Informacion economica sobre Cuba

Médicos ‘desertores’: el hombre y su circunstancia
FRANCISCO ALMAGRO DOMÍNGUEZ | Miami | 6 de Febrero de 2017 – 11:43 CET.

Hace pocos días el Gobierno insistió, nuevamente, en que los llamados
“médicos desertores” podían regresar a la Isla, y recuperar su puesto de
trabajo, salario y beneficios de seguridad social para ellos y sus
familias. El anuncio, a primera vista, o causa risa o puede ser obra de
un enfermo mental.

Casi nadie que conoce la libertad, aun en la peor de las circunstancias,
da marcha atrás. Pero tal vez el “perdón” oficial es un asunto político
en consonancia con la suspensión del programa “parole” mediante el cual
el Gobierno norteamericano daba visas de refugiados a los galenos que
escapaban del régimen. La supuesta magnanimidad de La Habana puede tener
también una arista económica: no hay médicos para tanta gente.

Las llamadas “misiones internacionalistas” o brigadas médicas, no son
una invención cubana, ni son únicas en zonas de conflicto, guerras o
hambrunas. Tampoco son las únicas subvencionadas y pagadas por los
gobiernos. Mucho menos son solo cubanos los mártires en esas difíciles
condiciones de trabajo. No por casualidad el régimen ha ocultado con
denuedo las muchísimas brigadas médicas voluntarias de otros países que
hoy alrededor del mundo trabajan también en lugares remotos y
peligrosos. Como suele suceder, la propaganda realza el aporte de Cuba
para que parezca sublime, paradigmático, inspirador.

Hay una gran diferencia entre el comienzo de la colaboración médica
cubana —55 colaboradores, 1963, Argelia—, y la actual cooperación
médica, llamada “asistencia médica compensada”, léase pagada con dinero
o productos. Diferencias que van desde cómo se vivía dentro y fuera de
la Isla, los médicos de entonces y las condiciones en las cuales se
trabajaba. Los primeros galenos en prestar ayuda internacional eran
graduados de antes de la Revolución, o en cursos recientes. Había en
ellos una alta dosis de altruismo y sólida formación clínica. Eran
bienvenidos en casi todos los lugares, incluso por la oposición. Sus
familias en la Isla no necesitaban mucho, y cobraran su salario en pesos
cubanos.

En las décadas de los 70 y los 80 la colaboración médica continuó con un
tenor un poco menos altruista. El mundo era otro, y Cuba también.
Ciertos profesionales no se daban cuenta. Llegaban a países en guerra o
en conflictos políticos, y al estar aliados a un bando, eran rechazados
por otro sector de la población. Así sucedió en Angola, en Nicaragua, en
Etiopía.

Su trabajo profesional —aún con alto nivel técnico-científico— y entrega
hizo que finalmente fueran aceptados. En Cuba eran compensados con un
automóvil ruso o un apartamento, según sus necesidades. Pero en el país
anfitrión se les pagaba con “dinero de bolsillo”, algo que no alcanzaba
para cubrir necesidades económicas de sus familias en la Isla. Los
médicos cubanos comenzaron a “inventar”: vendían a los africanos pijamas
como trajes “safaris”, y a los nicaragüenses les cambiaban los cigarros
y el ron por ropa y electrodomésticos.

El escenario cambió radicalmente con la caída del bloque socialista. El
régimen vio en las decenas de miles de médicos y técnicos una fuente
segura y fácil de financiamiento. Primero hizo el marketing: Cuba era
una “potencia médica mundial”. No importaba que hubiera que trastocar
las estadísticas y los resultados reales. Después vendió el producto:
cuando el huracán Mitch en Centroamérica, en 1998; y cuando la
“revolución bolivariana” de 1999. Ambos eventos reclamaban miles de
cooperantes médicos y técnicos de la salud. Surgió entonces la
posibilidad de vender o intercambiar medicina por petróleo… o por votos
en la escena internacional, igualmente valiosos.

Para entonces la formación masiva y acelerada de médicos y técnicos de
la salud iba en contra de la calidad del profesional, y no hubo
suficiente personal para cubrir la demanda docente. La verdadera
deserción comenzó en la Isla durante el mal llamado “Periodo Especial”,
con cientos de profesores y buenos especialistas jubilados, otros que se
fueron a vivir al extranjero, y algunos que en plena tercera edad
pidieron cumplir misión médica para sostener a sus familias.

La solución de un régimen que se siente propietario de los seres humanos
fue doblemente fatídica: pagar la cooperación con un porciento ínfimo de
lo recibido por los servicios en el exterior, y demorar la salida
definitiva del país de los médicos y técnicos que la solicitaran por un
periodo de tiempo que, dijeron, era de cinco años y, como suele suceder
en un país sin leyes ni derechos, se alargaba según las “necesidades de
la Revolución” (sic).

Está por escribir y documentar los cientos de separaciones arbitrarias,
después de pagar sobradamente sus carreras, que sufrieron profesionales
de la salud a los que se les impedía salir de la Isla con sus
familiares. Algunas de estas familias nunca volvieron a recomponerse.
Pero como titula el famoso documental, entonces “nadie escuchaba”.

Al “desertor” de hoy lo mueven los intereses y los dobleces morales
creados por el propio régimen: prometer lealtad para escapar al menor
descuido, y dar un futuro mejor a sus hijos. A Cuba solo lo atan los
familiares dejados atrás, a quienes no les pagan el trabajo acumulado si
el médico decide no regresar. Hay relatos desgarradores de familias
retenidas en la Isla a modo de castigo. Para entender mejor hay que
parafrasear al filósofo español José Ortega y Gasset en Meditaciones del
Quijote: cada cubano “desertor” es solo él y su circunstancia. Y la
sentencia remata con una magistral actualidad: y si no la salva a ella
—la circunstancia— no se salva él.

Source: Médicos ‘desertores’: el hombre y su circunstancia | Diario de
Cuba – www.diariodecuba.com/cuba/1486377693_28704.html


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