Informacion economica sobre Cuba

Aquel infierno de las becas…
Entre tantos estudiantes conocí la soledad, el individualismo y la peor
enajenación
Lunes, febrero 20, 2017 | Jorge Ángel Pérez

LA HABANA, Cuba.- En 1906 el austriaco Robert Musil publicó su novela
Las tribulaciones del estudiante Törless. Hace unos cuantos años la leí,
pero ahora, mientras pensaba en la razón de este texto, volví a
recordarla en algunos de sus detalles, y otra vez percibí las amarguras
del joven alumno del Instituto W., esa escuela a la que las más
influyentes familias del imperio austro-húngaro mandaban a sus hijos.

No son muchas las literaturas que tengan tan rotunda novela de
formación, o aprendizaje. En la nuestra hay algunas, aunque no creo que
tuvieran tantos lectores devotos en el mundo como la que escribió el
austriaco; pienso ahora en Paradiso, en La carne de René o en Celestino
antes del alba. Sin dudas, escoger como tema la formación del individuo
joven es casi un lugar común en todas las culturas y en casi todos los
tiempos.

La generación a la que pertenezco como escritor hizo también algunos
intentos, pero no recuerdo ahora una novela que se detuviera, mientras
relataba ese proceso de formación del individuo, en esas becas o
escuelas en el campo que fueron tan abundantes desde los años setenta
del siglo pasado y que no desaparecieron hasta hace muy poco,
consiguiendo, en gran medida, la deformación de esos jóvenes que para
estudiar se vieron obligados a internarse en una escuela en el campo,
lejos de los suyos. ¡Vade retro!

Quizá por eso estuve pensando más en Musil que en otros cultores de la
novela de formación o aprendizaje. Pude mencionar también El lazarillo
de Tormes, El guardián en el trigal, Moll Flanders, La montaña mágica y
unas cuantas más, pero pensé más en el austriaco porque ese aprendizaje
del joven Törles ocurrió mientras estaba internado en una escuela, como
me ocurrió a mí, y a la mayoría de los cubanos que nacimos en los años
sesenta, setenta, y hasta en los ochenta.

Si escribo estas líneas es porque me he quedado pensando en esas
novelas, después de que las mencionara hace unos días en un comentario
que escribí sobre la obra Diez Millones, de Carlos Celdrán; y luego
pensé que podía detenerme un poco más en el horror que supongo en ellas.
Y es que yo, como el joven Törless, dejé atrás la casa de mis padres y
me vi obligado, de la noche a la mañana, a madurar; aun cuando a esa
edad nada fuera más importante que la convivencia con los padres, porque
en ese proceso de formación se precisa de la guía y el cuido de nuestros
mayores.

Y a esas escuelas no íbamos en busca de esa soledad reflexiva a la que
se sometían los antiguos sabios. Allí íbamos para “aprender”, rodeados
por desconocidos. Y en esa “soledad”, en ese alejamiento del hogar, se
hacía imprescindible buscar formas diferentes de comunicación, formas
inexploradas, hasta entonces, de supervivencia, aunque para ello se
tuviera que recurrir a la violencia, a la crueldad.

Yo salí un día de mi casa y me vestí de azul y hasta lucí una corbata; y
un círculo rojo en la manga derecha de la camisa advertía que era alumno
de “la mejor escuela que pudiera imaginarse”. Yo me bequé en la Che
Guevara, en Santa Clara, pero pasamos antes un año en una escuela de
Manacas, lejos de casa, y con solo once años, esperando a que en Santa
Clara se terminara aquella otra donde se albergaría a 4 500 estudiantes.
¿No era una cifra demasiado alta? Yo, que dormía solo en mi cuarto,
justo al lado del cuarto de mi hermano, me miré un día en un albergue
tan enorme que parecía un cuartón de vacas, con treinta literas y
sesenta “hermanos”; y me asusté, como de seguro se asustaron todos.

Y mi madre, que aún no entendía muy bien de ese alejamiento, lloró
muchísimo, y comenzó a fumar a escondidas de mi padre, para soportar mi
ausencia, para acostumbrarse a que en unos años ocurriera lo mismo con
mi hermano. Y mi abuela paterna, discreta y elegante, llegaba cada
miércoles y se convertía, en un santiamén y como otras madres, en
auxiliar de limpieza. Mi abuela tan elegante, de maneras suaves,
limpiaba los albergues vistiendo sus blancas blusas de hilo bordado, y
vestida así recogía los papeles putrefactos que antes hicieran la
limpieza anal de mis condiscípulos o la mía misma; y hacía la limpieza
de los pestilentes inodoros, del suelo embarrado de cualquier cosa. Y lo
hacía porque era la única justificación que tenía para verme cada
miércoles. Ella no soportaba estar una semana lejos del nieto, y pagaba
el precio.

Jamás podré olvidar a mi abuela querida pagando ese precio tan alto por
estar un rato con su nieto, para llevarle alguna comida sabrosa y
preparada solo para mí. No podré olvidar jamás las maneras con las que
disimulaba sus lágrimas cada vez que me veía llegar del campo,
ensombrerado y con rudas botas, después de sacar boniatos a la tierra
con solo once años. Mi abuela se iba y yo me quedaba solo, con extraños,
y con ellos dormía, comía, y me metía desnudo en un baño, con un sinfín
de muchachos también desnudos, en cinco duchas, y solo tenía once años.

Y nadie vigilaba mis estudios nocturnos, nadie chequeaba mis tareas, a
nadie podía decir que quería un vaso de leche antes de acostarme. Por
eso eran muchos los que violentaban las puertas de aquellos sitios donde
se guardaban los panes para el desayuno del día siguiente, donde se
guardaban los dulces de la merienda, porque a esa edad el cuerpo pide
más de comer, y el cuerpo pide un poco más de todo, y aquellos jóvenes
que éramos se enredaban desnudos en cualquier parte, porque a fin de
cuentas estábamos bien lejos de los ojos de la familia. Recuerdo las
muchas epidemias que aparecían, pero sobre todo recuerdo aquel virus que
provocaba el aumento de volumen en el abdomen de las adolescentes, aquel
al que dieron por nombre “el mal del sapito”, y que sirvió a montones de
alumnas para esconder por un tiempo sus embarazos.

Muy bien recuerdo esas becas que provocaron la enajenación de sus
pupilos, pero que no piense nadie en un embeleso místico, porque hablo
del desinterés, del individualismo a que nos obligó tan numerosa
convivencia; y también sería común el fraude, el egoísmo, el “sálvese
quien pueda” y la crueldad. Pienso ahora en los múltiples actos de
violencia. Recuerdo muy bien a aquel muchacho que exhibía un hundimiento
enorme en el torso a causa del asma, y al que burlonamente todos
llamaban “El pecho”. Pienso en sus angustias cada vez que lo despertaba
su “hueco” repleto de orina ajena; y es que era común que en las noches
vertieran todo el orine que contenía aquel jarro enorme que llenaban
muchachos y muchachas con las vejigas atestadas, para luego castigarlo
sin otra razón que no fuera el hundimiento que le provocó una enfermedad
crónica.

No olvido la bestialidad con la que sometían a aquel joven gordo y
amanerado. Recuerdo a sus padres, médicos ambos, cuando fueron a retar a
los condiscípulos del hijo que hiciera un intento de suicidio, que no
quiso seguir en aquella escuela y exigió a sus progenitores que lo
sacaran para no ser definitivo en el deseo de morirse. Él se fue de la
escuela un día, pero aún me vienen a la cabeza los castigos a que era
sometido: unas veces lo obligaban a lamer el sexo de alguna compañera, y
otras, el de “El Pecho”. Y resulta curioso que no recuerde mucho del
desarrollo intelectual de mis compañeros, ese que tan bien aparece en la
novela de Musil, porque allí exhibir entre alumnos los saberes en
matemáticas o filosofía no era muy bien recibido, sin embargo no he
conseguido olvidar a un grupo de jóvenes, dos años más jóvenes que yo,
que se autonombraban fascistas, aun cuando conocieran en clases todo lo
que significaron Hitler o Mussolini para la historia del mundo.

Y lo peor es que sé que algunos de esos jóvenes violentos se
convirtieron luego en médicos y hasta en maestros, y también están los
que ahora son “políticos” y hablan siempre desde el yo, dejando muy
claro que nada que esté fuera de él, y de su conciencia, tiene
importancia. No dudo que para muchos estas líneas que escribo resulten
injustas, egoístas, pero recuerdo esos años de esta forma, y quizá la
culpa de mi individualismo tenga que ver con la educación que tuve en
una beca donde convivíamos 4 500 estudiantes. Si no soy capaz de
descubrir bondades en esas escuelas en el campo, que por suerte ya no
existen aunque nadie se disculpara alguna vez por el dislate, eso no es
mi culpa, porque yo no tuve otra elección; yo conocí, entre tantos
estudiantes, la soledad, el individualismo y la peor enajenación, y eso
tampoco es mi culpa.

Source: Aquel infierno de las becas… – CubanetCubanet –
www.cubanet.org/opiniones/aquel-infierno-de-las-becas/


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