Informacion economica sobre Cuba

Conveniencia política y políticas de conveniencia
El Partido Demócrata debe emprender un análisis profundo sobre la
situación cubana
Alejandro Armengol, Miami | 17/11/2016 10:12 am

En diversas ocasiones se ha señalado que el fallecido exmandatario
republicano Ronald Reagan supo aprovecharse de la reacción violenta de
los blancos contra el movimiento de los derechos civiles. Con ello no se
acusa a Reagan de racista, más bien se señala como un político hábil es
capaz de agarrar la oportunidad de un cambio. De haber apoyado
abrumadoramente a los demócratas, muchos blancos sureños pasaron a
hacerlo en igual forma con los republicanos. Fue una estrategia política
deliberada, llevada a cabo por el Partido Republicano.
La historia, sin embargo, nunca ha sido escrita completamente en blanco
y negro.
Por muchos años el Partido Demócrata admitió el enorme racismo en el
sur, sin que los legisladores del área hicieran algo más que adaptarse
al “color local”. Si bien hay demócratas como Lyndon B. Johnson, que se
caracterizó por una actitud progresista en el terreno nacional, con su
legislación en favor de los derechos civiles en 1964, una ley de derecho
de voto en 1965 y una extensión de la Seguridad Social —y que en una
visión parcializada ha pasado a la historia fundamentalmente como un
gobernante agresivo y fracasado, por su actitud errada de sostener una
escala en la guerra contra Vietnam—, hay figuras en el campo
republicano, como Richard Nixon, que si bien no podrían considerar
exactamente lo contrario, en ocasiones supieron imprimir un pragmatismo
que fue más allá de las barreras ideológicas y partidistas.
Pero en su momento más de un político demócrata sureño reprochó a
Johnson que, ya fuera mediante la fuerza —incluida la Guardia Nacional,
un cuerpo militar cuyos miembros están bajo el mando dual de los
gobiernos estatales y el federal— en las ciudades o compromisos forzados
—ya fuera mediante componendas o presiones de todos tipos— impusiera al
Sur el fin de la segregación racial y no permitiera que el proceso se
realizara de forma más pausada.
Eso que, incluso ahora con el triunfo electoral de Donald Trump, es
difícil que un político admita sin arriesgarse a romper con lo
políticamente admisible dentro del sistema —un concepto ético elemental
que va más allá, pero en ocasiones se confunde con lo “políticamente
correcto”, y que en los últimos tiempos se ha manipulado dentro de una
connotación negativa al establishment— reavivó el viejo dilema
estadounidense entre el federalismo y el centralismo político, pero
dicho conflicto tiene una amplitud que trasciende la segregación racial
y el racismo.

La pérdida del Sur
La famosa frase atribuida a Johnson tras la firma de la Ley de Derechos
Civiles en 1964 —“hemos perdido al Sur por una generación”— no ha podido
ser verificada. Y tampoco es cierto que los demócratas dejaron de
imponerse como fuerza política por entonces en los estados sureños.
El auge republicano en el sur, en la época de Barry Goldwater, tuvo una
corta duración. Las ganancias republicanas en la región ocurrieron en
1964, pero habían desaparecido para 1966. Pasaron décadas antes de que
el Partido Republicano lograra el dominio en dichos estados. El primer
triunfo electoral de Reagan, en 1980, no puede considerar una “victoria
sureña” porque se impuso en 44 estados mientras Jimmy Carter en apenas 6
estados y el Distrito de Columbia. Fue a partir de 1988 cuando por
primera vez los candidatos republicanos comenzaron a destacarse por sus
mejores resultados en el Sur. No hubo gobernador republicano en Georgia
hasta 2002 y senador republicano por Louisiana hasta 2004. El Partido
Republicano no logró dominar el senado estatal de Carolina del Norte
hasta 2010.
Lo que ocurre es que con frecuencia diversos factores se mezclan en un
resultado único. Cuando Reagan dijo “creo en los derechos de los
estados” y “creo que hemos distorsionado el equilibrio de nuestro
Gobierno por entregar poderes que nunca se creyó fueran dadas en la
Constitución al gobierno federal” el lugar elegido no pudo ser peor —¿o
mejor de acuerdo a sus objetivos políticos?—, ya que dicho discurso fue
pronunciado en el lugar donde habían sido asesinados tres defensores de
los derechos civiles de Mississippi en 1964.
Lo interesante, en todos los casos, es que crearon justificaciones que
luego se han convertido en mitos —esgrimidos por republicanos y
demócratas, derechistas e izquierdistas— que justifican un cambio
oportuno con una fuerza emocional que no admite réplicas.

Llegaron los cubanos
La estrategia republicana, que se afirma fue empleada por Reagan,
también se ha utilizado para explicar otro cambio político: el de los
exiliados cubanos, de demócratas a republicanos. Un cambio que por años
se ha mantenido tan fuertemente arraigo en el ideario de la comunidad
exiliada —sobre todo en Miami—, que ha justificado entuertos, malas
decisiones electorales y hasta actividades corruptas condenadas en los
tribunales con una coraza que van mucho más allá de cualquier
razonamiento y es puramente irracional.
En el caso cubano, dos factores son fundamentales para entender esa
transición de demócratas a republicanos: la renuencia de los exiliados
provenientes de la Isla —en especial los llegados hasta la década de
1990, que son quienes conforman la comunidad con mayor influencia
política— a comportarse como una minoría y sin que esto les impidiera
reclamar los beneficios circunstanciales, acordes a dicha clasificación,
y el rechazo a una asimilación total en la nación que les dio refugio.
En ambos factores hay orgullo nacional, pero pese a lo repetido hasta el
cansancio, el patriotismo —entendido como el ideal de lograr un
derrocamiento del régimen de La Habana— no ha sido el motivo fundamental
a la hora de elegir partido político por los cubanos en este país. Más
bien una socorrida justificación emocional, explotada una y otra vez por
políticos oportunistas, pero también admitida sin un cuestionamiento por
votantes demasiados dispuestos a aceptar cualquier justificación al paso.
Eso explica la fidelidad republicana, pese a los reiterados fracasos de
los gobernantes provenientes del Partido Republicano en lograr cualquier
cambio en Cuba. Es cierto que los mandatarios demócratas no han logrado
mucho tampoco, pero un republicano siempre es absuelto cuando a un
demócrata se le condena por anticipado.
La renuencia al melting pot llenó de orgullo a las primeras generaciones
de exiliados, que soslayaron la transformación de la sociedad
estadounidense, donde la integración fue cediendo ante el
multiculturalismo. Exigir que se les respetara su singularidad y no
aceptar las diferencias ajenas. No resulta extraño entonces que dicho
núcleo de exiliados terminara aceptando plenamente al candidato Trump
—que precisamente se ha convertido en símbolo del revival de la
excepcionalidad americana y el anti-multiculturalismo—, pese a las
reticencias iniciales por la derrota en las primarias de sus aspirantes
presidenciales “favoritos”.
Esa “excepcionalidad cubana”, junto a la miopía ante las circunstancias
condicionaron por décadas varias explicaciones erróneas sobre el
comportamiento de los exiliados.
Una de ellas es su preferencia partidista. Aunque en la actualidad esta
tendencia ha ido transformándose —y en particular entre los jóvenes
cubanoamericanos hay quienes tienden a mantener una independencia
partidista y rechazan una fidelidad incondicional al republicanismo—, la
mayoría de los cubanoamericanos que son votantes registrados pertenece
al Partido Republicano y no al Demócrata, que tradicionalmente ha sido
el preferido por las minorías negra y latina.
Se ha justificado el hecho argumentando que las preferencias políticas
de los exiliados están basadas en criterios de política internacional y
no con relación a temas locales.
La elección que acaba de concluir parece confirmar el hecho. Cuando en
los días finales de su campaña Trump vino a buscar el voto cubano a
Miami no prometió el regreso de “las factorías” a Hialeah ni construir
un muro. Le bastó un cambio en su discurso anterior y comenzar a hablar
“en contra de Castro”.
El alcance real del voto cubano en la victoria de Trump ya ha sido
analizado en CUBAENCUENTRO. Queda para el futuro el ver si el presidente
Barack Obama pasará a integrar la lista de mandatarios demócratas
“culpables” a los ojos del exilio.

Los “culpables”
Hasta la llegada de Obama, dos mandatarios demócratas cargaban con la
responsabilidad del alejamiento de la comunidad exiliada de las filas
demócratas. Primero al sentirse ésta traicionada por la actuación del
expresidente John F. Kennedy en la invasión de Bahía de Cochinos, y
luego durante la Crisis de Octubre. Posteriormente por la política del
expresidente Carter, que autorizó el “diálogo”, los viajes de la
comunidad y abrió la Oficina de Intereses de Washington en La Habana.
La realidad es mucho más compleja. Numerosos políticos cubanos
continuaron siendo demócratas, incluso tras la llegada de Reagan al
poder (Reagan, por otra parte, también fue demócrata, y explicó su
cambio con una frase feliz, pero no original, sino apropiada del capitán
del Titanic: “Yo no abandoné al Partido Demócrata, el partido me
abandonó a mi”). Por ejemplo, Lincoln Díaz Balart fue demócrata hasta
1985. En 1984 actuó de copresidente de la organización “Demócratas a
Favor de Reagan”, un hecho que lo enemistó con otros miembros del que
entonces era su partido y en donde nunca llegó a triunfar en las
elecciones primarias.
A partir del próximo año se verá si los políticos demócratas se
mantienen firmes en el apoyo al “legado de Obama”, en lo que respecta al
caso cubano, o si explorarán nuevos rumbos o variantes dentro de esta
posición. El problema aquí es, en parte, el poco tiempo transcurrido. Un
posible reproche a Obama es que esperara a los dos últimos años de su
segundo mandato para poner en práctica una transformación tan radical,
aunque se saben los motivos externos e internos que explican dicha
demora. La otra interrogante es cuán rápido, si ocurre, le llevará al
nuevo presidente modificarla o anularla.
“Pensar que por medio de gastar dinero estadounidense, de modo que los
estadounidenses puedan comprar tabacos cubanos y ron cubanos, y
hospedarse en hoteles en terrenos robados, que estos dos octogenarios
obstinados y sus cómplices van a cambiar nada es, en el mejor de los
casos, una ingenuidad”, advirtió en abril de este año el senador estatal
Miguel Díaz de la Portilla, según informó CUBAENCUENTRO.
Una modificación drástica en pocos meses del enfoque emprendido por
Obama despertará la especulación sobre lo que podría haber ocurrido con
más tiempo y seguramente en un nuevo capítulo para The Hidden History of
Negotiations Between Washington and Havana, de Peter Kornbluh y William
Leogrande. Aunque lo más probable que ocurra es una mezcla, entre
dilatación de conversaciones y acuerdos junto a sobresaltos migratorios.

Conveniencia política
El cambio mayoritario de demócratas a republicanos en muchos electores
cubanos obedeció a diversas circunstancias: la creación de la Fundación
Nacional Cubano Americana, la actuación del exgobernador floridano Jeb
Bush en favor de ciertos miembros de la comunidad convictos de actos
terroristas y la habilidad del Partido Republicano para aprovechar la
frustración del exilio ante el fracaso de la lucha armada y la
conversión del embargo en la última tabla de salvación para los
opositores a Castro. Los exiliados no son republicanos ni demócratas por
vocación, sino que al igual que ocurre con el resto de la población de
este país, se dejan guiar por sus líderes.
La conveniencia política —quizá sería más adecuado decir una política de
conveniencias— ha jugado un papel de igual importancia que la percepción
del republicanismo como la filosofía política más adecuada a sus ideales
de lucha frente al castrismo. Así se explica la mayor tolerancia hacia
los mandatarios republicanos en lo que respecta a la política
norteamericana respecto a la Isla.
Otro mito —de orden diferente— es la autonomía empresarial del exilio y
su defensa denodada de la menor participación posible del Estado en la
gestión económica. Tal filosofía ha servido para que estos exiliados se
consideren representantes ejemplares del neoliberalismo. Pero un
análisis del desempeño de algunos capitales cubanos en esta ciudad
muestran un panorama distinto, y el mérito y virtud en obtener riquezas
se encuentran más cercano en un astuto aprovechamiento de los vínculos
con el poder local, estatal y nacional, en una forma que los convierte
en la práctica en paladines del mercantilismo —el modo económico en que
el poder gubernamental se pone de parte de determinados grupos de
interés para facilitarle la adquisición de prebendas, contratos y
ganancias— y no en competidores que miden sus fuerzas y recursos en un
mercado abierto.
Esta unión de negocios y política se encuentra en la raíz de las
posiciones de algunos líderes comunitarios, portavoces del exilio y
representantes políticos. Define sus conceptos y valores sobre lo que
consideran mejor para el futuro cubano y explica sus apoyos y rechazos
respecto a la forma no solo de lidiar con el Gobierno de la Isla sino de
considerar las aspiraciones de quienes viven en ella.
Intereses comerciales y económicos que bajo un disfraz de patriotismo
intentan algo más simple: hacer negocios. Si hoy son republicanos, es
porque piensan que con este partido sus posibilidades son mayores. Lo
demás es ruido y patriotismo de café.
Uno de los errores del Partido Demócrata ha sido el no canalizar, o
apoyar de forma decisiva, a otros sectores de la comunidad exiliada con
una visión distinta al exilio que, a falta de mejores calificativos, se
define como “histórico”, “tradicional” o de “línea dura”. Todo ello, por
supuesto, dentro de la situación actual en una comunidad exiliada donde
un sector en disminución por razones biológicas —al igual que ocurre en
Cuba— conserva en gran medida su poder político, y otro en aumento
demográfico carece de una notable fuerza electoral —y al parecer tampoco
muestra un gran interés en tenerla.
En la misma medida que el Partido Demócrata debe a sus miembros un
análisis profundo de sus errores, que lo llevó a perder miles de votos
de obreros y campesinos que por décadas se identificaron con él, y a
rectificar el repliegue ante la elite empresarial y bancaria iniciado
por el expresidente Bill Clinton —que Obama frenó en parte, pero no lo
suficiente—, tiene que valorar que Cuba es algo más que un mercado.
Este trabajo amplía, actualiza y retoma ideas expresadas con
anterioridad en Cuaderno de Cuba.

Source: Conveniencia política y políticas de conveniencia – Artículos –
Opinión – Cuba Encuentro –
www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/conveniencia-politica-y-politicas-de-conveniencia-327699


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