Informacion economica sobre Cuba

¡Que viva el chequialibre!
MIGUEL SALES | Málaga | 23 de Diciembre de 2016 – 08:52 CET.

El Gobierno de Cuba está dispuesto a saldar la deuda que mantiene con la
República Checa. Es una buena noticia, porque desde 1989 los checos han
sido firmes aliados del exilio cubano y no merecen ser estafados por el
régimen que detenta el poder en la Isla. Las autoridades de La Habana,
que anunciaron la decisión la semana pasada, reconocen que se trata de
un adeudo de 276 millones de dólares, contraído en la época de la Guerra
Fría. Por entonces Checoslovaquia formaba parte de “los hermanos países
socialistas”, o sea, de los paganos europeos que financiaban con más o
menos largueza al sistema castrista. Pero como Cuba anda escasa de
liquidez, ha ofrecido pagar lo que debe no en dólares contantes y
sonantes, sino con botellas de ron.

A precio corriente de supermercado (suponiendo que les manden un alcohol
medianamente potable, como el Havana Club), eso representaría unos 25
millones de botellas de un litro. Según las tasas actuales de consumo de
alcohol en Chequia y habida cuenta del crecimiento demográfico previsto,
la remesa cubriría durante algo más de un siglo las necesidades etílicas
del país y sus visitantes.

Los checos no parecen muy entusiasmados con el trueque. Tienen la
descabellada pretensión de recuperar el dinero que prestaron, actitud
que a los cubanos les sienta fatal. Porque, después de todo, mientras
Cuba resistía a las agresiones del imperialismo estadounidense en el
Caribe, África, el Oriente Medio y Latinoamérica, los checos estaban muy
cómodos en el centro de Europa, protegidos de los estragos del
capitalismo por los humanitarios soldados del Pacto de Varsovia. Así
que, según el Gobierno de Cuba, era un acto de elemental justicia que
los “países hermanos” y, sobre todo, el hermano mayor soviético,
financiaran con dinero, armas y mercancías al primer territorio libre de
América.

El endeudamiento crónico que generó esa estrategia fue el resultado más
notorio de la invención del “socialismo dependiente”, único aporte real
de la ideología castrista a las ciencias políticas en el siglo XX. Cuba
despachaba guerrillas a Suramérica, ejércitos al África subsahariana,
policías a Vietnam y espías a todas partes, amén del azúcar y el níquel
que exportaba a precios “solidarios”; el bloque socialista, supuesto
beneficiario colateral de esa labor, mandaba a La Habana, entre otros,
latas de carne rusa, patatas búlgaras congeladas, uniformes para presos,
barredoras de nieve, autobuses, petróleo y mucho, mucho armamento. Los
economistas que han examinado el asunto calculan que hacia el decenio de
1980 el trueque representaba para Cuba un subsidio anual de 5.000
millones de dólares, algo así como la cuarta parte del PIB.

Esa situación potenció uno de los atributos más seductores del régimen a
los ojos de la izquierda europea y estadounidense. La revolución y su
máximo líder parecían escapar a las restricciones corrientes y molientes
de la economía, esa que Carlyle llamó “la ciencia lúgubre”. No tenían
que ocuparse de tareas prosaicas como equilibrar el presupuesto,
controlar el déficit o manipular la masa monetaria. Podían consagrarse
en cuerpo y alma a luchar contra el imperialismo y construir el paraíso
socialista, que garantizaría la justicia y la prosperidad a todos los
cubanos. Los subsidios soviéticos permitían financiar la vitrina
propagandística que conformaban el sistema educativo, la sanidad pública
y el enorme gasto del sector deportivo. Y hasta alcanzaban para pagar
algunos caprichos del Máximo Líder, como el centro de recreo privado de
Cayo Piedra, las residencias donde alojaba a sus invitados, sus partidas
de caza y de pesca y sus divertidos experimentos de genética.

Tras la desaparición del imperio soviético, la mayoría de los gobiernos
renunciaron a la idea de que Cuba saldara sus deudas y aceptaron
renegociarlas, lo que en la práctica ha equivalido a una quita en
perjuicio de los acreedores —no siempre oficiales— y un balón de oxígeno
para las finanzas de la Isla. Al parecer, ese beneficio contribuyó tanto
a incrementar la producción de ron, que ahora las autoridades cubanas
pretenden usarlo como moneda de trueque para restaurar la fe en su
solvencia internacional.

A fin de cuentas, el ron siempre ha sido uno de los artículos más
cotizados del Caribe. Los que un economista venezolano llamó “países
productores de postre”, en referencia al azúcar, el ron, el tabaco y el
café, han destilado durante siglos un licor excelente, que ha hecho las
delicias de medio mundo. Si los negociadores checos conocieran mejor la
historia de Cuba, podrían imaginar el provecho extraíble de esos 25
millones de botellas.

Por ejemplo, hasta finales del siglo XIX el ron fue una bebida grosera,
más asociada a esclavos, tabernas y marineros de la Royal Navy que a los
delicados paladares de la aristocracia. Pero en 1898 Estados Unidos
declaró la guerra a España y mandó a Cuba un cuerpo expedicionario que
inclinó la contienda en favor de los separatistas. Según el folclor
criollo, cubanos y norteamericanos, soldados y oficiales, celebraron la
victoria durante muchos días con sus noches en los bares de la capital.
Para rebajar la aspereza del licor nacional, los estadounidenses
adquirieron la costumbre de mezclarlo con un refresco inventado unos
años antes en Atlanta por un boticario de apellido Pemberton y que
inicialmente se había llamado French Wine Coca, pero que por entonces ya
se denominaba Coca Cola. A los coros de “¡Viva Cuba Libre!” que
acompañaron a ese sacrilegio etílico, se debe el nombre que adquirió el
cóctel, el cubalibre, también llamado en Suramérica roncola, en España
cubata y en Miami, mentirita.

Los checos de 2017 podrían lograr adrede lo mismo que, por casualidad,
obtuvieron cubanos y estadounidenses en el jolgorio independentista de
1898: inventar un trago autóctono, para acompañar a la excelente cerveza
Pilsen que ya fabrican. Bastaría, digamos, con mezclar el ron habanero y
un refresco de producción nacional, por ejemplo la Materva o el Seven
Up, y crear el chequialibre. Del lobo, un pelo. Porque, de cualquier
modo, esos 276 millones de billetes verdes que el castrismo les debe no
los volverán a ver ni en los centros espiritistas. ¡Prosit!

Source: ¡Que viva el chequialibre! | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1482406945_27617.html


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