Informacion economica sobre Cuba

Un “bloqueo” sin barcos de guerra
La Habana lleva años cambiando las reglas, cuando se señalan las
diferencias que hay entre condenar a una persona por un delito de
opinión y el expediente de colaborar con el enemigo
Redacción CE, Madrid | 23/11/2016 8:23 am

Por décadas el Gobierno cubano viene repitiendo que “no hay una sola
familia cubana que en los últimos 50 años llore a un familiar
desaparecido, no hay una sola que llore a un familiar asesinado
extrajudicialmente, no hay una sola denunciando trato inhumano
degradante, torturas como las que se aplicaron en otros países de
América Latina”.
Estas palabras las pronunció el excanciller Pérez Roque en un foro
internacional, el mismo que años después sería separado de forma abrupta
del gabinete cubano, sin necesidad de muchas explicaciones al respecto,
salvo el dictado casi bíblico de Fidel Castro sobre la predilección por
las “mieles del poder”.
Aunque no importa si lo dice un funcionario u otro. Un “ex” o alguien a
quien aún no han declarado fuera de la colmena. En todos los casos, no
se trata más que de máquinas repetidoras, que no se apartan una palabra
del guion dictado desde la Plaza de la Revolución.
La afirmación no solo ha sido cuestionada por diversos testimonios, sino
que encierra una falacia. Las formas de represión ejercidas por el
régimen cubano han sido mucho más organizadas y disciplinadas, sin tener
que recurrir, hasta el momento y en la mayoría de los casos, a la
violencia indiscriminada.
Hay una porción de verdad en la afirmación del Gobierno de La Habana, en
el sentido de que no hay en Cuba un historial de desapariciones similar
al que tienen diversas dictaduras latinoamericanas. Sin embargo, este
criterio no lo absuelve de su historia represiva.
Es más, lo que en otros países es pasado, en Cuba es presente. En la
Isla se practica una represión sin tregua, aunque en la mayoría de los
casos las largas condenas han sido sustituidas por breves arrestos
preventivos.
La referencia a las desapariciones tiene cierta dualidad, ya que busca
tanto la absolución como el destacar la eficiencia de la maquinaria
represiva cubana. Esta le ha permitido prescindir de acciones que tanta
“mala fama” acumulan sobre los violadores.
No siempre ha sido así. Basta recordar la barbarie ocurrida con el
remolcador 13 de Marzo, cuando 41 personas, incluidos niños y mujeres,
murieron en un intento de abandonar el país. O la del río Canimar, donde
aún se desconoce el número exacto de víctimas. La ocasión en que tres
jóvenes secuestraron una embarcación con capacidad para 100 pasajeros,
el XX Aniversario, que hacía excursiones en ese río. Dos lanchas rápidas
de las patrullas de la Marina, con órdenes de evitar la fuga y hundir la
embarcación si fuera necesario, abrieron fuego contra el XX Aniversario
y los jóvenes respondieron. Como resultaba difícil hundir la embarcación
que estaba hecha de fibra de cemento, las patrullas se retiraron. En
cubierta quedaron varios pasajeros muertos y heridos. Entonces, un avión
de la Fuerza Aérea sobrevoló la nave. Algunos padres cargaron en alto a
sus hijos con la esperanza de evitar un ataque, pero este regresó y
abrió fuego, hiriendo y matando a más personas.
Aunque se puede argumentar sobre la existencia de otras formas de
“desaparición” en la Isla —fusilamientos, juicios sumarios, condenas
excesivas y encarcelamientos sin la celebración de un proceso penal,
para citar algunos de los hechos ocurridos desde la llegada de Fidel
Castro al poder, a los que hay que agregar las muertes en el mar
intentando llegar a Estados Unidos, hay un elemento importante a
destacar: la diferencia entre el recurrir a lo prohibido con la
intención de lograr un cambio de Gobierno y el establecimiento de un
régimen que cambia las leyes y normas con el objetivo de perpetuarse.
En este sentido, La Habana lleva años cambiando las reglas, cuando se
señalan las diferencias que hay entre condenar a una persona por un
delito de opinión y el expediente de colaborar con el enemigo. Es lógico
pensar en actos de espionaje, terrorismo y sabotaje cuando se habla de
“colaborar con el enemigo”. No en el caso cubano. Para el régimen de La
Habana, esta colaboración puede ser algo tan simple como publicar una
crónica en un periódico de Miami y España o simplemente intentar una
labor de periodismo alternativo, sin por ello incurrir en una crítica
visceral al Gobierno.
Al igual que en cualquier sociedad, el Gobierno de la Isla se encarga de
definir lo que es un delito. Sin embargo, lo que disgusta a sus
funcionarios es que alguien en cualquier lugar del mundo se cuestione
esa definición.
La ira desde la Plaza de la Revolución, por lo general, se expresa
acompañada de la denuncia de que la Isla se enfrenta a una “guerra
terrible con una potencia nuclear”, y pese a la retórica caduca, más a
partir del restablecimiento de relaciones entre Washington y La Habana,
los tambores de guerra resurgen puntuales, como acaba de ocurrir ahora
con las maniobras Bastión 2016.
Difícil comprender que una nación está en guerra con otra y al mismo
tiempo busca que se incremente el turismo desde el país enemigo. Una
guerra sin disparos y ataques mortíferos, sin acorazados y con viajes de
cruceros turísticos. Cuba recibió la visita de 53.748 viajeros de
cruceros durante el primer semestre de este año, 40.751 más que en igual
periodo de 2015, y la cifra incluye viajeros desde Miami (Carnival
Cruise Lines ya ha realizado viajes a la Isla mientras Royal Caribbean,
sin permiso aún de la parte cubana, ha decidido esperar tras el triunfo
electoral de Donald Trump).
Una contienda donde los únicos “barcos enemigos” que entran en aguas
cubanas traen mercancías que se cargan en los puertos de la nación
agresora. Cuba está en una “guerra”, dicen quienes gobiernan en la Isla,
y no le queda más remedio que encarcelar a los “agentes” que luchan en
favor del otro lado. Pero un buen número de disidentes cubanos ha
cumplido condenas de cárcel por el único “delito” de divulgar
información y buscar cambios pacíficos.
Recalcar el carácter pacifista de su lucha no tiene otro objetivo que
establecer un contraste: ese que existe entre las sentencias drásticas y
una actividad que limita su acción al terreno de la palabra.
Raúl Castro ha utilizado una ecuación básica para mantenerse en el poder
sin grandes problemas tras la desaparición de su hermano del control
cotidiano de la situación: lograr un difícil equilibrio entre represión
y reforma. Solo que las reformas son cada vez más tenues y con mayor
desánimo, mientras la represión se mantiene sin tregua.

Source: Un “bloqueo” sin barcos de guerra – Noticias – Cuba – Cuba
Encuentro –
www.cubaencuentro.com/cuba/noticias/un-bloqueo-sin-barcos-de-guerra-327763


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