La tercera es
que el chofer particular siempre ha representado al trabajador por
cuenta propia, que incluso en los momentos máximos del empleador estatal
omnipotente representó cierta independencia, aunque fuera atemperada por
estar sometido a cierta forma de cooperativismo.
El chofer “bueno” marca entonces la señal con la que el articulista nos
advierte que intenta huir del estereotipo fácil: del obrero de
vanguardia frente al individualista. En la sociedad cubana, nos dice,
aunque no lo escribe, hay cabida y reconocimiento para los trabajadores
particulares “buenos”.
Ante todo, hay una diferencia fundamental y cotidiana entre el trabajo
estatal y el que se dedica a laborar por cuenta propia, y es el dinero
que ganan. Si son los choferes que —a diferencia del que ha tenido la
suerte de subirse en el auto— sacan el mayor provecho de la necesidad
ajena: “Es cierto que tienen que pagar impuestos, y mecánicos (a veces,
tan inescrupulosos como ellos), y gasolina o petróleo y piezas de
reposición, etc. Pese a todo, sacan en limpio en un día, tanto o más que
lo que esos viajeros desesperados al mes”.
“¿La ganancia máxima de unos pocos, está por encima de la voluntad y de
los intereses de la sociedad?, ¿de la sociedad socialista, quiero
decir?”, se pregunta Ubieta.
Y aquí salen a relucir las dos banderas. Para el autor del artículo, la
bandera de Estados Unidos no es la de los padres fundadores de esa
nación sino que “ha incorporado el comportamiento interno y externo del
país que representa y es hoy uno de los símbolos mundiales más visibles
del imperialismo”, un hecho del que el articulista excluye a “la gente
de pueblo, en ambas orillas, tiene mucho en común. Pero en cada bandera,
en cada símbolo, se objetiva una historia, más allá de la voluntad de
los individuos”.
Cabe preguntarse en qué libro de historia se fundamentó Ubieta para
arribar a tal conclusión, porque Estados Unidos surge como una nación
creada como un proyectada como un proyecto nacional y social que en
ningún momento se planteó un sistema igualitario, y donde incluso
algunos de esos padres fundadores eran esclavistas y la Constitución
adoptada en 1787 permitía ese sistema de explotación, aunque se hicieron
esfuerzos por limitarlo. Pero el discurso populista de dos pueblos con
“mucho en común”, más allá de las diferencias políticas e ideológicas
siempre ha sido un argumento socorrido de una demagogia que busca
justificaciones para opacar lo que es simple oportunismo.
Esa justificación de “cambios de ruta” que “determinan, a veces, cambios
de bandera”, Ubieta señala que ello no ha ocurrido en Cuba: “Los cubanos
no tuvimos que cambiar de símbolo, porque nuestra bandera, la mambisa,
expresa un concepto de Patria vigente, que aspira a la solidaridad y a
la justicia social entre todos sus ciudadanos”.
A partir de aquí, el artículo de Ubieta entra en el terreno del delirio.
Nos dice que “la historia reciente de Cuba ha enriquecido ese símbolo”,
sin entrar en detalle, y pretende vendernos que Cuba es la nación que
representa “las aspiraciones de los revolucionarios de todos los
tiempos”. Recurre —¡no faltaba más!— a José Martí y nos plantea que: “No
se suponía que la nueva sociedad empezaría a construirse en una isla sin
recursos naturales, pobre y bajo hostigamiento económico y mediático,
pero la apuesta es diferente: el socialismo no desestima el bienestar
material, pero aspira a que cada individuo tenga según lo que es (lo que
aporta), porque el sentido de la vida lo determina el ser”.
De esta manera, en una formulación que resucita sin mencionarlo
directamente que la idea de construir el socialismo en Cuba no fue más
que una negación de otros padres fundadores, los del marxismo, en la
continuación de un experimento que se había iniciado en Rusia,
continuado en China y otros países, y llegado al Caribe para finalmente
acumular fracasos en todos ellos, a Ubieta no le queda más argumento que
volver a sacar a relucir —también sin mencionarla— la “Crítica al
Programa de Gotha”: “a cada cual según su aporte”, con lo que da a
entender que los cubanos continúan en la “primera” y eterna fase de la
construcción de una nueva sociedad donde todavía están presente los
rasgos de la anterior.
En última instancia, al articulista solo le queda recurrir a una
supuesta formulación ética de origen martiano —“Quien tiene mucho
adentro, necesita poco afuera”— que mejor sería resumir en un dicho
pueblerino: “pobre, pero honrado”.
El mantener tal discurso caduco, del que a diario dan muestra las
páginas de Granma, solo evidencia la falta de una formulación mejor para
explicar el crecimiento de las desigualdades de un país donde el
Gobierno es incapaz de un programa capaz no de eliminar las
desigualdades sino de incrementar las oportunidades. Esa carencia de un
sustento ideológico hace que en la Cuba actual estas fórmulas caducas
encuentren su nicho en la prensa oficial, pero no en el asiento trasero
de un “almendrón”.

Source: Fórmulas caducas, palabras vacuas – Noticias – Cuba – Cuba
Encuentro –
www.cubaencuentro.com/cuba/noticias/formulas-caducas-palabras-vacuas-327003


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